Manuel Marín-Vozpópuli

  • Si alguien está interpretando la agonía de las fórmulas sanchistas para España, ese ha sido Don Felipe. El Rey habló a Ceuta y con Ceuta, pero reprendía a Sánchez

No es lo ortodoxo ni lo habitual, pero nada desde que Pedro Sánchez llegó a La Moncloa en 2018 ha sido ortodoxo y habitual en España salvo el embuste sistemático. Nunca ha sido lo ortodoxo ni ha sido lo habitual en casi cinco décadas de democracia sostener que el Rey de España funcionase como un termómetro electoral. Al Rey la lógica y la previsión constitucional lo configuran como un Jefe de Estado apolítico, imparcial, alejado del barro electoral y las miserias de los partidos. El Rey no tiene ideología, y si la tiene no se le puede siquiera intuir. Son las reglas del juego y hasta ahora resultaba intrascendente saber, si el Rey acudiese a votar, por quién se inclinaría. Era irrelevante saber si es rojo, azul o mediopensionista. Y hoy aún lo es. Ocurre sin embargo que la defensa de España, de su unidad, de su territorialidad, de su soberanía, que son sus obligaciones constitucionales, han sido tan degradadas por Pedro Sánchez que resulta inevitable concluir que el mejor mitin de esta campaña electoral lo ha pronunciado Don Felipe en Ceuta. Siempre fue un sacrilegio periodístico abordar cualquier aspecto, por mínimo que fuera, que vinculase al Rey de España con una opción política. Su diplomacia, su neutralidad exquisita, su saber morderse la lengua frente a abusos institucionales incuestionables que han forzado las costuras de la democracia, le retratan como un monarca ejemplar. El Rey está por encima de la política y asume su papel moderador y de árbitro prudente con maestría. Sí. Pero…

Durante el sanchismo han surgido verdades muy incómodas. Una. Si Don Felipe no ha visitado antes Ceuta es sencillamente porque Sánchez lo vetaba. Dos. El presidente del Gobierno, como en aquel “juro que jamás volveré a pasar hambre”, no iba a soportar otro Paiporta, otro palo lanzado a su espalda, otra espantada humillante. Desde entonces, los celos hacia el Rey son enfermizos. Tres. La popularidad de Sánchez y la del Rey caminan en direcciones radicalmente opuestas. El Rey se ha consagrado como el icono de la convivencia, de la empatía y de la solidaridad con ciudadanos deliberadamente abandonados por los poderes públicos. Sánchez, en cambio, es el ‘abandonador’. Y cuatro, el aviso más trascendente: queriéndolo, o sin querer, da exactamente igual, los desastres del Gobierno han convertido a Don Felipe en un factor más de oposición a Sánchez. El Rey se ha convertido en un factor de disuasión de voto para Sánchez. No hay feeling entre ambos, al revés, hay un desprecio, llamémosle institucional, cada vez más elocuente.

Sánchez lanzó en pleno agosto, con Ceuta inerme, a su ministro más hooligan, Óscar Puente, contra la Corona. El Rey no tuvo más remedio que forzar una fotografía en la Zarzuela con uniforme de capitán general porque nuestro Ejército estaba siendo humillado. Por Marruecos, naturalmente, pero también por La Moncloa. Hay una guerra declaradamente abierta entre Moncloa y Zarzuela. Y en Ceuta ha acabado el tiempo de Don Felipe de poner sistemáticamente la otra mejilla. Su discurso en la plaza española invadida (no, no es la Puerta del Sol) no solo es equiparable en densidad, relevancia y contundencia al que pronunció el 3 de octubre de 2016 tras la declaración unilateral de independencia de Cataluña. Ha sido el mensaje más político que debía recibir Marruecos. Es exactamente el mensaje que Sánchez no quiso enviar, y es a su vez el mensaje a Moncloa que Sánchez no quería recibir.

De hecho, ha sido probablemente el mensaje de Su Majestad el Rey en el que más pluma propia ha introducido Zarzuela y en el que menos matices ha impuesto Moncloa para que la Corona se autocensure con sumisión. Porque el tiempo de las imposiciones partidistas a la Monarquía, cuando es la integridad territorial lo que se ha violado de forma flagrante, se ha terminado. Y si alguien está interpretando de manera sutil, pero muy obvia y ostensible, la agonía de las fórmulas sanchistas para España y su futuro, ese ha sido Don Felipe. El Rey habló a Ceuta y con Ceuta. Pero también reprendía a Sánchez, únicamente porque alguien tenía que decir lo que el presidente del Gobierno se ha negado a asumir. Y porque se había convertido en un clamor público que los silencios de Moncloa con los ceutíes hace tiempo que pasaron de ominosos a criminales.

El Rey se ha visto forzado a ser de nuevo el mejor embajador de la unidad de España, el fabricante de consensos en el muro, la base de hormigón emocional que Sánchez ha derruido. Don Felipe no se presenta a unas elecciones, pero ha conseguido que la precampaña se centre en demostraciones de cariño y afecto que él sanchismo ha rehuido. Y eso sí forma parte de su trabajo. Al Rey es más que transparente, ya se le ve incómodo con la mentira deliberada y en cada gesto gélido con Sánchez no hay algo personal, sino una cuestión de Estado pendiente a la que el PSOE ha renunciado durante ocho años. Sánchez no es víctima de nada. Los ceutíes, sí. Y ese es el mensaje de fondo que Zarzuela ha enviado sin tapujos, descarnadamente desnudo. Aunque no sea de modo consciente o deliberado, Don Felipe ya aglutina en torno a su figura un elocuente rechazo al sanchismo y una admiración de la que el Gobierno carece.

Sánchez se acostumbró a fuerza de laminar a la disidencia interna en el PSOE a que nadie le pusiese puntos sobre las íes. Pero ahora el Rey es el recipiendiario de una queja amarga, de una desolación, de una percepción de abandono. Y de algo más obvio aún, de la recuperación de un cierto sentimiento de patriotismo sin imposturas, sin artificialidad y con un notorio sentido de pertenencia a una nación. El Rey es aquella coca-cola en el desierto. Por eso es aclamado en la calle y por eso Sánchez no puede pisarla. La Monarquía no es un agente político. Pero en la solvencia y arrojo de su sentido de Estado, que sí es inherente a la acción política, Don Felipe ha emergido como un factor más de la campaña. Quizás sea la campaña más emocional jamás vivida, exceptuando la de aquel fatídico 2004, cuando se votó sobre la sangre de 200 asesinados y bajo una convulsión anímica demoledora. Y sí, en ese contexto de sentimentalismo por España, hoy el Rey aparece como una suerte de resorte de salvación nacional, sencillamente porque se limita a hacer su trabajo. El Rey no está para lo que le gustaría al sanchismo, inaugurar exposiciones y cumplimentar a patronatos. El Rey ya ha pronunciado el mejor mitin de esta campaña.