¿Es Antón Damborenea un ‘histérico’?

EL CONFIDENCIAL 23/02/16
JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS

· Acaso para Rajoy sea un ‘histérico’ de la periferia, un político de provincias que no sabe de la misa la media sobre estrategia política y que no alcanza a percibir las bondades de su sutileza táctica

Histeria: estado de excitación nerviosa, provocado por una situación anómala en la que se producen reacciones exageradas que hace que la persona que lo padece muestre sus actitudes afectivas llorando o gritando.

Antón Damborenea es el presidente del PP de Vizcaya. Es un hombre con redaños al que le han salido canas militando en el partido y librándose, como tantos de sus compañeros, de las asechanzas asesinas de la banda terrorista ETA. El sábado, le dijo a Mariano Rajoy, en su cara, que estaban “hasta los cojones” de la corrupción en el PP. Me dicen mis paisanos que los asistentes al mitin aplaudieron con las orejas, pero que el presidente en funciones mostró un rictus de contrariedad.

Puede ser que a Rajoy no le gustase la muy vasca manera de referirse por derecho a una situación intolerable, desacostumbrado a la sinceridad y cómodo como está con el festival de sonrisas impostadas previas al comité directivo nacional celebrado ayer, en el que el líder del PP advirtió sobre la necesidad de “no caer en la histeria” casi al mismo tiempo que era detenido el exvicealcalde de Valencia, la cadena Ser difundía la condición de “recaudador” de fondos opacos de Francisco Camps para financiar allí el partido y el órgano que presidía aprobaba las gestoras en Valencia y Madrid.

Acaso para Mariano Rajoy, Antón Damborenea sea un ‘histérico’ de la periferia, un político de provincias que no sabe de la misa la media sobre estrategia política y que no alcanza a percibir las bondades de su sutileza táctica. Pero sea así o no lo sea, el presidente del PP de Vizcaya ha sido el único que ha empleado el castellano más coloquial y entendible para espetarle al presidente del Gobierno en funciones que así no es posible que el PP continúe.

El PP precisa de ‘histéricos’ que le espeten a Rajoy las verdades del barquero a la cara y no esa pléyade de ganapanes que le adulan y luego lo ponen a parir

Llama poderosamente la atención que sea Mariano Rajoy el que, a 48 horas del aldabonazo de Damborenea, se refiera a la histeria para congelar cualquier reacción digna de tal nombre en su partido. Es fantástico observar cómo el presidente se ha cargado la carrera política de Maíllo, Maroto y Casado, los tres vicesecretarios a los que ha sacrificado en la trinchera mediática para que defiendan su imposible posición política. No se comprende cómo tres políticos con juventud y futuro se inmolan en aras de las maniobras de un truchimán como Rajoy.

Tampoco se entiende bien cómo ministros con años y experiencia incurren en ridículos espantosos. Ayer, Fernández Díaz, responsable de Interior, sugirió que hay una especie de conspiración de fiscales y jueces contra el PP, y García-Margallo, de Asuntos Exteriores y Cooperación, propuso un “comité de sabios”, de aquí y del extranjero, para elaborar un libro blanco sobre la corrupción. Los dos ministros se quedaron tan anchos y resueltamente satisfechos de su tarea de aliño, suponiendo que con sus peroratas dispensaban un ansiolítico de efecto inmediato a los ‘histéricos’ de su partido, que debe haberlos porque su presidente les advierte de que no lo sean.

Al PP le sobran sonrisas de ocasión, silencios en los órganos de dirección y ocurrencias de ministros -también los discursos circulares de Rajoy- y le faltan gentes avezadas en la política de verdad como Antón Damborenea, que no solo hablen con claridad meridiana, sino que también lo hagan ante el propio Rajoy para que el presidente del PP no pueda esgrimir luego, como probablemente hará (véase el ejemplo de Esperanza Aguirre), ignorancia sobre lo que en su partido está ocurriendo. O sea, el PP precisa, urgentemente, de ‘histéricos’ que le espeten a Rajoy las verdades del barquero a la cara y no esa pléyade de ganapanes que le adulan, callan ante él y luego lo ponen a parir cuando se desahogan en los mentideros de la Villa y Corte.