Teodoro León Gross-ABC
- Fue Juanma Moreno, ya en el poder por carambola, quien demostró a los andaluces que lo del ‘dóberman’ era una mala caricatura del pasado
A veces tiende a simplificarse la realidad del cambio andaluz como si Andalucía se hubiese acostado socialista y se hubiese levantado conservadora. Al modo de abril de 1931, cuando cuajó la idea de que «España se acostó monárquica y se levantó republicana», según la frase memorable del almirante Aznar, que presidía el Gobierno. Como si durante la noche se hubiese dado un cambiazo, algo semejante a aquel microrrelato de Thomas Bernhardt en el que el alcalde de Pisa y el alcalde de Venecia deciden intercambiar la torre inclinada y el Campanile una madrugada. La idea de acostarse de izquierdas y levantarse de derechas es una simpleza que ignora muchos matices. De hecho, en las elecciones de diciembre de 2018 que llevaron a Juanma Moreno al poder, el PP obtuvo el peor resultado de su historia. Sencillamente había aparecido un partido en el centro progresista, Ciudadanos, a dos puntos del PP, y un partido de extrema derecha con un resultado inesperadamente espectacular, y esto ensanchó mucho la alternativa.
Tres años después de formar Gobierno, el PP fagocitó a Ciudadanos y ocupó todo el espacio del centro y centro derecha, atrayendo también a votantes ya desencantados del PSOE ante la deriva del Frankenstein. Una imagen gráfica resume la realidad mejor que cualquier argumento: el PSOE que gobernó Andalucía durante décadas, hegemónicamente, se parece más al PP de Juanma Moreno que al PSOE de Sánchez. De eso se trata. Moreno confesó en su primera legislatura ser muy consciente de gobernar una comunidad de centroizquierda, moderada, ajena al aventurerismo y obsesionada con la igualdad territorial. De modo que el sanchismo catalanizado y vasquizado por su mercadeo con los nacionalistas hundía a las federaciones del sur, mientras Juanma Moreno les arrebataba las banderas de la Transición enarbolando el andalucismo orgulloso. Más que un cambio espectacular, uno de esos pendulazos de la historia que cautivaban a Toynbee, fue un corrimiento del PP al centro desocupado por el PSOE.
Claro que el cambio político entrañaba un cambio sociológico, como explica Narciso Michavila. La Andalucía latifundista se había alfabetizado y desruralizado, e irrumpía una clase media urbana. El litoral atraía población, con el tirón del turismo, y la costa mediterránea, de Málaga a Almería, anticipaba el giro. Poco a poco llegaba el relevo generacional sin el resentimiento hacia la derecha de sus mayores. Por supuesto queda una generación donde ese voto identitario pesa, y eso es lo que ha frenado la ‘pasokización’ del PSOE andaluz. Pero en todo esto fue necesario un cambio esencial: superar los prejuicios hacia la derecha. No era fácil. Fue Juanma Moreno, ya en el poder por carambola, quien demostró a los andaluces que lo del ‘dóberman’ era una mala caricatura del pasado.