Miquel Escudero-El Correo
- Un proverbio oriental dice que «la rana del pozo desconoce el océano»: describe a quienes se acorazan en su burbuja social o ideológica y rechazan todo lo que no esté en ella
Quizá sea porque me hago mayor, pero cada día soporto peor a quienes riñen por sistema, abroncan a quien les viene en gana y desdeñan el acompañamiento suave y amoroso de alguien en el duro vivir. De joven me eran inaguantables las ínfulas de superioridad que exhibían algunos de mis compañeros de estudio: los que perseguían prosélitos, en especial, comunistas y opusdeístas. Ingenuo de mí, probé varias veces replicarles con argumentos, pero inevitablemente me metía en un erial, así que desistí de tratar con ellos los temas específicos en que estaban ‘doctorados’.
Hoy no aguanto tampoco a los políticos que se las dan de maravillosos e inmaculados, mientras corrompen la sustancia de la función pública. Es un espectáculo desolador padecer las actuaciones de unos tipos taimados, chulescos, prepotentes y huecos; siempre dispuestos a aparentar perfección e infalibilidad, siempre listos y aficionados al engaño. Son discos rayados incapaces de cuestionarse lo que dicen, o captar sin desfigurar otra perspectiva que no sea la suya. Sucede que quienes nos gobiernan (o desgobiernan) son así. ¿Qué hacer tras la desilusión consiguiente? En primer lugar, dejarlos de mirar y escuchar; merece destacarse que obedecer procede del latín ‘ob-audire’ (que significa ‘prestar oído’). Y refugiarse luego en los vínculos de sensatez, respeto y apego, donde hay mucho por hacer.
Un proverbio oriental dice que «la rana del pozo desconoce el océano»: describe a quienes se acorazan en su burbuja social o ideológica y rechazan todo lo que no esté en ella. La abundancia de estas ‘ranas’ nos empobrece a todos, estúpida y trágicamente, en convivencia y libertad.