La libertad, esa antigualla

ABC 13/04/15
IGNACIO CAMACHO

· Replegado en sus fronteras, Obama ha disipado el compromiso kennedyano sobre la defensa internacional de la libertad

LA Guerra Fría acabó porque después de sesenta años mirándose a los ojos con Occidente la URSS pestañeó primero y cerró los suyos después. Se cansó, se rindió y finalmente se disolvió, aunque en los últimos tiempos Putin trate de refundar el enfrentamiento de bloques desde una especie de capitalismo mafioso aprovechando que el poder militar y nuclear soviético continúa más o menos intacto. Pero aquel duelo de sistemas se resolvió con la victoria de uno y la derrota del otro. No hubo armisticios que no partiesen del reconocimiento mutuo de esa evidencia.

Sin embargo un país de la órbita comunista se negó a capitular y continuó aferrado al delirio de su antiutopía. Cuba ha permanecido ajena a la caída de los muros físicos e ideológicos como aquellos japoneses de las selvas del Pacífico que ignoraron durante décadas el final de la guerra que habían perdido. Y de repente los Estados Unidos le han tendido la mano al castrismo para darle la bienvenida a un mundo y a un orden que no quiere aceptar. Obama ha pestañeado por su cuenta y riesgo, admitiendo de hecho que el bloqueo ha sido un error y un fracaso. Ha cambiado de estrategia; pretende matar a besos al adversario que no se deja abrazar.

Los Castro no han hecho, al menos hasta ahora, un solo gesto visible de distensión. No han liberado presos, salvo alguno de carácter simbólico; no han dado voz a los disidentes, no han reformado su tiranía, no han mostrado señales de apertura política ni de la menor vocación de libertad. Tal vez hayan visto la oportunidad de consolidar un modelo chino que les permita mantener su autoritario statuquo –con su represión incluida como condición necesaria– a cambio de una tolerancia económica basada en el capitalismo de Estado.

Obama tampoco ha dado muchas explicaciones más allá de una facunda proclama de adanismo: «No quiero librar batallas que datan de cuando nací». En vista de lo cual, concede la capitulación y borrón y cuenta nueva. Un presidente más que aceptable en política interior –capaz de superar la recesión y lograr la independencia energética– se ha equivocado en Irak, en Siria, en la primavera árabe y está a punto de hacerlo en Irán, donde además ha dejado solos a sus aliados israelíes. Y ahora se las tiene a trompazos con Venezuela mientras se amiga con los mentores del chavismo.

Simplemente, el obamismo ha renunciado al liderazgo planetario y se ha replegado sobre sus fronteras dimitiendo de otras responsabilidades. Sepa cualquier pueblo amenazado por enemigos externos o internos que ya no puede esperar el socorro americano: los Estados Unidos ni están ni se les espera. El auge impune del Califato Islámico retrata al presidente como un gobernante encogido que ha disipado el compromiso kennedyano sobre la defensa internacional de la libertad. Esa batalla tan antigua que no existía cuando vino al mundo con un Nobel de la Paz bajo el bracete.