ABC-IGNACIO CAMACHO

La llave de la investidura cuelga de un lazo amarillo. Es la misma que la de la cárcel de los sediciosos convictos

ENTRARÁN, vaya si entrarán. En diciembre o más tarde, dependiendo de las circunstancias, y siempre haciéndose de rogar para no parecer fáciles. Pero Esquerra Republicana se acabará incorporando –en su caso mediante la abstención– a la amalgama multipartidista que va a investir a Pedro Sánchez. Por tres razones. La primera, que Pere Aragonés y otros dirigentes llevan tiempo tratando con Miquel Iceta una «entente cordiale», un acuerdo de mutua conveniencia sobre la base de reconducir el procés hacia una ruta alternativa por senderos confederales. La segunda, porque a ambos les conviene orillar a Puigdemont y Torra, y la tercera, acaso la más importante, porque ERC no tiene nada mejor a su alcance. La única incertidumbre de la operación reside en la calentura emocional con que el independentismo ha excitado a sus simpatizantes y los ha lanzado al sabotaje. Pero el apaño llegará salvo que el motín de los CDR, alentado por las propias élites negociadoras, se vuelva incontrolable. El Gobierno tendrá que ofrecer algo de su parte: bajo cuerda, Dios sabe, y en público alguna iniciativa de diálogo según la nunca desechada «vía Pedralbes». Si es necesario, Otegui colaborará ordenando a sus diputados que no estorben el desenlace. Junqueras tendrá la última palabra: esta investidura se va a resolver en una cárcel.

Resulta significativo al respecto que el presidente se haya negado siempre a descartar ese camino. Podía haberlo hecho en cualquiera de las ocasiones en que la oposición se lo ha requerido y después simplemente abjurar de lo dicho; está tan acostumbrado a rectificarse a sí mismo que esa clase de maniobras –antes llamadas mentiras– forman parte de su estilo. Sin embargo, no ha habido manera de que cerrase, siquiera de boquilla, la puerta al entendimiento con la cuadrilla del lazo amarillo; tenía en Cataluña muchos votos pendientes de que se mantuviese como mínimo ambiguo. Y siempre ha sido consciente de que la llave de su permanencia en el poder es la misma que la de la prisión de los sediciosos convictos. Iceta le ha dibujado un mecanismo de apertura que requiere la construcción a medio plazo de un doble tripartito, con Podemos y su franquicia catalana como cojinete político y con el objetivo provisional de una reforma encubierta de la Constitución al modo zapaterista, oblicuo y subrepticio.

Claro que Esquerra no firmará en barbecho. Su estrategia consiste en ir paso a paso, favorecida por una aritmética parlamentaria que le permite tomar de rehén a un Gobierno necesitado de su apoyo expreso para aprobar cada presupuesto. Y tiene mucho que pedir, y que obtener, a cambio de no ejercer su veto. El viejo chantaje nacionalista, sólo que ahora ha cambiado de método: la amenaza «de convicción» no es la de dejar caer al Gabinete sino la de elegir el momento de encender el intermitente que anuncia, ahora sí, ahora no, cada giro insurrecto.