Estaba cantado. Pedro Sánchez clausuró ayer la jornada del Cercle d’Economía en el hotel W de Barcelona para anunciar un gran asunto. El jueves habrá un Consejo de Ministros extraordinario para decretar el fin de la obligatoriedad de las mascarillas en espacios abiertos a partir del sábado 26. El campeón de las buenas noticias ha venido a poner fin a la zozobra en que nos había mantenido desde el año pasado, cuando ese personaje inenarrable que es Fernando Simón dijo: “No es necesario que la población utilice mascarilla. No tiene sentido que la población esté preocupada por si tiene o no tiene mascarillas”.

El 20 de mayo de 2020 reconoció que había mentido: dijo que no eran necesarias porque apenas había disponibles. El 30 de junio clasificó a las mascarillas entre quirúgicas o solidarias, y las FPP2 que eran egoístas. La Ley 2/2021 las declaraba obligatorias para mayores de seis años en espacios abiertos o cerrados.

Sánchez se marcó un ‘Aló, presidente’, como suele, con mucha facundia aunque su entusiasmo no concordaba con los datos. Lo suyo no es el ajuste fino. Era difícil comprender tanta verbosidad al hablar de los jóvenes que deben incorporarse a la FP y del empleo juvenil, cuando el paro de los jóvenes sitúa a España en la cabeza de los países de la OCDE, con el 39,9%. También habló del empleo de las mujeres, pero España es el país de la Unión Europea en el que más creció el paro femenino a lo largo de 2020: casi tres puntos (del 15,7 al 18,4%). Pero él tiene un plan de recuperación, transformación y resiliencia, su arma secreta para salir de la crisis.

No dijo una palabra de los indultos,  se lo reservará para la conferencia del lunes en el Liceu ante 300 invitados de lo más selecto de la sociedad catalana. Ayer, en el hotel W tuvo como apoyos a Nadia Calviño, Miquel Iceta, el mecenas de Junqueras, Giró, y al pobre Torrent, criatura de Lombroso. El presidente Aragonès no acudió porque tenía una cita con el prófugo de Waterloo; si fue a hacer bulto Ximo Puig. Hay que decir que Aragonès ni siquiera tuvo la mínima cortesía protocolaria que sí había observado con Rey: fue a saludar pero no se quedó a la cena.

Lo del Liceu es un acierto del sanchismo: él quiere hacerse aplaudir en el mismo lugar en el que se abucheó a los Reyes cuando aún eran Príncipes de Asturias, el 30 de mayo de 2013. Con parecido fundamento se cuenta que Redondo Productions está preparando una vacunación solemne de Pedro Sánchez en un hospital madrileño. Tiene que hacerse notar frente a la discreción con la que impuso la vacuna al Jefe del Estado.

La cháchara, ya digo, no tenía mucho fundamento. “15 meses escuchando el saber de la ciencia, de los expertos”. Nunca llegó a haber 11.000 vírgenes, según Jardiel Poncela y nunca hubo un comité de expertos, reconoció el ministro Illa el 30 de julio de 2020. Pero él había ido a Barcelona a hablar del desenmascarillamiento y como es natural, le salió una rumba catalana a lo Peret: “la alegría de vivir de la sociedad española y la sociedad catalana es la alegría de vivir del Gobierno de España”. Cantaba Peret: “Alegría de vivir,/ para disfrutar, cantar,/ canta y sé feliz”. No quieren dejar a nadie atrás, pero hay unos 140.000 españoles que ya no podrán llegar a la alegría de vivir de Pedro Sánchez.