Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- No se sabe aún qué potencia extranjera está tras nuestros contenedores en llamas
Además de miedo, vergüenza y destrozos, los disturbios del lunes en Bilbao han causado una estupefacción generalizada. Se concreta en una pregunta: ¿cómo puede haber ocurrido algo así? Aún es pronto para responder. Los asuntos complejos requieren tiempo, reflexión, sutileza. Pero van surgiendo hipótesis sobre quién puede estar detrás de lo ocurrido. Y, bueno, todo apunta a que tras los incidentes está la extrema derecha -¿cui prodest?, ¿eh?, ¿cui prodest?-, también algunos policías infiltrados y, como es lógico, el Mossad. No se descarta la influencia rusa, puede que también un poco marroquí. Y se da por obvia, casi por inevitable, la intervención del grupo anónimo y transfronterizo Blocus, que opera conspirativamente en la redes para desestabilizar las grandes capitales europeas y también el barrio bilbaíno de Deusto.
Solo de este modo, convocando una cantidad de agentes enigmáticos e internacionales con la que podrían rodarse dos películas de James Bond, vamos consiguiendo explicar lo nunca visto: que en una ciudad del País Vasco una manifestación termine con jóvenes encapuchados que se adueñan de las calles y comienzan a volcar contenedores, destrozan mobiliario urbano y queman vehículos mientras algunos vecinos se arriesgan a decirles que paren.
El hecho de que los violentos se las tuvieran con los viandantes se destaca como prueba de que pasó algo raro. Hay quien confirma con esas escenas el patrón ajeno al País Vasco, un lugar en el que, reconozcámoslo, jamás se vio a un encapuchado mostrarse inamistoso con un semejante. Metidos en patrones, yo eché de menos los botellazos a la Ertzaintza, pero se explica porque la Ertzaintza no estaba. Llegó tarde tras un operativo surrealista: mientras las manifestaciones fueron pacíficas, se desplegó hasta la Unidad Marítima; después, cuando anocheció y emergieron las escuadras nostálgicas y hooliganescas, los agentes se habían retirado confiadamente. Tuvieron que volver, claro. Y lo que encontraron les resultó familiar porque, en una sociedad que ha elegido el pavoneo antifascista como alternativa ventajosa a la expiación de su pasado violento, las calles arden de vez en cuando. A veces porque hay mani, a veces porque hay fútbol, a veces porque hay fiestas. Ayer, en el Ayuntamiento de Bilbao, la condena de lo ocurrido el lunes no contó con la firma de Bildu. La razón es que el texto incluía una referencia incómoda a los vivas a ETA militar que soltaron, entre los coches ardiendo, no se sabe aún si los de Blocus o si los del Mossad.
China
Meme de Mao
Kylian Mbappé se disculpó ayer con mil cuatrocientos millones de chinos. «Mi comentario fue desafortunado». Es que le preguntaron en un show de internet por cuál era el meme de los que se hacían con su cara que más le gustaba. «Ese en el que parezco un dictador chino», contestó entre risas el futbolista. El dictador es, por supuesto, Mao. Y en China reaccionaron cancelando, entre otros acuerdos comerciales relacionados con la estrella del Madrid, la retransmisión en la tele pública de los partidos de la Liga. Imaginen ese contrato. Así que ayer Javier Tebas también se disculpó con el pueblo chino. Como suena. «Sinceras disculpas al pueblo chino», dijo el presidente de la Liga, completando así su asombroso viaje biográfico entre Fuerza Nueva y el Libro Rojo. Piensa uno si la ofensa al pueblo chino no sería más bien no referirse a Mao como a un dictador, teniendo en cuenta que sus casi tres décadas de gobierno terminaron con una de esas cantidades de víctimas inocentes que los historiadores se ven obligados a discutir por millones. ¿Cuarenta, sesenta, ochenta? No han sido los historiadores sino sus agentes y abogados los que le han redactado a Mbappé, en tres idiomas, el comunicado con las disculpas: «Tengo un profundo respeto por el pueblo chino y por su historia». China tiene por su parte un mercado descomunal. El Partido Comunista -Mao se hizo con él en 1935, durante la Larga Marcha- lo utiliza para demostrarnos a los occidentales, cuando nos excedemos, la verdadera consistencia de nuestros valores y la exacta naturaleza de nuestros chistes.