Ignacio Camacho-ABC

  • La izquierda identitaria necesita inventarse enemigos, crear una narrativa hiperbólica de peligros ficticios

Todo el enorme aparato mediático que el Gobierno tiene a su servicio puede ayudar a hundirlo tanto como el desempeño incompetente y sectario de algunos (la mayoría) de los ministros. Ése es el efecto que consigue el torpe seguidismo comunicativo en casos como el del recibo de la luz, las balas de la campaña madrileña o el reciente bulo del homosexual agredido: envolver en un desairado esperpento al presidente y a su equipo. La derecha suele quejarse con razón de la hostilidad casi unánime que destila contra ella el discurso dominante en el panorama televisivo, pero la sobredosis de oficialismo está empezando a amplificar los estragos que el Gabinete se autoinflige con sus fracasos continuos. El caso de Malasaña constituye al respecto un ejemplo palmario de las consecuencias que el abuso de la propaganda provoca a menudo en la opinión ciudadana, perpleja ante la contraproducente reacción gubernamental de ‘sostenella y no enmendalla’. Cada intento de justificación, directa o elíptica, inducida o espontánea, sólo sirve ya para aumentar el impacto de la fenomenal metedura de pata.

El problema de fondo, más allá de la obsesión por el ‘relato’, reside en la apuesta sanchista por el victimismo identitario -racial, sexual, territorial, cultural, etc-, la corriente en la que la izquierda se ha sumergido en los últimos años en detrimento de sus valores clásicos y pese a los pobres resultados que esa estrategia está cosechando. El SPD alemán, que parecía liquidado, está reviviendo en cambio gracias al liderazgo de un socialdemócrata moderado que amenaza al obtuso sucesor de Merkel desde el retorno a los principios que el partido había arrinconado: fiabilidad, sentido pragmático, experiencia de consenso social y visión de Estado. Lo contrario de la ‘coalición de minorías’ que según Mark Lilla condujo a los demócratas americanos a la derrota ante Trump y su vigoroso reclamo populista. Sánchez se ha embarcado también en esa deriva al aliarse con fuerzas anticonstitucionalistas que despiertan en buena parte de la nación una fuerte antipatía y sitúan sus reclamos grupales por encima de las prioridades colectivas. Y así ha llenado la agenda del mandato de proyectos divisivos, leyes de sesgo ideológico, privilegios improcedentes y caprichos políticos.

Para sostener ese precario andamiaje necesita inventarse enemigos, crear una narrativa hiperbólica de peligros postizos. Su hegemonía en los medios le permite pintar un torvo cuadro de fascistas de ceño fruncido, omnipresentes en las calles, en las instituciones públicas y hasta en los tribunales, dispuestos a sabotear, mediante la violencia si es preciso, la trayectoria hacia el paraíso del progresismo. Sólo que a veces se le va la mano y le sale el grotesco trampantojo de un monstruo ficticio. Y como Tarradellas dejó dicho, en política se puede hacer cualquier cosa menos el ridículo.