Nota de los redactores: una opinión del nacionalismo moderado

IMANOL LIZARRALDE 22.12.2020 -Noticias de Gipuzkoa 

Algunos de los encausados, Mario Onaindia y Eduardo Uriarte son los casos más llamativos, han elaborado una teoría esquizofrénica de la historia que pretende guardar para ellos la gloria y el brillo de aquel momento histórico, reservando para el nacionalismo vasco el hedor de los cadáveres producidos por la organización que ellos, hay que decirlo, conminaron a que siguiese matandoEl Juicio de Burgos fue una de las acciones publicitarias y de masas antifranquistas más efectivas; y también el germen que posibilitó que la organización armada ETA pudiera persistir su andadura politico-militar durante la transición democrática. Fue un llamado a la emocionalidad del pueblo vasco, con Mario Onaindia cantando el Eusko Gudariak frente a la corte franquista; y fue la deriva definitiva de la organización ETA a una ideología revolucionaria que los presos de Burgos, en un manifiesto, declararon inequívocamente “marxista-leninista”. Examinemos al detalle ambas paradojas.

A principios de los años 70, el franquismo vivía una etapa de gran estabilidad. El desarrollo económico de los 60 consumó la “modernización” del Estado español. Las acciones de la oposición política eran como aguijonazos que prontamente remitían. Y aunque a fines de los 60 parecía que el movimiento obrero, dirigido principalmente por CCOO, planteaba una dinámica con cierta continuidad y éxito, todavía no era capaz de oscurecer ese panorama.

La detención y juicio de los militantes de una organización como ETA, que a partir del asesinato de Manzanas no había ocasionado muchas más molestias, no parecía, en principio, un asunto grave. ETA se había dividido nuevamente y, mientras los agrupados en la VI Asamblea se dedicaban a teorizar y a producir textos, un puñado de otros militantes, que reivindicaban la V Asamblea, se lanzaron al activismo armado. Los enjuiciados en Burgos representaban una organización dividida y casi en bancarrota.

José Antonio Etxebarrieta consiguió cambiar radicalmente esta situación. Llamó, para la defensa, a diversos abogados que representaban, casi al pleno, todos los colores de la oposición política. Manejó los contactos internacionales que le iban a dar resonancia. E, invirtiendo los papeles, planteó el juicio como una denuncia del régimen. El carácter público del mismo y la existencia de los medios de comunicación modernos crearon un eco que provocó movilizaciones y luchas y una crisis de imagen del franquismo como no la había tenido en toda su historia.

La presencia de Etxebarrieta constituyó otra paradoja; pues era líder e ideólogo de ETA y también abogado defensor de sus militantes apresados. ETA se presentaba en sus dos aspectos, el legal (como un letrado de la corte cuya intervención era una denuncia política contra los propios jueces) y el ilegal (como conjunto de militantes político-militares enjuiciados por acciones armadas). En pleno franquismo, ETA había logrado desdoblarse y actuar a esos dos niveles.

El juicio supuso una caja de resonancia de la ideología de ETA. ¿Cuál era esta? Los militantes encausados lo dejaron bien claro: “Yo soy marxista-leninista”, “Gora Euskadi askatuta, vivan los trabajadores de España”. Eran gritos que expresaban las conclusiones de la V Asamblea, el internacionalismo, la conjunción de lo nacional y lo social desde la perspectiva maoísta (que remarcó el filósofo francés Jean Paul Sartre en el prólogo del libro dedicado al evento). Por eso, las consideraciones de que el juicio sirvió para proclamar las teorías del “nacionalismo radical” (avaladas por algunos historiadores e incluso alguno de los participantes en el mismo) carecen de base alguna. También era algo preparado de antemano: había que apelar a la emoción de los nacionalistas vascos pero el fondo de las proclamas era diametralmente distinto.

Otra de las paradojas del juicio fue el cambio de actitud del PNV. Antes, las relaciones entre los líderes de ETA y los del PNV eran muy malas. Las publicaciones de ETA insultaban ferozmente a los líderes del PNV y ninguneaban al Gobierno Vasco. La época de las malas maneras la había inaugurado, una década antes, Federico Krutwig, uno de los ideólogos más influyentes de ETA, cuando profirió que el lehendakari Jesús María Leizaola merecía ser “fusilado de rodillas y por la espalda”. En la III Asamblea de 1964, ETA aceptó “unánimemente que la labor del PNV es contraria a los intereses de la Liberación Nacional. Se aprueba, por tanto, ir a su destrucción”. Ante el peligro de muerte que corrían los encausados, los líderes del PNV, sentimentalmente motivados, colaboraron en la campaña a su favor.

Aquí entramos en la última de las paradojas. Algunos de los encausados, Mario Onaindia y Eduardo Uriarte son los casos más llamativos, han elaborado una teoría esquizofrénica de la historia que pretende guardar para ellos la gloria y el brillo de aquel momento histórico, reservando, para el nacionalismo vasco, el hedor de los cadáveres producidos por la organización que ellos, hay que decirlo, conminaron a que siguiese matando de forma multiplicada, incluso una vez bien entrada la transición democrática, al menos hasta el año 1984.

Gracias al Juicio de Burgos, ETA saltó a la palestra nacional, estatal e internacional, ampliando sus conexiones y sus simpatías. Cuando el abogado de la organización, José Antonio Etxebarrieta, denunció, delante de los jueces franquistas, la represión desencadenada en Euskadi, estaba formulando el éxito de una estrategia de reproducción de la violencia revolucionaria que ha continuado durante tres décadas más. Los mártires, que luego fueron traidores, se convirtieron en verdugos.

Doctor en Historia