José Antonio Zarzalejos-El Confidencial

Podría afirmarse, desoladamente, que la derecha española parece estar llegando al final de una obsolescencia programada, como los ‘gadgets’ tecnológicos

Confieso que enrojecí cuando escuché la intervención de José Ignacio Echániz en el Congreso de los Diputados el pasado martes. Oponerse a la ley reguladora de la eutanasia con argumentos financieros, suponiendo que el proyecto de norma está inspirado en que la sanidad pública se ‘ahorre’ los gastos que conlleva la atención a enfermos de las características que describe el texto, me resultó ofensivo. Pero no agraviante para el Gobierno, sino denigrante para el Partido Popular (sin olvidar a Vox), que demostró así una indigencia argumental que justificaría la postración que padece y, sobre todo, el escepticismo que suscita su futura recuperación ideológica y electoral.

La eutanasia forma parte de la nueva generación de derechos individuales que amplios sectores sociales reclaman como respuesta a la alteración profunda e irreversible de las condiciones de vida de los ciudadanos de las sociedades más evolucionadas. Son tiempos en los que la vida se alarga y la senectud implica redoblados desafíos de servicio a la dependencia que muchas veces conlleva; en los que la familia ha dejado de ser un concepto unívoco (hay muchas familias); lo son también en los que las mujeres tienen de sí una autopercepción, individual y colectiva, radicalmente diferente a la de hace apenas unos años; en los que la confesionalidad se ha derrumbado estrepitosamente; en los que la sexualidad ha alcanzado una significación poliédrica y en los que la ética se ha individualizado con un alto grado de relativismo.

La derecha española no está teniendo respuestas a estos fenómenos de transformación social que la expulsan de su zona de confort ideológica. Y los hay, y consistentes. Tampoco contesta proactivamente a coyunturas políticas críticas, como las de Cataluña, por ejemplo. El refugio en la negativa y en lenguaje grueso e hiperbólico (a veces insultante) es un placebo político, una manera de envolver en palabras duras la debilidad de ideas y de estrategias. Podría afirmarse, desoladamente, que la derecha española parece estar llegando al final de una obsolescencia programada, como los ‘gadgets’ tecnológicos. Y más aún, que cae en las trampas de la izquierda con una ingenuidad tan extraordinaria como también lo es la capacidad de sus adversarios ultras de generarle contradicciones. El tira y afloja entre populares y naranjas para enfrentar juntos o separados las elecciones en Galicia y País Vasco (más adelante, también en Cataluña) demuestra una inepcia, y valga como ejemplo, que se da de bruces con la poquedad de sus efectivos en la comunidad vasca y el enorme riesgo de perder la mayoría absoluta en la gallega, lo que si llega a suceder sería un hito verdaderamente letal.

Un buen intelectual como Michael Ignatieff experimentó la pasión por la política, pero terminó fracasando. De su derrota extrajo unas conclusiones lúcidas que reflejó en un libro que, en mi opinión, debería ser de culto en el análisis de los reveses políticos. Lo tituló ‘Fuego y cenizas’, reforzando la metáfora con la literalidad del subtítulo: ‘Éxito y fracaso en política’. El del canadiense es un relato que convendría releer a los dirigentes de la derecha española porque se trata de una narración autocrítica que no incurre en expresiones lastimeras pero sí utiliza una metodología de contraste poco compasiva consigo mismo. Es crucial el énfasis del autor en las capacidades políticas de la persuasión, que es justamente la carencia más evidente de nuestros partidos de la derecha.

Escribe Ignatieff que “la democracia depende de la persuasión, entendida como que uno puede ser capaz de ganar a un adversario hoy y convertirlo en un aliado mañana. En la política que tenemos ahora la persuasión está desapareciendo (…), la disciplina de partido elimina la necesidad de persuadir y, de ahí, el incentivo para ser civilizado. Cuando la persuasión no cabe en un debate democrático, los intercambios se vuelven inútiles representaciones de acritud. Nada reduce más la estima de un ciudadano por la democracia que ver a dos políticos injuriándose” (página 186). Y es verdad: produce aversión y desazona el golpeteo verbal sobre el adversario y cobra sentido político –un nuevo sentido- la elaboración serena, razonada, accesible y cívica de las tesis para defender una posición o impugnar la contraria.

Ignatieff propugna la política como “algo físico”, como “corpórea”, en el sentido de que no puede construirse sobre abstracciones sino sobre realidades. Si la derecha quiere argumentar con solvencia su oposición a la ley de la eutanasia, bastaría con que se entrevistase con los enfermos incurables que se aferran a la vida y cuyas razones para seguir viviendo conmueven y convencen tanto como los de aquellos que piden la muerte para librarse de una vida insoportable. Y si quiere argumentos para cualquier otro tema, acuda allí donde se genera el debate: por ejemplo, escuche a los ‘unionistas’ abandonados en Cataluña. Muchos de ellos, con una hondura y sobriedad extraordinarias, que además de superar el atrincheramiento, disponen de un prontuario argumental interesante para refutar las políticas de un Gobierno que como el de Sánchez no les ha ofrecido ninguna “agenda de reencuentro”.

Ahora la derecha española está ardiendo. De seguir así, se quedará en cenizas. Y podría venir la catarsis de su electorado defraudado –esa forma trágica de purificación- que conllevaría patear la mesa, romper la baraja y entregarse a la radicalidad. Que es, justamente, lo que una parte irresponsable de la izquierda está deseando suceda.