Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli
- El peor inmovilismo es dejar con vida las raíces del mal por cobardía y miedo al cambio de sistema
Zapatero, el hombre malo que se hace el tonto (no al revés), ha estado a punto de lograrlo, hay que reconocerlo. Sólo han frustrado sus ambiciones de parásito profesional el trabajo constante de unos cuantos insobornables: jueces, algunos fiscales, guardias civiles y policías, y la perseverancia de periodistas de investigación y análisis de unos pocos medios de comunicación de gran modestia empresarial, sobre todo digitales. Trabajo realizado bajo un fuego graneado cotidiano de difamación permanente a cargo de la enorme trama de falso periodismo sincronizado, fiscales al servicio del gobierno, y altos cargos policiales dedicados a la obstrucción de la justicia, como el ahora famoso general de la guardia civil Manuel Llamas, cuya némesis ha sido un teniente coronel de nombre muy apropiado, Antonio Balas. El caso Llamas-Balas demuestra que estamos muy mal, pero tenemos remedio.
Un sistema podrido
Lo que revela este desastroso paisaje institucional es que la putrefacción no se limita al Gobierno y sus aledaños, al PSOE y sus socios políticos, sino que afecta a la cumbre de todo el sistema de instituciones, y que sólo la oposición activa de algunos insobornables -a un alto costo personal, como es la costumbre aquí- ha logrado parar la definitiva conversión del Estado en coto exclusivo de familias político-mafiosas. Cuanta más corrupción saca a la luz la investigación criminal, más claro queda el problema de fondo: la corrupción avanzada de la cabeza del sistema, similar a la de los peces muertos.
En el juicio al hermanísimo David Sánchez ha aflorado un probable delito de falsedad documental a propósito de la homologación exprés de un título de director de orquesta probablemente falso, presuntamente emitido por un prestigioso conservatorio superior de San Petersburgo, pero sin firmas ni sellos. Este título sospechoso fue homologado y aceptado mansamente por funcionarios que, sin duda alguna, tuvieron que ver dese el primer momento una irregularidad tan elefantiásica. Pero el hermanísimo era intocable, mientras la juez instructora Beatriz Biedma podía ser revolcada por el fango impunemente y espiada en su vida privada.
El sumario del caso Begoña Gómez también ofrece elocuentes confirmaciones del modus operandi del tráfico de influencias y la prevaricación ordinaria que corroe las instituciones; pueden ver aquí un resumen. Aparecen amañando contratos, pagos y concursos diseñados para un candidato preconcebido el Gobierno, la Universidad Complutense y grandes empresas (Telefónica, Reale Seguros, Deloitte y otras menores). Habría quedado impune si de la fiscalía dependiera, y de no mediar la denuncia del extraño caso de la señora sin licenciatura elevada a la cátedra… por ser la del presidente del gobierno, con toda la ciencia infusa conyugal.
Quienes siguen creyendo que la corrupción se limita a las personas de José Luis Rodríguez Zapatero, Pedro Sánchez y sus respectivas famiglias, se equivocan de cabo a rabo. Ni siquiera se limita al PSOE y sus socios políticos. Tampoco a su opinión sincronizada. Incluye altos funcionarios, fiscales y mandos policiales, y cuenta con la colaboración necesaria de grandes empresas acostumbradas a este modo de hacer negocios a cambio de favores y mordidas, el capitalismo de amiguetes. Un campo de ruinas que debemos limpiar si aspiramos a una democracia decente y a un país próspero y en paz.
El aviso italiano
Ya hay quien empieza a asustarse ante el panorama de dos expresidentes de Gobierno condenados y encarcelados por corrupción, pero si el asunto se resuelve, como ya recomiendan, con indultos y amnistías a la catalana o a la etarra, lo que haremos no es otra cosa que consagrar la impunidad y el fin del Estado de derecho, tras haber legalizado de facto la organización para el terrorismo, inicio de esta caída al abismo.
Ahora hay dos preguntas importantes que hacer: si la implosión hundirá al PSOE y la paleoizquierda asociada (al nacionalismo no le afecta tanto, porque es corrupción institucionalizada), y si la implosión también sacudirá y obligará al derribo de las partes en ruina del edificio constitucional. Esta última opción es la mejor, porque han sido los fallos constitucionales en separación de poderes, merma de la independencia judicial y sobre protección de la estabilidad del Gobierno, al que es imposible tumbar, por muchos delitos que cometa, si se enroca con pactos al estilo Sánchez.
Existe un precedente vecino que muchos recuerdan estos días: la tangentopoli italiana de 1992 y el proceso “Manos Limpias”. La investigación del sistema habitual de sobornos, mafia y corrupción político-empresarial italiano, a cargo de un puñado de jueces y fiscales insobornables llevó a la implosión del sistema de partidos de la posguerra, la Primera República Italiana. Igual que en España, fueron difamados y acosados; algunos, asesinados por la mafia, como Falcone y Borsellino.
La imagen que resume el hundimiento italiano es la del socialista Bettino Craxi huyendo y muriendo en el destierro de Túnez (fuga que requirió de ayudas oficiosas, sin duda alguna). Con él se hundieron el Partido Socialista, la Democracia Cristiana y demás partidos menores, socios habituales de mayorías de gobierno corruptas por tradición. Pero la implosión del sistema de partidos no arrastró al sistema viciado. Los partidos fueron sustituidos por nuevas formaciones populistas, sobre todo la de Silvio Berlusconi, nuevo corrupto profesional apoyado por un imperio mediático privado.
Peligro de salida en falso
El desenlace en falso de la tangentopoli debe recordarnos dos cosas importantes: primera, que la política no debe ni puede ser sustituida por la justicia y los tribunales porque, y esta es la segunda enseñanza, la corrupción volverá a reproducirse con otras caras si no hay relevo verdaderamente democrático, basado en la exigencia social de limpieza política. El peor inmovilismo es dejar con vida las raíces del mal por cobardía y miedo al cambio de sistema.
En nuestro caso, es posible que el búnker de la Moncloa facilite un desenlace que arrastre al sistema y obligue al cambio de reglas que una oposición medrosa o sin ideas no es capaz de ofrecer. Cuanto más tarden las elecciones generales, más crecerá el rechazo de los votantes socialistas, proceso que todos los analistas competentes califican de lento pero implacable. Y si Sánchez recurre a iniciativas desesperadas, como un referéndum contra la monarquía o invocando algún pretexto para alargar la legislatura -hay guerras, golpe judicial y cosas así-, llegados a este punto aún será más favorable para la necesaria implosión de un sistema que ha demostrado ser incapaz de impedir el asalto y toma del Estado por una mafia.