Joseba Arruti-El Correo

Pedro Sánchez adelantó las elecciones generales aferrado a la figura de una inquilina desahuciada. Vio un cierto resquicio para alzar vuelo, por muy errabundo que fuera, en la indignación popular que se produjo por ese caso concreto, no por los muchísimos que se suceden a diario. Y dio el paso.

Simuló que un presidente del Gobierno con ocho largos años en ejercicio nada tiene que ver con la problemática de la vivienda y se lanzó a la contienda electoral como paladín del progreso frente a la amenaza de involución representada por las derechas de distinta gradación. Pero el brutal accidente de tren en Urda desbarató sus planes de raíz. Ahora el PSOE no sabe qué hacer con su campaña.

El humor de innumerables votantes progresistas se ha ido avinagrando hasta el punto de abstraerse de la polarización. Llevan a sus espaldas las expectativas incumplidas, los casos de corrupción, la trágica degradación de determinados servicios públicos o las filigranas institucionales empleadas por pura supervivencia. Quienes se sitúan a la izquierda de los socialistas suman a sus pesares los personalismos alocados, los odios con espumarajos y las proclamas vacías.

Ni Óscar Puente le queda ya a Sánchez, engullido por el agujero negro que mediaba entre sus embestidas tóxicas y la realidad de su área de gestión. El empecinamiento del presidente del Gobierno en no provocar una renovación ministerial a tiempo ha derivado en la agudización de todos sus males, incluido el desplome político del exministro de Transportes.

La izquierda española parece haber interiorizado que, en este escenario, las elecciones del 29 de noviembre certificarán su desplazamiento a la oposición. Carecen de rigor los oportunistas que equiparan el momento político de Sánchez con el de Lula o los Demócratas estadounidenses, como si determinados estados de ánimo fueran contagiosos a distancia. El líder del PSOE es víctima de sus propios errores, y ni el coco que viene parece capaz a estas alturas de hacerlos caer en el olvido.

Del PP depende, en buena medida, la amplitud de la derrota socialista. Feijóo no enardece a las masas, ni siquiera a las suyas, pero alguna vez se esmeró en mostrar un perfil prudente, presidenciable. Su íntima asociación con Vox daña esa imagen, la enturbia, pero ya no hipermoviliza a la izquierda. Si no comete graves errores en las próximas tres semanas tendrá la presidencia del Gobierno a tiro de piedra.

Sánchez se ganó fama de superviviente más por las carencias ajenas que por las virtudes propias. Con el tiempo, sus huidas hacia delante le han llevado a un callejón sin aparente salida, a una descapitalización política de su partido y, previsiblemente, al final de su liderazgo. Se ha quedado sin campaña electoral, sin mensaje y sin hoja de ruta para el futuro.