Inmolación

ABC 16/12/15
IGNACIO CAMACHO

· La ofensa de Sánchez llevó el debate a una sentina tremendista en la que se hundió el menguado crédito del bipartidismo

LO peor fue la sensación de desaliento por la oportunidad perdida. Planteado para reforzar la solvencia de los dos grandes partidos estructurales, el debate degeneró en reyerta barrial y cargó de razones el argumentario prefabricado por los candidatos-tertulianos para sostener su diatriba antipartidista. Sin apenas propuestas de futuro, enzarzados en un fangoso duelo de insultos y reproches, los dos líderes mayoritarios trituraron en un breve rato los restos de prestigio del sistema que podían haber apuntalado. Esos minutos de descontrol y golpes bajos, de desoladora pérdida mutua de papeles, convirtieron la discusión en un procaz show de telebasura política.

La culpa fue de Sánchez, sí. Su hiperventilada, provocadora sobreactuación, con el sello agitador de Rubalcaba, descarriló su propia ventaja. Hasta ese momento infeliz iba ganando; había logrado embrollar a Rajoy en el terreno que le era más propicio, el de la economía. El presidente estaba espeso y sin iniciativa. La ofensa –que lo era también a todos sus votantes– lo rebeló y le arrancó los momentos más auténticos, un visceral arrebato de rabia en defensa de su honorabilidad, pero ese intercambio de improperios llevó el encuentro a un lodazal, a una sentina tremendista. Todo quedó marcado por ese cruce feroz de estacazos cainitas. Fue un suicidio dual, una inmolación; exactamente lo que convenía a los rivales ausentes, a los portavoces del aventurerismo que aparecieron luego para entonar el gorigori del régimen, cómodos en su displicente retórica de salvadores adanistas.

Lo que la nación esperaba esa noche era una demostración de confianza. El contraste constructivo de dos dirigentes responsables frente a la cháchara superficial de la política de plató. En vez de eso los españoles encontraron una insólita demostración de endogamia, un espectáculo de agresividad paroxística en el que afloraron todos los vicios que han colapsado el sistema, desde la falta de liderazgo a las censuras recíprocas. Un combate trabado, circular, hosco, amargo, sin margen para la esperanza. La clase de enfrentamiento estéril que ha provocado el desenganche de los jóvenes y dado alas a la demagogia populista. Una bronca desbocada, ruidosa, mezquina. De espaldas a cualquier atisbo de compromiso no ya patriótico, sino simplemente cívico.

Fuera de sus casillas por el inopinado e innoble ataque del rival, Rajoy se desquició hasta achicarse a sí mismo. Se mostró confuso, agarrotado, borroso. Sánchez se agrandó en la faceta menos digna; apareció como un aspirante sensato para diluirse en latiguillos twitteros y acabar transformado en un vulgar camorrista contento de su bravucona fechoría. Ambos dejaron una impronta yerma, perdedora, y en su vorágine autodestructiva ninguno de ellos, ay, pareció interesado en responder a la primera pregunta. La que les requería su proyecto de país. Su idea de España.