Jesús Cuadrado-Vozpópuli

  • Pensar que solo hay que esperar a que esta banda se cueza en su propia salsa es una temeridad

España es una democracia, pero Sánchez gobierna como si no lo fuera. Se puede comprobar en el auto del juez Pedraz, retrato de una acción golpista desde el centro mismo del poder político. Los antecedentes son innumerables, como la persecución y cese desde el Gobierno del coronel Pérez de los Cobos y de la directora del CNI Paz Esteban -¡por negarse a traicionar al Estado!-, pero la articulación de un operativo desde la dirección del Psoe para intimidar a jueces, fiscales, policías y periodistas, como refleja el escrito judicial, marca un récord en la degradación política. Ese dispositivo, creado para satisfacer a Pedro y Begoña en estado de pánico judicial, encaja en la definición de fascismo puro y duro. El régimen sanchista deja así en herencia una democracia averiada.

En estas condiciones, a nadie podrá extrañar que, en un reciente estudio de opinión del Pew Researche Center, entre los principales países democráticos, España destaque por el mayor pesimismo sobre su sistema político. Para darles la razón, el aún presidente Sánchez se mofaba desde Roma de todos al dirigirse a los españoles indignados para anunciarles que no convocaba elecciones por su bien, para mantener la estabilidad institucional. ¡Qué mequetrefe! No es solo que haya perdido el contacto con la realidad, aún peor, ha perdido el juicio. En esta tesitura, lo relevante para el país es qué puerta de emergencia está disponible. Aquí, los tacticismos habituales y los análisis al uso ya no sirven. Pensar que solo hay que esperar a que esta banda se cueza en su propia salsa es una temeridad, si se observan los daños que se van acumulando a diario.

En no-gobierno sale muy caro

En 1980, Felipe González presentó una moción de censura cuando la UCD implosionaba y era incapaz de asegurar la gobernabilidad. Sabía que la perdería, pero la planteaba con el fin de transmitir a los españoles algo como “somos una democracia y eso exige que, cuando el Gobierno no es capaz de gobernar, haya siempre una alternativa al servicio de la ciudadanía”. Las claves del éxito, a pesar de perder, fueron la demostración de un liderazgo solvente y la voluntad de preservar la institucionalidad democrática. Ahora el expresidente socialista se muestra contrario a que Alberto Núñez Feijóo protagonice la misma iniciativa. Tendrá sus razones, pero el momento no es menos crítico. Siete años después, Hernández Mancha también firmó una moción de censura contra un González con mayoría absoluta. Fracasó, y se demostró que esa iniciativa, sin los votos garantizados, solo tiene sentido cuando la exigencia de cambio es un clamor ciudadano.

Debería ser el estado de opinión pública el factor decisivo para adoptar la alternativa correcta, y que decidan los diputados. Sobre todo, cuando el golpismo instalado en el Consejo de ministros y la inestabilidad institucional arraigada tienen consecuencias en forma de empobrecimiento progresivo, vía inflación, trabajo precario, vivienda, etcétera. La realidad que vive la población poco tiene que ver con el cohete de feria que el sanchismo usa como metáfora de último recurso. Lo resume bien el economista Santiago Calvo: “El PIB total crece tres veces más que en la zona euro, pero ocho veces menos, el PIB por hora trabajada”. Lo demás, se explica solo. El no Gobierno sale caro, y la ausencia de una respuesta política adecuada, también. Los jueces, sí, están cumpliendo su función democrática, pero todos los dirigentes políticos deben asumir la suya, incluidos los del PNV.

Esperar a que caiga la fruta

En este tiempo de descuento, el recurso a un lenguaje público tramposo y corrompido se les cae a plomo a Sánchez y su corte. Bufidos de equino como los del ministro Oscar Puente, que acusa a los jueces de conspirar para “derribar al Gobierno”, solo producen hartazgo. Y desconcierto, en el ejército de activistas de plató que, como loros desconectados, miran al techo a la espera de orientaciones narrativas que no llegan. Y lógicamente solo sueltan sandeces incomprensibles, sobre las joyas de Zapatero o sobre las andanzas de la fontanera Leire y su jefe Cerdán. En estas circunstancias, cuando los socios de Sánchez le exigen convocar elecciones, Feijóo no puede arriesgarse a aparecer ante la opinión pública como un político agazapado a la espera de que caiga la fruta. Mientras la gangrena avanza.