Iñaki Ezkerra-El Correo

  • Ante la crisis de Ceuta todos se comportan como si no lloviera históricamente sobre mojado

Uno de los varios aspectos alarmantes que presenta la crisis de Ceuta es la llamativa frivolidad con la que está actuando el Gobierno español. Desde Pedro Sánchez, que nos recomendaba cancioncillas dos días después de la invasión de civiles marroquíes, hasta Mónica García, que niega la crisis sanitaria, pasando por Marlaska, Albares o la propia Margarita Robles, que ha tardado dos semanas enteras en desmarcarse retóricamente del perfil bajo de La Moncloa y que no acudirá a la cita con el Senado hasta después del verano, todos se comportan como si estuviéramos ante un problema puntual, novedoso y pasajero; como si no lloviera históricamente sobre mojado.

A esa irresponsabilidad con la que actúa el Ejecutivo sanchista se suman las interpretaciones erróneas de los hechos, propias de nuestra época y del populismo de derechas o de izquierdas, que desenfocan la visión del conflicto. Se mira este en clave migratoria y humanitaria desde la corrección política y en clave islámica desde el conservadurismo católico cuando ni una ni otra tienen nada que ver con el asunto. Aquí no estamos ante un problema religioso cuando Marruecos es de los países más laicos del norte de África así como un aliado de Estados Unidos y de Israel. Como tampoco estamos ante un problema de inmigración sino de invasión, de política, de conquista territorial y de violación estratégica de fronteras. Estamos ante un lacra que marcó todo el siglo XX y sigue marcando de modo recurrente lo que va del XXI. Siempre Marruecos fue un vecino problemático, el problema en sí mismo.

Ignorar las tensiones marroquíes con nuestro país es un error, entre otras cosas porque estas han condicionado la propia vida política española. La guerra del Rif, que se inició en 1909, fue la gran pesadilla del Régimen de la Restauración hasta que se lo llevó por delante. Desencadenó en su inicio la Semana Trágica de Barcelona y, según se acercaba a su desenlace, el Desastre de Annual, causante de la crisis que desembocó en la dictadura de Primo de Rivera.

De un modo o de otro, la sombra de Marruecos ha estado siempre presente en nuestros momentos más críticos: en el generalato africanista que trajo la Guerra Civil y reclutó a 100.000 marroquíes para su bando; en la Guardia Mora de Franco; en la guerra de Ifni; en la Marcha Verde; en Perejil; en el 11-M; en el giro de la política exterior que trajo el zapaterismo y en el que sigue el sanchismo. Ni buenismo ni belicismos extemporáneos. La de Marruecos es una cuestión que reclama de España una política de Estado que no varíe según el líder que nos gobierne. O sea, lo contrario de lo que hace Sánchez jugando por ignorancia con fuego, decidiendo por su cuenta el destino del Sahara y ahora la enajenación ante la tragedia ceutí.