Rebeca Agudo-El Español

A Pablo Iglesias, tan aficionado a las estrategias e intrigas juegotroneras, le han cambiado el tablero, sin notificación previa, y lo han dejado ahí, jugando al ajedrez con su tablero de parchís y una ficha de la oca.

Él que estaba tan a gustito -a lo Ortega Cano– tomando el cielo por asalto, convencido de que la revolución sería feminista o no sería, seguro de que el masculino genérico iba a ser la mayor de nuestras preocupaciones durante toda la legislatura -que hasta le habían cambiado el nombre al partido pasando de “Podemos” a “Unidas Podemos”- y llega una pandemia sin avisar y lo deja sin apenas relevancia en la gestión de esta crisis. Una, encima, de verdad.

Y claro, Iglesias, que necesita ser el niño en cada bautizo, la novia en todas las bodas y el muerto en el funeral, se pone el mundo por montera y lo mismo se salta una cuarentena -dos veces- que te retrasa la declaración de un Estado de Alarma inédito y urgente en nuestra democracia porque tenía que pelear su cuota de poder. Ni contagios ni emergencias. Lo primero es lo primero. O sea, él.
Pablo se ha convertido, de repente, en un niño mimado pidiendo a gritos que le hagan casito, que le miren, que le reconozcan, que nadie olvide que él está ahí. Que es importante. Y si hay que salir a dar una rueda de prensa huera, se sale y se da. Y si hay que cambiar de rumbo y dejar de dividir y enfrentar en sus discursos a hombres y mujeres porque, ante la previsible crisis económica que se nos avecina, esa va a ser la menor de nuestras preocupaciones, pues se cambia sobre la marcha y se comienza a apelar a la lucha de clases. Que alguien tendrá que empezar a aguijar a los futuros parados, que no serán pocos, para “politizar el dolor” (sic) antes de que sea otro el que se lleve el rédito.

Y a Sánchez le viene de perlas. Mientras a Iglesias se le hincha la vena y alienta caceroladas al Rey, atiza a la oposición (este fenómeno es nuevo, el de hacer oposición a la oposición desde el Gobierno) y culparla de la situación, él sale con su homilía fútil, como el hijo imposible y churrullero que habrían tenido Churchill y Bucay si la naturaleza gastase bromas de mal gusto, pidiendo unidad y adhesión a su gestión. Él no va a polemizar ni a descalificar a nadie. Dice. De eso ya se encarga el otro. Esto lo añado yo.

Mientras tanto, un Iván Redondo poseído por el espíritu de Jack Torrance aporrea una Adler, generando más Nada con ínfulas, mientras repite una y otra vez, enajenado y en voz alta, lo que decía la Vetusta Morla: “Todo es solo una apariencia. Un juego en la Nada. Nada es verdad. Nada es importante”.