CARLOS HERRERA-ABC

  • Pudo apostar por la paz y apostó por la guerra, que perdió, aunque ahora vayan ganando el relato

Conviene recordar algún pormenor acerca de la actividad de ETA y sus representantes en el Parlamento, Bildu. O Sortu, Herri Batasuna, en suma, Otegui y sus compinches, toda esa tripa animal rellena de asesinos. Una vez aprobada la Ley de Aministía del 77 –precedida de otra en el 76 dictada también por el Gobierno de Suárez–, salieron a la calle como por ensalmo todos los asesinos de ETA encarcelados, que eran unos cuantos, aproximadamente unos doscientos. Pero también quedaron exonerados todos aquellos que andaban refugiados en Francia campando a sus anchas, autores de asesinatos sin aclarar, colaboradores de la banda y directivos varios; todos libres, sin cargos, sin tener que dar explicaciones, nada, adiós muy buenas. ETA, en ese momento, podía haber realizado una reflexión: ha llegado la democracia, estamos libres de polvo y paja, vámonos a casa y que esto prospere en paz. Pero no hizo eso, como sabemos. Antes al contrario, dedicó sus horas y sus días a matar y a extorsionar. La mayoría de los liberados por la Ley volvieron al seno de la organización y a las armas ya que querían algo que no le garantizaba y ni anunciaba la Ley de Aministía ni la de Reforma Política, por muy audaces que fueran. ETA buscaba imponer en la Vascongadas –que haciendo caso de la nomenclatura de aquel demente llamado Sabino Arana, era ya ‘Euzkadi’, no sé si con S o con Z (y tampoco me importa mucho), un régimen socialista de corte soviético en un territorio independizado de España. Se bromeaba mucho entonces con la ‘Albania’ del norte. Imagínense a los burgueses del PNV sometidos a los ‘Tovarich’ de ese pequeño país. También buscaban anexionarse Navarra para conseguir masa crítica y tierras de cultivo, cosa que, para pasmo de los que conocemos la Comunidad Foral, van consiguiendo gracias al concurso imprescindible de los socialistas navarros. Pero a lo que íbamos: ETA pudo disolverse pero, bien al contrario, excitó su actividad hasta los casi mil muertos, la gran mayoría de ellos en tiempos de Transición y Democracia consolidada. Pudo apostar por la paz y apostó por la guerra, que, por cierto, perdió, aunque ahora vayan ganando el relato para pasmo de casi todos.

Digo casi todos porque hay quien, en el seno de la extrema izquierda gobernante –Pablo Iglesias–, sostuvo que ETA era quien había sabido ‘leer’ e interpretar bien la Transición y que no reconocer que la organización había desaparecido era convertirse en un nostálgico de los años de plomo. Dejo para otro momento el análisis sobre ese vómito, pero apunto desde la perplejidad que el Gobierno del tal Sánchez está cediendo parte del derecho a la descripción histórica a los herederos de aquellos asesinos simplemente por asegurarse su puñado de votos parlamentarios. Es un inmenso ‘ongi etorri’ creado desde la misma presidencia del Gobierno que antaño luchó por descabezarlos, estructurado para que ellos concedan credenciales de demócratas coincidiendo, además, con el 25 aniversario de uno de sus crímenes más significados.

Todo para que este fantoche no tenga inestabilidad parlamentaria. Ya me gustaría tener palabras para definir esta infamia.