Jon Juaristi-ABC

  • De momento, parece que nos libramos de la quema por napalm, aunque no les podamos vender ni un orejón de Ardoz

Pues va a resultar que a Donald le caemos simpáticos, pese al Saunas, a la Pájara y a toda la chusma. Eso le da a uno cierta esperanza. A lo mejor no acabará bombardeándonos para quedarse con los esquistos bituminosos de San Juan de las Abadesas o las tierras raras de la Puebla del Arzobispo (aunque se rumorea que le ha echado el ojo al mejillón gallego, resistente a todas las borrascas y mareas negras del siglo, no como el de Groenlandia). Quién le habrá contado que España está que se sale de ‘excellent people’ y que el único problema que tenemos es la falta de liderazgo, diagnóstico digno de algún Bolaños de Minesota que lo más reciente que ha leído sobre el tema, si es que ha leído algo, es lo de don Jorgito Borrow traducido por Azaña.

La admiración estúpida por el pueblo español, en lo que a Estados Unidos se refiere, viene del hispanismo progre de las universidades de la Ivy League, que ha difundido la imagen de una cepa enana y cejijunta, homogéneamente de izquierdas, frugal y ajena por completo a desasosiegos económicos porque piensa que todas las cosas de este mundo pertenecen a un manojito de aristócratas como Cayetana Álvarez de Toledo. Contaba Luis Carandell lo que presenció en un bar entre andaluz y manchego cuando alguien entró gritando que se quemaba el monte. Ningún parroquiano dejó la partida de dominó, y uno de ellos, sin sacarse el palillo de la comisura, sentenció: «Anda y que le den por saco al monte». Y Juan Manuel Bonet me recordaba hace poco aquel chiste gráfico de Chumy Chúmez que glosaba un edificante eslogan ministerial de la Transición –«Cuando un monte se quema, algo suyo se quema»–, al que Chumy se limitó a añadir, tras una coma, las palabras «señor conde».

Así que el excelente pueblo español que elogia Donald viene a ser, paradójicamente, aquel que consagra, canoniza y consiente la españolísima Falta de Liderazgo personificada por su Puto Amo, que no da un palo al agua, porque sospecha, con razón, que los verdaderos liderazgos son aquellos de derechas que, una de dos, o sacan adelante al país con rigores dictatoriales, como Franco, o que, conservando las formas democráticas en períodos de excepción –en medio de una guerra, por ejemplo–, solo prometen sangre, sudor, lágrimas y travesía del desierto. Ni uno ni otro dan votos. En cuanto Churchill venció a Hitler, las honradas masas británicas lo cambiaron por Attlee, un manta laborista que se limitó durante seis años a verlas venir mientras se derrumbaba todo aquello que los bombardeos de la Luftwaffe habían dejado en pie. Hasta que en 1951 volvieron los conservadores, «buenos administradores de su casa» (Antonio Machado pixidixit). Probablemente solo de su casa, señor conde, pero el ojo del amo engorda a la peña sindical. Es lo que se llama Estado del Bienestar, que inventó Bismarck.