IGNACIO CAMACHO-ABC

  • La decadencia del PSOE en Andalucía no es institucional sino sociológica. Y constituye el presagio de una derrota

El partido antes llamado Socialista, y ahora colonizado por Sánchez, tiene un problema en Andalucía. Y un problema en Andalucía es, a efectos electorales, un problema en España, y bastante grave, de los que tardan mucho tiempo en solucionarse. Desde luego no se remedia alentando campañas de boicot al sector de la fresa o extendiendo sobre Doñana una sombra de sospecha a escala europea. Esa sorprendente estrategia (?), en la que colabora con entusiasmo la ministra Ribera, le ha costado al PSOE de momento la Diputación de Huelva y ha repercutido en los resultados regionales del 28-M de forma más o menos directa. El balance es para hacérselo mirar: han perdido en todas las capitales de la comunidad y en la mitad de los municipios, y la estructura orgánica, antaño la más fuerte del país, sufre una patente atrofia de su músculo moral y político. Creer que se pueden ganar unas generales sin Andalucía es puro pensamiento desiderativo.

El sanchismo, que lleva cinco años sin acabar de digerir su derrota en el feudo donde el socialismo gozaba de una hegemonía abrumadora, aún no ha entendido que su decadencia andaluza ya no es una cuestión institucional sino sociológica. Le cuesta aceptar la evidencia del tirón de Juanma Moreno en las agrociudades, en los pueblos pequeños y hasta en los barrios obreros, igual que todavía es incapaz de comprender el éxito de Ayuso en el cinturón periférico madrileño. Son fenómenos que escapan al prejuicio estrecho de un autoatribuido monopolio del progreso. A base de pisar la calle como si se jugase su carrera, Moreno le ha dado él solo la vuelta a las expectativas del PP en Cádiz y Sevilla, las plazas en que la izquierda ofrecía más resistencia. Sin que el adversario se dé cuenta, le ha arrebatado primero el poder y luego las herramientas con que construyó una supremacía de décadas. Ahora es él quien representa el sistema, un factor esencial en una sociedad acostumbrada a funcionar por inercias.

En el sur, además, importan –y mucho– asuntos como los pactos con los separatistas, cuya insolidaridad despierta una profunda antipatía. El presidente de la Junta ha sabido envolverse, como la mayoría de sus antecesores, en una vaga aureola andalucista, y ofrece imagen de vecindad, de cercanía frente a un Sánchez desprovisto de carisma, acartonado en su gélida rigidez emotiva. El resto lo hace el estado de ‘shock’ de un antagonista sin liderazgo, incómodo de verse desplazado al papel secundario en el que se siente raro tras su preeminencia de casi cuarenta años. Esa clase de aturdimiento se paga cara cuando llega la hora de movilizar un aparato anquilosado y un colectivo humano sin motivación anímica tras sufrir dos varapalos consecutivos con su correspondiente sangría de cargos. Hablamos de un territorio con la extensión de Portugal y de una masa crítica de 61 escaños a reparto. Y huele a descalabro.