Pablo Martínez Zarracina-El Correo

  • Se teme la coincidencia en las calles de la violencia política con la oportunista

Halloween era antes más sencillo. Solo había que distinguirlo de San Patricio, que es el día en que los seres inestables y balbuceantes son irlandeses, y recordar que alguien disfrazado de payaso es siempre diabólico. Así que, al cruzarte de noche con uno, lo conveniente es atacar primero. Por desgracia, ya no basta con esas nociones básicas. Ahora, además de payasos asesinos y zombis ululantes, en Halloween hay que estar atento a los jóvenes de Jardun y a los de Blocus. No siempre es fácil distinguirlos. Todos tienden a vestir de negro y llevan sudaderas con capucha. Los primeros son disidentes de la izquierda abertzale oficial. Los segundos no se sabe qué son, pero se supone que imitan los saqueos en las tiendas lujosas de París cuando gana el PSG. Juntos constituyen la principal preocupación del Departamento de Seguridad en un fin de semana en el que hay veinticinco manifestaciones en el País Vasco. Sí, veinticinco. Al final va a ser en eso en lo que somos una potencia mundial: en caminar despacio juntos. La Ertzaintza teme que la violencia política autóctona, la de kilómetro cero, la de toda la vida, se mezcle con la violencia nueva y exógena que se inspira en la ‘banlieue’ y se convoca por TikTok.

Lo curioso es que esta segunda violencia es medio hipotética y puede estar alimentada por las redes y prestigiada por el misterio y el temor en términos que hacen pensar en la leyenda urbana. Cierto que el fin de semana pasado hubo saqueos en Barcelona. Y que la Policía ha detenido en varias ciudades a jóvenes que promovían en Internet los asaltos masivos a las tiendas. Pero de ahí a poder ocasionar tumultos en todas las capitales de provincia, con una capacidad de convocatoria que ya querrían partidos y sindicatos, hay un trecho enorme. Más fácil parece avivar el incendio por WhatsApp. Y eso se ha hecho.

«Me han llegado mogollón de cosas a través de las redes sociales», reconoció el jueves Bingen Zupiria. «¿Mogollón de cosas chungas?», deberían haber repreguntado los compañeros. El consejero de Seguridad no parece saber bien qué ocurre, pero garantiza que la Ertzaintza hará lo que tenga que hacer. La verdad es que tampoco extraña que ayer algunas tiendas del centro de Bilbao protegieran sus escaparates con paneles. En los sectores más severamente ideologizados de nuestra sociedad hay quien pide formación política para que los adolescentes entiendan que no está bien romper escaparates para conseguir unas Air Jordan de edición limitada. Lo correcto es romperlos por la patria.

Puente

Niveles de confort

Óscar Puente demostró ayer en rueda de prensa que a la segunda tragedia ferroviaria va a responder justo igual que a la primera. El método consiste en exhibir el manejo de datos y la resistencia ante el micrófono como una muestra de capacidad personal. Ayer se confirmó lo que ya vimos en Adamuz: el Puente postaccidente con decenas de muertos aparece en camisa, alardea de horas de trabajo y de preguntas sin límite, solo utiliza Twitter para trasladar información oficial y trata de lanzar con ello un mensaje alucinante: admiren la profesionalidad con la que gestiono los desastres acaecidos bajo mi gestión. Su permanencia en el cargo va a funcionar como un reclamo para la ferocidad de la oposición y la victimización será la opción de los próximos días. Comenzó ayer el propio ministro aludiendo al calvario al que le van a someter -«los insultos, las descalificaciones y los prejuicios de culpabilidad que se me van a atribuir»- y aceptándolo todo con la humildad de quien reconoce que su principal defecto es la grandeza. Habrán notado tal vez que la estrategia adolece de cierta falta de humanidad. Pero qué importa. El ministro reconoció ayer que se haría a un lado si su presencia perjudicase al proyecto de su partido y aportó una respuesta asombrosa cuando se le preguntó si hacerse a un lado podría reconfortar a las víctimas. «No sé qué nivel de confort le puede proporcionar a una víctima que yo dimita», reflexionó Óscar Puente de un modo muy extraño, como si confundiese a los ciudadanos con colchones.