Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • Esto no va de ideología, sino de la extendida sensación de que con Sánchez no hay certeza de que un accidente como el de Urda no se va a volver a repetir

Hay hechos inauditos, inconcebibles, improbables y, sí, inverosímiles. También los hay inevitables. Y objetivamente, aunque nos cueste admitirlo, el accidente de Urda quizá lo acabe explicando mejor este último adjetivo que cualquiera de los cuatro anteriores.

En estos primeros días las gentes más sensatas han insistido en que centremos nuestra atención en las víctimas y en sus familias, en el cuidado de los supervivientes, que hagamos un ejercicio de obligada prudencia, huyendo de precipitadas especulaciones, y que, como respuesta a la natural indignación de un país en shock, nos esforcemos por dar una imagen de unidad y responsabilidad.

Las reacciones más comunes han seguido esas pautas, que no necesitaban de ningún manual previo, porque por lo general los españoles siempre hemos sabido reaccionar con altura de miras cuando algún dramático e inesperado siniestro nos ha golpeado brutalmente. Pero hay ocasiones en las que no te lo ponen fácil. Y esta es una de ellas.

En un modelo de control tecnológicamente avanzado, el error humano está descontado y es el último eslabón, no el primero, de la cadena que garantiza la seguridad. Situar por tanto el foco de la culpa en uno o más operarios del centro de control de Adif es, además de miserable, una zafia treta que busca desviar la atención de las verdaderas causas del accidente. Y un desesperado intento de eludir la responsabilidad.

Inversión no ejecutada

Y esta, la responsabilidad, no solo debe exigirse a quienes en relación con este último y trágico suceso desoyeron las llamadas de atención de empresas y trabajadores. Estas y estos alertaron con insistencia sobre la obsolescencia del sistema de seguridad de la línea de alta velocidad Madrid-Andalucía. Hay una responsabilidad más estructural y todavía más grave: la de aquellos que en su día decidieron una política de adjudicación de recursos y de selección de personal cuyos efectos más profundos están detrás de las últimas catástrofes.

Lo que este accidente ha evidenciado con terrible crudeza es lo que algunos venimos hace tiempo denunciando: el desvío de fondos esenciales para mantener la calidad de nuestros servicios hacia fines políticamente mucho más rentables. Un ejemplo: 10.000 millones en bonificaciones y ayudas al transporte público terrestre desde 2018 mientras se permitía que la inversión bruta en infraestructuras ferroviarias se desplomara casi un 70% entre 2009 y 2025.

Añadamos a lo anterior la sustitución de cargos intermedios, de alta cualificación técnica, por conmilitones y afines. Un dato especialmente escandaloso, ahora revelado, es que del convenio de sostenibilidad económica firmado en 2021 para financiar y renovar las vías de interés general, Adif solo ha recibido 3.612 millones de euros de los 4.695 millones inicialmente prometidos, dejando un desfase de inversión no ejecutada de 1.083 millones de euros para el total de la red. Pero sobre esto, ninguno de los directivos de la compañía, que le deben el puesto al partido, ha querido en estos años llamar la atención.

El destino de los fondos europeos, que apenas han servido para solucionar problemas realmente estructurales como el que nos ocupa, o el de la vivienda, es otro de los asuntos que van a provocar un serio deterioro de nuestro crédito-país y que le va a estallar al próximo gobierno. Pero ya llegaremos a eso. De momento, lo que ya sabemos apenas transcurridas 72 horas de este trágico suceso -y cuando no han pasado ni nueve meses del siniestro de Adamuz-, debiera ser motivo más que suficiente para enviar a la sociedad española una inequívoca señal de decencia política.

Puente se irá (si conviene)

Desgraciadamente, este gobierno y este presidente están dando muestras de no saber a qué nos referimos cuando hablamos de tal cosa. No sé si Óscar Puente dimitirá o será cesado, pero es que ya da un poco igual. Lo que pone de relieve Pedro Sánchez al no forzar la salida del Gobierno de Puente al día siguiente del siniestro, es que la cabeza del titular de Transportes no es el obligado precio que pagaría cualquier democracia avanzada, sino una pieza más en el tablero de la campaña.

No sé lo que el presidente piensa hacer de aquí al 29 de noviembre. Sé lo que yo haría: cesar de inmediato a Puente, acudir al Parlamento para comprometer una investigación rápida e independiente, organizar un equipo de atención permanente a los heridos y a las familias y pactar con la oposición una campaña diseñada a partir del imprescindible respeto a las víctimas.

No ocurrirá nada de eso; salvo quizá lo de Puente, si es que conviene. Porque ya no hay manera de franquear el muro; porque, desgraciadamente, al margen de la posición ideológica de cada cual, lo que ya es incuestionable es que este presidente no está ni moral ni políticamente cualificado para siquiera intentarlo. Es tal la sensación de que con él al mando no hay ninguna certeza de que episodios como el apagón, Adamuz o Urda no se van a volver a repetir, que si no fuera por el férreo control que ejerce sobre su partido probablemente habría sido incapacitado como candidato.

¿El 11-M del PSOE?

Un presidente del Gobierno que tampoco ahora va a estar esta vez en condiciones de asistir al funeral por las víctimas del último accidente ferroviario no merece seguir en el cargo. Un presidente que se ha convertido en el Pepito Grillo de la Unión Europea y es el responsable primero del acelerado deterioro de nuestro crédito-país, debiera apartarse de la primera fila de la política. Porque su continuidad, ya sea en el gobierno o en la oposición, dificultaría enormemente la reparación del daño causado a las vigas maestras sobre las que se sostiene el Estado. Por cierto, un proceso, el de la reparación, que va para muy largo.

En estos días, algunos amigos y conocidos me piden opinión sobre el impacto electoral de lo ocurrido el pasado miércoles en Toledo. ¿Será el 11-M del PSOE? Hay muchas diferencias, empezando por la distancia entre el suceso y la cita electoral. Existe, además, fruto de la polarización, un sectarismo mucho más irredento del que había hace 22 años. Pero mi impresión, después de un episodio tan terrible, tan previsible y como se está viendo evitable, y cuyos lacerantes efectos seguirán estando muy presentes durante las próximas semanas, es que el PSOE va a estar mucho más cerca de su peor resultado, los 85 diputados de Sánchez en 2016, que de los actuales 121 con los que volvió a perder las elecciones. Lo veremos; o este país ha cambiado mucho más de lo que yo creo.

La cita del sábado: incompetencia

“El trabajo se realiza por aquellos empleados que no han alcanzado aún su nivel de incompetencia”.

(Laurence J. Peter. The Peter Principle)