VICENTE VALLÉS-El confidencial

  • La imputación de Jorge Fernández Díaz por el caso Kitchen no permite augurar, precisamente, días de gloria para el Partido Popular en el horizonte inmediato
El mundo debe de parecer un territorio inhóspito cuando se observa desde el despacho sito en la planta noble de Génova 13. Hay lugares marcados por el destino, y ese despacho es uno de ellos.

Aznar fue elegido presidente del Partido Popular en los primeros días de abril de 1990 (aunque ya encabezó la lista electoral en 1989). Apenas había tenido tiempo de ordenar los cajones cuando le estalló sin aviso previo el caso Naseiro (tesorero de Alianza Popular), escondido bajo las alfombras que quedaban de los tiempos de Fraga. Rajoy no había encargado aún la limpieza de las alfombras de Aznar cuando se enredó en las andanzas de otros dos tesoreros del partido: Álvaro Lapuerta y Luis Bárcenas. Pablo Casado alcanzó el liderazgo del PP hace poco más de dos años. El día de su victoria dijo que llegaba al cargo “sin mochilas”. Pero en política, si la mochila no te las pones tú, te la ponen otros.

La Audiencia Nacional ha colocado a la espalda de Casado una pesada mochila que en el ámbito judicial tendrán que sostener los supuestos implicados, pero que en el ámbito político le tocará cargar a él. La imputación del exministro del Interior Jorge Fernández Díaz por el caso Kitchen (el espionaje de las cloacas policiales a Bárcenas) no permite augurar, precisamente, días de gloria para el Partido Popular en el horizonte inmediato. Casado va a experimentar ahora la efectividad con la que funciona la máquina de picar carne por la que ya pasaron sus antecesores al frente del PP. En algunos de los casos (Gürtel, Púnica…), merecidamente.

La Audiencia Nacional ha colocado a Casado una pesada mochila que en el ámbito judicial tendrán que sostener los supuestos implicados

En cierta ocasión, Churchill le dijo a un amigo escritor que la política es casi peor que la guerra, “porque en la guerra solo te pueden matar una vez, pero en política te pueden matar muchas veces”. Churchill supo resucitar después de varias de esas aniquilaciones. Pero en el PP ya han vivido la experiencia: saben que los procesos de resucitación son largos y dolorosos, y el éxito no está asegurado.

En la sede del partido dan por descontado que la tramitación del caso Kitchen en los tribunales se extenderá en el tiempo. Eso provocará pequeños, medianos y grandes seísmos periódicos que dañarán la imagen del PP, ya de por sí agrietada por años de escándalos. Pero para añadir aún más sufrimiento, Casado ya ha podido comprobar que la interpretación política de los hechos judiciales es una o su contraria en función de quién sea el protagonista. Que el juez Manuel García Castellón adopte medidas que disgustan a Podemos es, en palabras de sus dirigentes y de su hinchada, la confirmación de que existe el ‘lawfare’ contra Pablo Iglesias: un intento de derribar a los buenos (ellos) mediante una guerra judicial fabricada por los malos (otros). Por el contrario, que el mismo juez Manuel García Castellón adopte medidas que disgustan al PP confirma la culpabilidad del investigado y del partido al completo (incluidos su pasado, su presente y su aún desconocido futuro) sin necesidad de vista oral.

Casado ya ha comprobado que la interpretación política de los hechos judiciales es una o su contraria en función de quién sea el protagonista

Además, a las diligencias de los tribunales se unirá pronto la trituradora mediática que PSOE y Podemos van a instalar en alguna de las salas de comisiones del Congreso para someter a Casado y al PP al lento, minucioso y prolijo martirio de una investigación parlamentaria. Los partidos que gobiernan podrán, así, imponer un estricto control sobre el primer partido de la oposición, alterando la vieja tradición democrática de que las cosas sean justo al revés: que la oposición controle al gobierno.

Sostiene Moncloa que Pablo Casado ha querido derribar a la coalición sacando rédito político de la calamidad sanitaria que sufrimos. Pero no hubiera sido fácil que el pacto Sánchez-Iglesias se desmembrara durante los meses pasados porque no es hasta estos días de septiembre cuando el presidente puede, si así lo deseara, disolver las cámaras y convocar a los españoles a las urnas. La Constitución no permitía celebrar elecciones hasta que pasara un año de las anteriores.

Hay quien asegura que lo mejor que le pudo ocurrir a Casado en las elecciones del pasado mes de noviembre fue perderlas

Es una realidad muy humana que para un político el poder por el poder ya reporta el suficiente grado de satisfacción. Pero cuesta imaginar en qué otro ámbito de la gestión hubiera disfrutado el PP asumiendo el gobierno en este momento en el que las noticias diarias consisten en enumerar fallecimientos, contagios, carencias sanitarias, hundimiento de empresas y porcentaje de desempleo. Y cuando lo que tenemos por delante es una perspectiva de recortes y ajustes.

En esa misma línea de pensamiento, hay quien merodea a menudo por los despachos de Génova y asegura que lo mejor que le pudo ocurrir a Casado en las elecciones del pasado mes de noviembre fue perderlas para no encontrarse de inmediato con la pandemia y sus consecuencias. Y que lo segundo mejor fue que Sánchez se coaligara con Iglesias. Consideran que ese ticket terminará por sucumbir envuelto en sus contradicciones internas y cuestionado por su deficiente gestión de los muchos y graves problemas que sufre el país. Pero ese ejercicio de prospectiva corre el mismo riesgo que cualquier otra tentativa de adivinar el futuro: el riesgo de equivocarse.