Miquel Escudero-El Correo

  • No hay duda de que hay que saber valorar lo propio, pero sin pasarse; hay que encontrar un equilibrio y que domine la ecuanimidad
Las ‘ranas del pozo’ producen un problema en la sociedad. No es tanto su ignorancia del océano como el rechazo que tienen a atender otra realidad que no sea la suya inmediata. De este modo, a su renuncia a saber y entender se añade el desestimar tener imaginación; la cual es una cualidad fundamental para asociar ideas distintas y formar proyectos nuevos y positivos. El empobrecimiento que para todos se deriva de ello es notorio.

Ortega y Gasset ironizaba en su último libro, publicado tras su muerte, sobre los chovinistas: gente fatua que da por hecho que su provincia es el Universo y su aldea, una galaxia. No hay duda de que hay que saber valorar lo propio, pero sin pasarse; hay que encontrar un equilibrio y que domine la ecuanimidad. Algunos valoran en exceso algo con tal de que sea de ellos. Y desvaloran algo, por bueno que sea, siempre que sea de otros. Pues bien, pasan los años, pasan los siglos y, generación tras generación, incurrimos en las mismas prácticas. No importa lo ridículas y absurdas que sean, porque son ‘nuestras’. Es el cuento de nunca acabar.

Los cuentos, sin embargo, pueden tener un efecto balsámico; también las canciones. Por ejemplo, la que proclamaba jocosamente «Vamos a contar mentiras, tralará» y que «por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas». O la fábula de las dos ranas que, yendo por el bosque en grupo, cayeron en un enorme hoyo. Sus compañeras sentenciaron que no había nada que hacer. Una desistió de su esfuerzo y murió. La otra, que era sorda y no pudo hacer caso del fatalismo ajeno, soportó la adversidad y, tenaz, logró salir del hoyo. No pocas veces, conviene ser ‘ranas sordas’.