TEODORO LEÓN GROSS-EL PAÍS

  • La reconciliación es difícil con líderes que encuentran incentivos poderosos en abonar la discordia con la certeza de que el pasado es un campo de batalla en el que tienen algo que ganar

El décimo aniversario del final del terror con la firma ETA, cuando cabía esperar una conmemoración sosegada y conciliadora, ha vuelto en el debate político al tono áspero de los estertores de los años de plomo. Decepcionante. Ni siquiera ETA logra generar una memoria del reencuentro, en la que confluyan los demócratas con la convicción de que esa fue una causa de todos, una victoria de todos y un legado de todos. La memoria del reencuentro es una de las señas de identidad que definen a las sociedades bien articuladas, que acaban haciendo suyo el pasado colectivo, incluso desde la vieja discrepancia. Pero eso no es fácil allí donde siempre hay alguien dispuesto a arrojarse la Historia a la cabeza, como la piedra cernudiana con toda la “hiel sempiterna del español terrible”. Ni siquiera la Transición, la santa Transición, realmente tejida con el relato de la reconciliación, ha resistido más que unas décadas. A estas alturas hay que reunir a Felipe Goznález y Miquel Roca para reivindicar el régimen del 78 desdeñado por los aprendices de brujo de la polarización.

No es casualidad que quienes reivindican, con mayor determinación, tener la buena memoria necesaria para saber olvidar lo sucedido en Euskadi propiciando que cicatricen las heridas del inmenso dolor causado y contribuir así a una reconstrucción moral, sean los mismos que ardorosamente reclaman mantener abiertas las heridas de la Guerra Civil, casi un siglo atrás, reclamando su revisión constante. Los muertos tienen derecho a una respuesta, pero según qué muertos: estos sí, aquellos no. Quienes reclaman pasar página allí, son los mismos que exigen no pasar la página de la historia aquí. Y viceversa. Quienes denuncian homenajes en el espacio público a personajes oscuros son los mismos que prefieren mirar para otro lado ante esos otros homenajes de los ongi etorris, con sus víctimas apenas a unos metros. Y viceversa. Y viceversa. Y viceversa. En definitiva no creen en la reconciliación en torno a la memoria, sino en la utilización oportunista del pasado.

Otegi es el escorpión de la fábula quizá apócrifa de Esopo, pero eso ya estaba descontado. El supuesto gesto de empatía hacia las víctimas sólo era moneda de cambio para una negociación futura sobre los presos, muy a pesar de quienes corrieron a ver, con piruetas semióticas, un momento histórico de imponente grandeza. Por demás, difícilmente puede haber grandeza en quien no utiliza la primera persona y habla en impersonal: “Eso nunca debió ocurrir”. Sin sujeto, no vale nada; aunque el sujeto no valga nada. Por demás, carece de sentido blanquear a Otegi de hombre de paz como blanquear a tantos otros personajes siniestros del pasado. Otra cosa es elevarse sobre el barro para tratar de mirar con cierta perspectiva. Hay que hacerlo. Pero la memoria de la reconciliación, que exige memoria y también reconciliación, es difícil con líderes que encuentran incentivos poderosos en abonar la discordia con la certeza de que el pasado es un campo de batalla en el que tienen algo que ganar.