Antonio Soler-El Correo

  • La ministra no sigue la melodía oficial y se permite desentonar de la partitura surgida del orfeón de La Moncloa

En la chirigota de La Moncloa decían que dormía con el uniforme puesto. Ya casi no nos acordamos de aquellos mensajes cruzados entre Pedro Sánchez y José Luis Ábalos. Cuando entonces. Cuando Ábalos era el paladín contra las mafias y las corrupciones. Bandera del feminismo. Entonces Sánchez sí lo conocía, no era ajeno a los entramados personales de su superministro. Una pájara, decían que era Margarita Robles. Ya se sabe, broma de machitos, cotilleos del poder. Debilidades y pimpampum con el vecino.

No salvaguardaban a Robles de ese apedreamiento verbal su manifiesta fidelidad y apoyo a Sánchez en los tiempos duros, cuando el ‘no era no’. Lo de dormir con el uniforme puesto, otra forma de nombrar la constancia o la dedicación, le ha valido para mantenerse al frente del Ministerio de Defensa. Y desde esa posición tener un criterio propio que, sin chirriar con las directrices del jefe, a veces no sigue la melodía oficial y se permite desentonar de la partitura surgida del orfeón de La Moncloa. Desafina. O, dicho de otro modo, afina. Se sale del coro. No se aprende el estribillo, o lo dice a su manera. Como si fuera libre, como si de verdad fuese una socialdemócrata que confía en la libertad de pensamiento y en la autocrítica.

Y con esa maleta se ha ido a Ceuta. La pasarela de los ministros, ha llamado una señora ceutí al diario desfile ministerial por la sede del Gobierno de la ciudad autónoma. Coches oficiales con su banderola, reuniones encriptadas, foto y de vuelta a Madrid. Más que imagen de ayuda, imagen provocativa. Soldaditos de plomo del jefe buceador. Tan envarados como si estuvieran fabricados con ese metal poco noble. Maleable. Y llegó la pájara Robles y se salió del protocolo. Ya le había leído la cartilla subliminal a Marlaska a cuenta de los servicios secretos. Se salió de la pasarela y fue a pisar la calle. Y aquello que podía haber parecido populismo se convirtió en simple empatía y deber gubernamental. El deber de un servidor público, no el de un gerifalte que mira desde las almenas de palacio las desdichas de sus súbditos. Tomó Robles el camino de los reyes. Se arriesgó al abucheo violento que sufrió Sánchez en Valencia. Afrentó las quejas y los desplantes verbales. Escuchó. Hubo quien se sintió confortado y quien mantuvo su incredulidad ante las buenas palabras de la ministra. Pero dio un paso al frente.

Si desde la cúspide de su partido piensan que poco merece la pena hacer en Ceuta porque es territorio PP, el gesto de Robles puede haber movido votos en otras plazas que han visto que todavía hay alguien con un mínimo de humanidad o de agudeza política como para bajar de los cielos. No sabe uno ni le importa si Robles duerme con el uniforme de ministra, pero al menos se lo pone para pisar la calle.