La de los tristes destinos

EL MUNDO 08/11/16
GABRIEL TORTELLA

· El autor recurre a los fracasos históricos del Trienio Liberal, el Sexenio Revolucionario y la Segunda República para alertar de que la pulsión cainita aún hoy presente puede hacer naufragar el proyecto de la Transición.

CON ESTA FRASE, que es el título de uno de su Episodios Nacionales, se refirió Benito Pérez Galdós a Isabel II, aunque unos años antes el diputado carlista Antonio Aparisi Guijarro ya la empleó en un discurso parlamentario. La expresión resultó premonitoria, porque la hija de Fernando VII, después de dos decenios largos de vida alegre, pasó más tres decenios y medio de triste exilio en París, ignorada por su pueblo.

En realidad, Galdós, como gran escritor que era, estaba jugando con la sinécdoque de aplicar a España la frase que definía a su reina. Si «el caballero de la Triste Figura» personificaba para Cervantes la España patética del siglo XVII, tristes debían ser los destinos de esa misma España, sometida siglos más tarde a la irresponsable frivolidad de aquella señora. Y tristes parecen ser los destinos de la España contemporánea, donde una y otra vez los proyectos políticos liberales y democráticos comienzan rebosando optimismo y buena intención y terminan en el caos y el fracaso, con graves consecuencias. Ya la intuición poética de Jaime Gil de Biedma lo había dejado dicho en aquellos versos tan repetidos: «De todas las historias de la Historia/ sin duda la más triste es la de España,/ porque termina mal». Este mal fin que invocaba el poeta es indudablemente la victoria de Franco en la Guerra Civil. Pero en realidad no se trata del único caso de mala terminación en la historia de España. Hay al menos tres episodios y medio en la historia contemporánea a los que se puede atribuir el «mal fin» de Gil de Biedma, el mal fin después de un buen comienzo. Los españoles parecemos tener una curiosa habilidad para instaurar eras venturosas y heroicas que poco a poco van degenerando hasta terminar desastrosamente.

El primer episodio tiene lugar durante el reinado del padre de doña Isabel, el rey felón, traidor, asesino, mendaz, cobarde e incompetente a quien los españoles llamaron el Deseado y que murió tranquilamente de muerte natural después de haber perseguido y ajusticiado a los héroes de la independencia y el constitucionalismo, que arriesgaron su vida por devolverle el trono que Napoleón le arrebató. Después de su infame traición en 1814 aboliendo la Constitución de 1812, Fernando VII encarceló y condenó a muerte a numerosos liberales y cometió toda clase de tropelías y latrocinios que escandalizaron incluso a sus correligionarios europeos de la Santa Alianza. Después de seis años de tiranía absolutista, la rebelión de Rafael del Riego logró que el tirano aceptara y jurara la Constitución en 1820 y se inaugurara un régimen parlamentario y liberal. Tras el heroísmo de la Guerra de Independencia, el pronunciamiento de Riego parecía inaugurar una era de libertad y progreso. No fue así: los liberales se dividieron inmediatamente y tras tres años de conspiraciones y rivalidades, tan bien reflejadas en La Fontana de Oro y El Gran Oriente de Galdós, la invasión francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis (en nombre de la Santa Alianza), que apenas encontró resistencia, restauró en el absolutismo a Fernando VII, que volvió a escandalizar a Europa por su vesania criminal. Las rencillas y rivalidades de los liberales habían hundido el régimen esperanzador que los historiadores llaman el Trienio Constitucional.

El segundo episodio tuvo lugar tras el derrocamiento de la monarquía de Isabel II en 1868, al justificado grito de «¡España con honra!», en lo que se ha llamado la Gloriosa Revolución. Se celebraron elecciones democráticas, se hizo una profunda reforma económica y legislativa, se redactó una nueva Constitución y se trajo de Italia un rey de la dinastía de Saboya, más amiga del parlamentarismo y de aires más modernos que Isabel y su execrado padre. Las mejores cabezas políticas y económicas pusieron manos a la obra para crear una monarquía moderna, democrática y reformista. Pero el sistema volvió a fracasar estrepitosamente y esta vez no fue culpa del rey, Amadeo I, sino de la sociedad española. La aristocracia no quiso saber nada del que ellos consideraron como un monarca advenedizo, los liberales se dividieron y subdividieron, Juan Prim, el hombre fuerte del nuevo régimen, fue asesinado al arribar Amadeo, la izquierda revolucionaria no dio cuartel, el carlismo tampoco: el caos fue tal que Amadeo abdicó al cabo de poco más de dos años, dando lugar a un breve y lamentable régimen republicano que, tras un golpe militar y un extraño interregno, dio paso en 1875 a la restauración de la monarquía en la persona del Alfonso XII, el hijo de la destronada Isabel. La Restauración que siguió, inspirada por Antonio Cánovas del Castillo, no puede compararse al absolutismo de Fernando VII, pero suprimió el sufragio universal y fue un régimen basado en el caciquismo, careciendo de los ideales y el reformismo de la Gloriosa. Las rencillas internas de los inspiradores del Sexenio Revolucionario volvieron a dar al traste con una nueva oportunidad de modernización política y social.

