Rebeca Argudo-ABC

  • Lo que pasa es que, a veces, los finales no son felices ni justos. No siempre el prota se queda con la chica, ni el malo acaba con sus huesos en la trena

En su fábula del elefante, el toro, el asno y los demás animales, arranca Samaniego: «los mansos y los fieros animales, a que se remediasen ciertos males, desde los bosques llegan y en la rasa campaña se congregan. Desde la más pelada y alta roca, un asno trompetero los convoca». Arranca el relato como podría arrancar la crónica del comité federal del PSOE de 2016, cuyo vídeo hemos podido ver estos días. Con los relatos fantásticos de don Félix María, fuimos capaces en nuestra infancia de extraer enseñanzas útiles para nuestro discurrir por la vida. A través de liebres, zorras y hormigas se nos alertaba de los grandes defectos del hombre, de los más atemporales y despreciables atributos: pereza, ira, envidia, codicia, deslealtad… De igual modo, las podemos hoy extraer de estos hechos, como si de una fábula posmoderna se tratara.

Así como nuestros abuelos nos las contaban a nosotros, un Samaniego contemporáneo de las ranas podría ilustrar hoy a los renacuajos de su comunidad con este vídeo y prevenirlos, mientras los entretiene, sobre las atemporales debilidades de los anfibios, representados en una ficticia congregación de humanos: ese comité que es una charca, con el homólogo de un sapo fullero y tramador, un coro de batracios desorientados y ruidosos, el anuro servil. Y, donde el verdadero Samaniego escribía «necedad, disparate, impertinencia, gritaba aquí y allí la concurrencia. Haya silencio, claman, haya modo. Alborótase todo. Crece la confusión, la grita crece. Por más que el elefante se enfurece se deshizo en desorden la asamblea», el Samaniego rana engolaría el croar y pausaría el vídeo, para crear suspense. Los renacuajillos se taparían los ojos con sus pequeñas patitas aún sin desarrollar, espantados ante tal barahúnda, sin entender por qué nadie se planta contundente frente al intrigante.

Todavía entenderían menos nuestras párvulas ranitas si les contaran la historia de cómo el sapo fullero se subió en un coche con sus compinches, tras renunciar a la secretaría general de la charca y, no solo volverá para recuperarla, sino que en menos de dos años será presidente del Gobierno de España. Abrirían desconcertados sus espiráculos, sin dar crédito, y exigirían un buen y justo final para el trapacero. Lo que pasa es que, a veces, los finales no son felices ni justos. No siempre el prota se queda con la chica, ni el malo acaba con sus huesos en la trena. Lo que sí hay en toda historia es moraleja. Y para la triste fábula del sapo fullero, de cómo trató de amañar votaciones mediante el truco de dar cambiazo a la urna y aún así se salió con la suya, a falta de un final merecido (de momento), sirva la de ‘La Gata Mujer’: «aunque del valle humilde a la alta cumbre inconstante nos mude la fortuna, la propensión del natural es una. En todo estado, y más con la costumbre».