DAVID GISTAU-EL MUNDO

La pelea de Zaire entre el campeón George Foreman y el aspirante Mohamed Alí (octubre de 1974) es una de las más famosas de la historia. Conocida como el Rumble-In-The-Jungle, fue mucho más que un evento deportivo por el que se estacionaron en Kinshasa cronistas como Norman Mailer o George Plimpton. El sanguinario dictador Mobutu acogió el combate para proyectar al mundo una imagen rehabilitada y, de manera paralela, se celebró un festival musical con figuras del soul como James Brown que formaba parte de la coartada con la que el promotor Don King justificó la mudanza a Zaire de una pelea de ese calibre: una exaltación cultural de África, un regreso a casa de los descendientes de esclavos.

Alí, que desde su conversión al islam y sus peregrinaciones por el continente ya había cultivado el personaje de emancipador de la negritud, terminó de ganarse al público zaireño cuando George Foreman cometió un error: al llegar, vestido con un peto de tela vaquera, bajó la escalerilla del avión llevando de la correa su pastor alemán, que resultó ser la raza de perro que los zaireños tenían asociada al recuerdo de la espantosa represión belga. A pesar de ser tan negro como Alí, Foreman fue percibido de pronto como un castigador enviado por las viejas metrópolis. De ahí procede la frase de Ali, Bumayé («Alí, mátalo») que le gritaban al antiguo Cassius Clay cuando salía a correr por la ciudad.

Antes de viajar a Zaire, Alí ya había hecho dos de las no menos famosas peleas contra ‘Smoking’ Frazier. Perdió la del Garden, con Sinatra haciendo de fotógrafo para Life a pie de ring, y ganó la revancha. Le faltaba la tercera, que además fue la más sufrida para ambos, la del Thrilla-In-Manila, una pelea tan dura en un calor sofocante –«He estado en las puertas de la muerte», dijo Alí– que por ella se decidió recortar el número de asaltos y pasarlos de 15 a 12.

A sus 32 años, y después de haber perdido mucho fuelle de juventud durante la suspensión de su licencia por negarse a ir a Vietnam, Alí parecía espeso y avejentado en comparación con los 25 años de Foreman y, sobre todo, con la formidable capacidad destructiva de unos ganchos que además soltaba con la cadencia de un arma automática. Mailer contó que los dos boxeadores se turnaban para entrenar en el mismo lugar y que Alí, cuando se encontraba el saco tal y como lo había dejado Foreman después de sus series de ganchos cronometradas, no podía evitar que toda su fanfarronería se apagara de pronto bajo una expresión fugaz de miedo. Los pronósticos daban por segura la derrota de Alí y sólo especulaban acerca de cómo saldría del ring, si vivo o muerto.

La estrategia con la que Alí ganó la pelea ya es historia del boxeo. Se tiró sobre las cuerdas y permitió, durante ocho asaltos, que Foreman se vaciara pegándole en vano. Alí buscaba el clinch y soltaba algunas manos de contra mientras su rival, perlado de sudor, se quedaba exhausto. Hasta que, en el octavo, Alí salió de pronto de las cuerdas con un giro e infligió un KO a Foreman pegándole mientras caminaba hacia atrás para mantener al texano en la distancia e impedirle agarrarse o embestir. La caída de Foreman fue una conmoción que él mismo reconoce ahora que, millonario gracias a la venta en la teletienda de parrillas y convertido en un pastor evangélico lleno de humanidad, no pierde ocasión de tributar homenajes a ese antiguo adversario cuya rivalidad fue tan fuerte que, años después, trataron de prolongarla en el ring las hijas de ambos. La de Foreman, Freeda, se suicidó el pasado mes de marzo a los 42 años.

La estrategia de Alí es conocida con la expresión Rope-A-Dope. Como tal fue incorporada, a modo de analogía, al lenguaje político americano, donde existen tantas referencias deportivas como las hay taurinas en las expresiones españolas. El Rope-A-Dope se usa para describir la situación de un contendiente que, en aparente situación de debilidad, de inferioridad, recibe castigo y parece a punto de perder pero en realidad aguarda su oportunidad para ganar con un solo ataque fulminante. En este contexto, y no en el más agresivo del Bumayé, ha de haber utilizado Pablo Iglesias la comparación del Rumble-In-The-Jungle con su momento político, en el que supuestamente Sánchez lo tiene contra las cuerdas y se lo está trabajando con golpes al cuerpo de los que interrumpen el flujo de aire para terminar de noquear la rivalidad de Podemos en unas próximas elecciones.

No es posible saber cuándo piensa Iglesias dar el giro de salida de las cuerdas para ponerse a pegar, si en las propias elecciones de noviembre con las que especula toda la clase política o en la última hora de la negociación, en el filo del 23 de septiembre. Pero, en cualquier caso, su situación y su apelación a la paciencia se nos antojan mucho más cómodas que las de Mohamed Alí. Resulta más placentero aguantar ocho asaltos de espera con los pies en remojo en la piscina de Galapagar que sufriendo el impacto constante de los ganchos de Foreman.