Ignacio Camacho-ABC

  • La intención de voto de Vox sigue en torno a los 50 escaños y es más probable que se mueva hacia arriba que hacia abajo

El voto de Vox es rocoso. Sus seguidores muestran una cohesión sólida en torno a un discurso de tono tan potente como hiperbólico, y como el partido no gobierna en las instituciones será difícil que cometa errores susceptibles de restarle apoyos; de aquí a las elecciones ese entorno se va a mover poco. Si lo hace es más probable que sea hacia arriba que hacia abajo, como demostró en mayo con el crecimiento en Vallecas y otros barrios y localidades donde la izquierda contaba con un respaldo compacto. En casi ningún sondeo que no sea de Tezanos baja de los cincuenta escaños, y en la mayoría tiende a subir algo. Por tanto en estos momentos el PP está lejos de poder gobernar en solitario aun descontando el caudal de sufragios procedentes de Ciudadanos. El efecto Ayuso es un fenómeno singular, muy vinculado a la catarsis del Covid y a la estructura sociológica de Madrid, que difícilmente se repetirá con Casado.

Abascal lo sabe. Tuvo su fase de inquietud tras el desplome de Cs pero se ha dado cuenta de que el grueso de sus bases no se ha desplazado apenas y que los populares siguen siendo vulnerables por su ala derecha. Ni siquiera necesita estrechar la correlación que marcan las encuestas; le basta con mantenerla para hacerse imprescindible por simple cuestión aritmética. Por eso persevera en resaltar las diferencias, como hizo ayer en la fiesta multitudinaria de Ifema, donde acusó al PP de compartir con los socialistas el núcleo de su agenda. Sus votantes, igual que hace unos años los de Pablo Iglesias -el paralelismo les molesta pero qué le vamos a hacer-, esperan las urnas papeleta en mano como quien aprieta una piedra. Los de Podemos la querían lanzar contra el escaparate del sistema aunque luego se convirtieran en su mayor defensa; los de Vox, contra el propio Podemos y la arrogante hegemonía de la izquierda. En ambos casos se trata de proyectos que han hecho del antagonismo su palanca de fuerza.

Acompañado por algunos líderes del populismo europeo -y evitando a Le Pen, que comienza a perder prestigio y terreno-, Abascal intenta convertirse en el portavoz del descontento, del cabreo de ese ciudadano que se siente agredido por el sectarismo del Gobierno y al que los liberales le parecen unos pusilánimes sin remedio. Un elector al que las llamadas al voto útil o pragmático le traen al fresco porque está harto de ingenierías ideológicas que atacan sus intereses, sus costumbres, sus creencias y sus sentimientos. Y por la misma razón le resbala que lo llamen ultra, fascista o lo carguen de estigmas: eso sólo consigue incrementar su sensación de víctima de una marginación política y estimular su rebeldía. Justo lo que pretende el sanchismo para dividir al bloque conservador y dificultar la alternativa. La experiencia de Andalucía enseñó, y quizá vuelva pronto a hacerlo, que no sólo es una estrategia irresponsable sino suicida.