Pedro Chacón-El Correo

Este domingo el nacionalismo vasco emite una ‘Declaración de Bergara’, firmada por PNV y EH Bildu, para conmemorar el 150 aniversario de la ley de 1876 abolitoria de fueros y el 50 aniversario del llamado Movimiento de Alcaldes de Bergara de 1976. Ambos hechos tuvieron lugar un 21 de julio, pero como cae en martes, lo colocan el 19 domingo, justo el día de la final, pero por la mañana, eso sí, para que los asistentes puedan ver luego el partido, por supuesto apoyando a Argentina. En aquel país hermano están la mitad de todas las Euskal Etxeak de la diáspora que hace años editaron el libro ‘Los vascos en la Argentina’ con más de 25.000 apellidos asentados allí. Por lo que más de uno que lo consulte y se tenga aquí por solo vasco se quedaría fuera de esta consideración allí.

La citada Declaración de Bergara pone como protagonista a un pueblo vasco que vendría luchando desde tiempos inmemoriales por su independencia y que habría encontrado en los Fueros el aliado histórico para conseguir ese objetivo. Pero eso es forzar demasiado la historia. La abolición foral de 1876, dicen, habría sido el remate de la Ley de 1839. Y no les importa que ambas leyes quedaran abolidas en la Constitución de 1978, que sitúa, en cambio, en la Disposición Adicional Primera la senda de la foralidad constitucionalizada. Pero es que ni en 1839 ni en 1876 había un pueblo vasco luchando por su independencia. Esa es una lectura solo del nacionalismo. Lo que había eran liberales y carlistas vascos enfrentados entre sí. Los primeros fueron protagonistas del llamado ‘oasis foral’, que va de 1839 a 1876. Los segundos quisieron acabar con él por demasiado laico. Después lo que vino fue la neoforalidad de los Conciertos Económicos, a partir de 1878, en la que vivimos hoy, con el añadido de una Comunidad Autonóma Vasca que antes no existía, ya que solo había un Señorío y dos Provincias.

Con el Movimiento de Alcaldes de Bergara pasa otro tanto. Fue solo una manifestación minoritaria de ayuntamientos en medio de un auge desquiciado del terrorismo etarra que asesinó a Juan María Araluce, presidente de la Diputación de Gipuzkoa, quien desde dentro del sistema franquista terminal venía dando todos los pasos para recuperar los conciertos económicos de Bizkaia y Gipuzkoa, como así ocurrió tras su asesinato.

Ante tanta tergiversación de nuestra historia, yo pediría a los nacionalistas vascos que, por favor, nos dejen a los demás disfrutar al menos este día de algo que nos gusta, sin tratar de imponernos lo suyo. Y ya que no podemos sacar una bandera española a la calle, como ellos las tienen saturadas de ikurriñas (que también hemos aceptado como propias), pues que al menos, por un día, respeten lo que sentimos los demás, porque la democracia también consiste en el respeto a las minorías. Sinceramente, no creo que sea mucho pedir.