Manuel Marín-Vozpópuli
- No discutiré que alguien como Óscar Puente pueda odiar o gozar de total libertad de expresión, pero sí discuto que use un cargo público pagado con nuestro dinero para insultar
En política siempre se insultó al oponente. Para ofenderle, para minusvalorarle, para generar una dialéctica acción-reacción, y para ganar un plus de virulencia electoral frente a la inservible pachorra parlamentaria. Hubo tiempos incluso en los que, si el insulto era ingenioso, resultaba doblemente efectivo. Se humillaba, sí, pero si el insultador le añadía un factor humorístico, el destrozo emocional para el contrario resulta eficacísimo. Ganabas tu cuota de telediario, tenías hecho el titular de prensa, tu corte de radio, tu militancia te pasaba la mano por el lomo… y a otra cosa. Cuando Alfonso Guerra quiso llamar cínico y sucio a Adolfo Suárez, dijo de él que era un «tahúr del Mississippi». Era un insulto gráfico, ofensivo y hasta divertido. Una original muestra de ingenio permitió a Guerra llamarlo delincuente de forma jocosa, y 45 años después lo seguimos recordando.
A Álvarez Cascos, el PSOE lo llamó ‘dóberman’, que no deja de ser un sinónimo de perro de presa asesino. El propio Pedro Sánchez dejó constancia escrita de su verdadero carácter con sus subordinados. Lambán era un hipócrita. Fernández Vara, un petardo lamentable. Page era un tocacojones, y parece que sigue siéndolo. Susana Díaz, una jodida. Y Margarita Robles, una mujer torpe, una pájara que se acuesta con uniforme. José Antonio Labordeta, aquel cantautor de la Chunta Aragonesista que fue diputado, llamó gilipollas a varios diputados del PP que de forma coral le decían aquello de «vete a la mierda» cuando hablaba en el hemiciclo. Pablo Casado llamó felón a Sánchez, y Díaz Ayuso optó por el «me gusta la fruta» como sustituto del insulto que, todos lo sabemos, dedicó a Sánchez.
Hasta ahí, todo en orden. Nadie se escandaliza y el teatrillo sigue en pie. Pero ahora Borja Sémper ha regresado a la política. Le diagnosticaron uno de esos cánceres chungos que te ponen ante el abismo y entonces enmudeces. Imagino que te pasa toda la vida por delante en un par de segundos. Un aviso de que en cualquier momento puedes ser historia. Finito. Caput. Que te ha tocado y punto. Han pasado muchos meses y parece no haber rastro de alguno del tumor. Y Sémper ha regresado a la sede del PP, a los medios de comunicación y a su vida pública tras meses de haberla aparcado. La salud te marca las prioridades, te pongas como te pongas. En su retorno, Sémper ha reprochado a Santiago Abascal y al ministro Óscar Puente que recurran sistemáticamente al insulto en sus críticas a los rivales políticos y ha lamentado que estemos normalizando el insulto. Sin embargo, a Puente se le ha ido mucho la pinza en su réplica: «La hipocresía me ha repateado toda mi vida. La huelo a kilómetros. Por eso personajes como este nunca me la han colado. Es peor que Tellado porque Tellado no pretende ser lo que no es». Y claro, Tellado ha contestado a su vez a Puente con un «Te equivocas. Sémper te da mil vueltas. España sería un país mejor si tuviera ministros como él y no como tú. Tu sectarismo te acompañará toda tu vida».
Lo fácil es sostener que esta manía obsesiva de Puente por el desprecio al prójimo se ha convertido en una marca personal, en una estrategia de comunicación deliberada basada en un populismo emocional para deslegitimar al contrario y excitar así a su parroquia electoral desde el instinto y la náusea. La víscera, como reclamo y el odio, como solución. El insulto en Puente no es un fallo, es una previsión alevosa. Todo insulto está premeditado en él y humilla con la exactitud de un reloj suizo porque nunca improvisa sus desprecios. Debe tener una libreta de ‘insultables’ con expresiones que se le van ocurriendo, supongo. Le vienen a la mente, se ve gracioso el hombre, y las anota. Puente funciona como un resorte ‘glotopolítico’ e impone su ofensa en el lenguaje público para polarizar y buscar un impacto inmediato lo más alejado posible del consenso. Puente es a la política lo que un provocador profesional a una reacción ególatra para asalvajar el debate público. Lo de Puente es, en definitiva, una táctica deliberada para echar porquería sobre el lodo y duplicar la densidad de la mierda.
Pero todo este comportamiento tendría lógica política si de verdad existiese un punto final. No sé, un límite moral, una frontera, una línea roja con códigos intraspasables. Es decir, la acción deliberada de insultar tendría lógica si cualquier Óscar Puente de la vida permitiese aflorar de vez en cuando conductas empáticas, positivas o razonables. Entonces se vería que todo en él es una pose y un fingimiento ‘profesional’ porque en el fondo, en realidad, es un buen tipo con fondo limpio y sentimientos más o menos puros. Es decir, alguien decente. Pero es que esto en realidad no ocurre. Lo que sí ocurre es que, más allá de que destruir al prójimo responda en Puente a una táctica premeditada alevosamente, hay algo más: una reacción salida directamente de su alambique de odio. Cuando Puente no celebra la recuperación médica de un oponente ideológico y lo ataca con una saña y una desproporción tan innecesarias, ¿habría preferido que el cáncer fulminase a Sémper?
Puente resulta un tipo difícil de descifrar. ¿Es un actor frío y metódico que sobreactúa en busca de una agitación social a la medida del odio que destila, o es alguien asilvestrado a quien el rencor y la aversión pueden hasta el punto de desear el mal total a un oponente? Siempre pensé lo primero. Que todo era una actuación. Sin embargo, tras leer las palabras que ha dedicado a Sémper, está claro que es lo segundo. Puente es uno de esos políticos con un concepto estrábico de la ética pública y con una visión muy desvirtuada del sentimiento humano. Le mueve saber cómo causar el mayor daño emocional posible con el mínimo esfuerzo, y eso tiene un componente de sadismo inquietante. A esto de la política se llega llorado, el victimismo está ‘demodé’ y todo político sabe que en algún momento se encontrará con un miserable sin escrúpulos. Pero es muy diferente intuir que eso llegará un día a tener al miserable justo enfrente. Y entonces el miserable deja de ser un mito y se convierte en un rostro y una voz. Un miserable que además de serlo, se vanagloria de ello con orgullo de pertenencia a la propia escoria que lo patrocina.
Y entonces te das cuenta de que toda la teoría que te han contado sobre la dureza de la política, la crueldad del odio y el desprecio a la persona no son un fingimiento ni son invenciones. Que existe, y que el tipo al que tienes enfrente mofándose de tu enfermedad es el perfecto icono de la deshonra y la cizaña. El perfecto imbécil que sobra en tu vida. No discutiré que alguien como Puente insulte, ni pondré en duda su derecho universal a la libertad de expresión. Pero sí discuto que lo haga desde un cargo pagado con dinero público. Porque el dinero de todos no debería servir ni para financiar el sadismo ministerial, ni para sufragar la falta de calidad humana, ni para tener que soportar los despojos de la indecencia.