El tercer episodio es, por supuesto, la Segunda República, que de manera ejemplar y pacífica sustituyó a una monarquía que había patrocinado una dictadura militar después de haber fracasado estrepitosamente en la política colonial en Marruecos y de haber subvertido subrepticiamente el régimen parlamentario de la Restauración, ya manchado con la lacra del caciquismo electoral, social y económico. El régimen del 14 de abril de 1931, que contaba también con las mejores cabezas e intenciones, que se apresuró a promulgar una nueva Constitución plenamente democrática (sufragio de ambos sexos), que llevó a cabo una profunda reforma institucional, comenzando con la agraria y siguiendo con la territorial, la militar, la educativa, etc., se encontró de nuevo con las crecientes diferencias entre los republicanos, la desafección de la extrema izquierda, la deslealtad de los nacionalistas catalanes y vascos, las conspiraciones de los monárquicos aliados con los fascistas y con una fracción del Ejército, de modo que lo que empezó como una aurora de esperanza terminó en una Guerra Civil que dio paso a la brutal dictadura militar del general Francisco Franco. De nuevo la ilusión de una renovación modernizadora y democrática se hundió en gran parte por las desavenencias entre los que la trajeron; y fue sustituida por un régimen despótico, profundamente impopular, pero cuyo hombre fuerte murió de muerte natural ostentando el poder, igual que el tirano Fernando VII.

YA PODRÁ suponer el lector que el cuarto episodio, incompleto, es la historia del régimen actual, desde la Transición hasta ahora, con su nueva Constitución, con los hombres y mujeres sabios y buenos que patrocinaron la nueva democracia, con las intenciones reformistas y modernizadoras de los nuevos gobernantes salidos de las urnas, y con tantos pronunciamientos favorables. El episodio está incompleto, pero hay signos alarmantes de que vamos camino de repetir por cuarta vez los fracasos de los anteriores, con el progresivo deterioro del sistema, las disensiones cada vez más agudas entre los partidos, las descalificaciones y la intransigencia cada vez más visibles, la deslealtad de los nacionalismos cada vez más manifiesta, descarada e impune, con una desafección creciente por parte del público, que siente una profunda desazón, pero no sabe ni tiene opinión de los posibles remedios, el abismo cada vez mayor entre los que quieren «acabar con lo existente» y los que se aferran al inmovilismo más radical, sin una opinión reformista moderada que pueda evitar ambos extremos. Este es el papel que intenta desarrollar el partido Ciudadanos con mayor o menor acierto, pero a mi modo de ver el problema está en que esta propuesta de mediación entre los extremos es vista con recelo por muchos, lo cual puede indicar que el antiguo sentimiento de antagonismo cainita, que tanto daño hizo al reformismo y la democracia en tiempos pasados, sigue siendo ampliamente compartido aún hoy.

El alarmismo de quien esto escribe puede parecer infundado o exagerado a muchos lectores. Al fin al cabo, la guerra civil, a diferencia de lo que ocurrió hace 80 años, es hoy totalmente descartable; España está en la Unión Europea, sería impensable que la democracia se viera sustituida por un régimen dictatorial o autoritario. Al fin y al cabo, se dirán los lectores, la situación se deteriora, pero no es imaginable una catástrofe como las que dieron fin al Trienio, al Sexenio, o a la Segunda República. Es posible que no. Pero lo que sí puede tener lugar es el desmembramiento de la nación. Sin una renovación profunda del régimen de la Transición, y sin encarar seria y firmemente el problema del separatismo, es posible otro desenlace catastrófico del cuarto episodio. La historia puede repetirse. Ya lo ha hecho varias veces.

 

Gabriel Tortella es economista e historiador. Su último libro, con J. L. García Ruiz, C. E. Núñez y G. Quiroga, es Cataluña en España. Historia y mito (Gadir, 2016).