David Gistau-El Mundo

 

Entre maizales y trigales, al final de un camino de tierra tan estrecho que no pueden cruzarse dos coches y donde los autobuses levantan estelas de polvo. Ahí está Can Marroch, la masía de los Roca en el municipio de Vilablareix. Un lugar de evocaciones toscanas idóneo para organizar una boda pero que ayer, con ocasión de la entrega de premios de la Fundación Princesa de Girona, se mantuvo sellado por cuatro perímetros de seguridad –tres a cargo de los Mossos, el interior para la Guardia Civil– que dieron a la velada un aire de clandestinidad en territorio hostil que de por sí ya habría bastado para declarar fallido el propósito fundacional de estos premios: integrar la Corona en el tejido social catalán, crear una reciprocidad conciliadora. Nada de eso hubo. Apenas desmentido por los vestidos de fiesta y el food-truck aparcado en la puerta, uno creía estar llegando a la famosa cumbre mafiosa de 1957 en la finca de Joe Barbara en Apalachin.

Los Reyes se esforzaron por cultivar una actitud normal en un contexto excepcional que incluía la deserción y el ninguneo de buena parte de la sociedad civil. Así como las arengas para el amotinamiento dirigidas a los CDR por la alcaldesa de Gerona, Marta Madrenas, que tiene un concepto de la conciliación parecido al de los «hunos» en su relación con los «hotros», por evocar a Unamuno en este momento español que tanto se parece al suyo. Era como si un sistema inmunológico social hubiera detectado en los Reyes un cuerpo extraño que debía ser atacado para proceder a su extirpación. En este sentido, cabía augurar algún tipo de penalización vengativa para los propios hermanos Roca, culpables de ceder un lugar con el que se rompía la negación de espacios para el evento, o para celebridades como Pau Gasol, impecable y enorme en su esmoquin, que sí dieron la cara por la fundación y por los Reyes.

Pero éstos estaban muy solos. No los arropó ni el Gobierno, que, ministro Duque aparte, no envió a nadie de peso político para mitigar la soledad ni aun disponiendo de varios ministros catalanes, alguno de los cuales hasta se hizo una reputación antaño como azote del nacionalismo sectario. Antes, es obvio, de que la consigna de Sánchez fuese la de no agraviar, la de no molestar, la de declarar culpable de todo al Gobierno anterior, único personaje nefasto entre actores biempensantes y dotados de dos complejos de superioridad moral: el socialdemócrata y el del antifranquismo retrospectivo que permite cohesionar a indepes y podemitas y explica la supuesta paradoja de ver colgadas, en un mismo piquete donde ardió la bandera española, la estelada indepe y la tricolor republicana.

Sobre los cultivos que rodean la masía se descargó una tormenta formidable. En la sala de prensa había apagones durante los cuales las pantallas de los ordenadores brillaban como luciérnagas. Circulaban las preguntas acerca de qué estaba ocurriendo más allá de los perímetros, como si hubiera temor a una entrada montonera. En Vilablareix, ante el despliegue policial, se arrojaban mutuamente consignas dos piquetes, uno convocado por Vox y tapizado de rojo y gualda, y otro de los indepes, donde había gente que portaba caretas de elefante como si este animal asociado al desgaste del rey anterior hubiera ingresado, como el burro contrapuesto al toro de Osborne, en la heráldica de la anti-España. Había siluetas del paquidermo pintadas en las calzadas junto al eslogan: «Catalunya no té rei». En las farolas, en los árboles, en los quitamiedos de la carretera, por todas partes pendían como guirnaldas los lazos amarillos consagrados como recordatorio de los presos. Era imposible que los Reyes no vieran desde su coche tocado con el pabellón bermejo toda esta escenografía agresiva concebida para hacerles saber que su afán de normalidad requiere el blindaje en el interior de una burbuja.

Con todo, la algarada violenta no fue tal. La marcha de los CDR, que reunió a menos de un centenar de personas bajo la lluvia, fue detenida por los Mossos en un puente entre el pueblo y la masía. Ello permitió que los presentes pudieran entretenerse con conversaciones ligeras propias de un tiempo normal: qué tal iba peinada la Reina, cómo sabía la focaccia de los Roca.