El mar y las montañas

RAÚL RIVERO – EL MUNDO – 17/05/15

· El jueves que viene continuarán en Washington las rondas de conversaciones entre funcionarios de Cuba y Estados Unidos para precisar importantes asuntos del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países.

Es una cita que lleva ya en la agenda hasta los nombres de los embajadores y las llaves de las misiones. Y en el plano interno tiene el poder de disparar la indecisión de grandes sectores de la sociedad cubana que lo mismo sueñan con poner un timbiriche en el barrio que montarse en un bote para Miami.

Lo dicen las estadísticas que nunca rozan el drama personal. Las salidas ilegales por el mar se han duplicado en los tres primeros meses de este año con relación a 2014 y siguen al alza. Por otra parte, muchos grupos que intentaban llegar a Norteamérica han sido arrestados en países como Colombia, Islas Caimán y México. Honduras reportó que 1.800 cubanos indocumentados fueron detenidos en las últimas semanas. Ésta es la cara visible de los que piensan que el acuerdo le dará fuerza y eternidad a la dictadura.

También los ilusionados tienen una presencia destacada en la realidad de la isla. Son aquéllos que ven la posibilidad de poner un pequeño negocio con la ayuda de las remesas de los familiares y creen que al menos recibirán una llovizna de las inversiones que las empresas estadounidense harán en el esqueleto de la economía socialista cubana.

Sobre ese furor empresarial no hay estadísticas. Esta tendencia se percibe en el paisaje urbano que enseña mostradores y barras en las ventanas de las casas y fondas en los portales. Hablo de las zonas enormes de pobres y marginales. No se trata, por supuesto, de la visión sofisticada de capitalismo de agua con azúcar que ofrecen las franjas de La Habana, Varadero, Santiago de Cuba y otros puntos dedicados al turismo.

Los opositores reclaman entre cuchillos que la solución no es la balsa ni el cafetín.

La confusión y las encrucijadas se deben, entre otras cosas, a la falta de información solvente y a la incredulidad de los cubanos. Nadie confía en lo que publican los panfletos oficiales ni en las declaraciones de los jefes políticos. Los únicos que conocen bien los planes de la jerarquía son los jerarcas. En la calle retoma vigencia la frase popular que es parte del viejo mecanismo de defensa de la población: «Vamos bien, el problema es que nunca sabemos a qué lugar».