Elena Moreno Scheredre-El Correo

  • No nos dimos cuenta de que los adolescentes no entendían ni la lista de la compra y estaban solos frente a las pantallas

A veces ignoramos que estamos situados en un punto estratégico del escenario y, satisfechos, obviamos lo que sucede a la derecha o la izquierda de la escena. A la salida, sonreímos, pues lo contemplado nos ha hecho olvidar quienes éramos. Con la boca abierta vimos en los telediarios las calles de París, Milán o Barcelona, el saqueo a cargo de una turba de adolescentes empoderados en negro y con el rostro embozado. Parte de la sociedad miró atónita la furia incontenible con que se cargaban los cristales blindados, marquesinas, el pavimento de las aceras o las agresiones a quien les afeaba su conducta. Al parecer no había líderes; sin embargo, algo les guiaba como un ejército joven y fuerte cuya violencia provocaba un miedo ancestral en aquellos que no hemos tenido ni cuerpo ni ganas de dar media bofetada.

Los expertos de los programas de audiencia que informan unilateralmente pusieron sobre la mesa, como si hablaran desde un púlpito, las causas del desatino; el desarraigo, el choque de culturas, la digitalizad de la vida… La consciencia judío cristiana que arrastramos contribuye a explicar lo inexplicable acogiéndose al bueno y el malo, al pobre o al rico, a la esperanza y la caridad. Soy una observadora de la actividad política desde que me matriculé en Ciencias de la información, añadí a mis inquietudes lecturas imprescindibles para entender las sociedades, desde Maquiavelo, Platón o Gramsci hasta Foucault, pero después de pasar por algún gabinete de comunicación me refugié en mis aposentos a buscar adjetivos para la decepción.

Las palabras no son inocentes. Tampoco los silencios. Cuando la clase política empezó a crear una casta similar a la que se paseaba por Versalles, nos dimos cuenta de que el relato iba en serio. La desafección empezó a crecer, la polarización paseaba por los platós como una suerte de novedosa oratoria de refinada violencia y poco a poco, tacita a tacita, la sociedad comenzó a tomar parte, a tener el carné de socio del club azul o el rojo como si fuera un requisito vital. Las mentiras tenían un guardarropa amplio y había justificaciones para la vergüenza, la caradura o la temeridad. Y como si se hubiera quedado destapado el frasco de las esencias, la fetidez de la corrupción, la manipulación y la indecencia moral perfumó el ambiente, y no caímos en la cuenta de que nuestros adolescentes no comprendían ni la lista de la compra, estaban solos frente a las pantallas construyéndose un yo de cartón piedra capaz de ser conducido por cualquier llamado de los dioses.

¿Creyeron nuestros políticos que la manera de hablarse, de humillarse, de desprestigiar al adversario iba a crear un tejido social de militancia lúcida? Pues no, y hay que tener bien presente que la ignorancia, como la decepción, tarda mucho en reconstruirse. Yo no tendré tiempo, pero ellos no sé con qué se abrigarán cuando tengan 60 años y no puedan correr como gamos con un Louis Vuitton colgado del brazo…