Ignacio Camacho-ABC

  • El ‘barcenato’ ha dejado en la sede de Génova un karma de conflicto. Esa casa está contaminada de amianto político

Al PP le conviene salir pronto de la calle Génova. Y no por hipotecas financieras sino porque no puede llegar al Gobierno -caso de que lo logre- desde esa Casa Usher llena de influencias siniestras de un pasado que continúa regurgitando en un goteo de sentencias. Los animistas creen en el karma de los edificios y es evidente que en esa sede flota aún el hálito negativo de sus anteriores inquilinos, como si los fantasmas más turbios del aznarismo y del marianismo permaneciesen de alguna manera escondidos en sus despachos y pasillos. El escenario donde Bárcenas y compañía montaron su tinglado de contabilidad paralela, cohechos, comisiones y demás delitos es el símbolo de la leyenda negra de un partido que necesita borrar sus estigmas en un lugar distinto. Como los socialistas franceses se fueron de la histórica Solferino. Cuanto antes mejor: esa finca está contaminada de amianto político.

Y no son sólo los vestigios de la corrupción: es que parecen haberse quedado allí los problemas que fundieron la cohesión interna. El enfrentamiento de Aguirre con la dirección nacional se ha reproducido en la comunidad madrileña, ahora con la tensión suicida entre Ayuso y García Egea, enredados en una bronca infantil con detalles de rabieta pintoresca. Se diría que los protagonistas de este rifirrafe partidario se han maleado al contacto con el ambiente de un inmueble viciado por la costumbre del escándalo. Y aunque es probable que esa pulsión pendenciera, tan habitual en los mecanismos orgánicos, se trasladase también a una sede nueva, al menos se disiparía un poco el aire de ‘dèja vu’, de calco, de conflicto recurrente en una pugna por el liderazgo entre la victoriosa presidenta autonómica y el clásico factótum del aparato. Ese contexto de desafío de gallos incapaces de darse cuenta del devastador alcance de sus actos ante la mirada perpleja del electorado.

Luego está el reflujo judicial, ya inevitable, de los manejos de la época en que los dirigentes populares se hicieron los ciegos ante un grupo de aventureros y ventajistas dispuestos a sacar provecho de la ausencia de control financiero. Las consecuencias de ese desentendimiento van a seguir ensombreciendo la reputación de la marca durante mucho tiempo, tanto como tarde en sustanciarse la cascada de sumarios y procesos. Y Génova es la imagen física, tangible y visible, de aquella etapa que la irrupción de Casado pretendía dar por superada. En esta política de gestos y propaganda resulta imprescindible una limpieza catártica para pasar página. La alternativa de poder requiere una casa transparente y bien ventilada, en sentido literal y metafórico, en la que se puedan abrir las ventanas para disipar la atmósfera de venalidad embalsamada. La historia oscura de esos años irreparables ya es imposible cambiarla pero el futuro empieza por tomarle cierta distancia. En un capitoné de mudanzas.