Bieito Rubido-El Debate
  • Estas diez recomendaciones se cierran en una que no es solo amar al prójimo como a ti mismo, si no que tratarás de no enfrentar a los ciudadanos de tu nación y menos removiendo heridas del pasado

El viernes, aprovechando estos días de asueto, asistí a una cena de amigos entre los que se encontraba un buen abanico de sensibilidades políticas. Afortunadamente, todavía podemos convivir y cenar con personas que no piensan como nosotros, pero aceptan que expongamos nuestras ideas y nosotros, lógicamente, respetamos las suyas. Ya no trato de convencer a nadie, con convivir civilizadamente y en paz, me parece suficiente.

Inevitablemente, surgió la cuestión política palpitante. Hasta hace poco la pregunta era cuándo convocan elecciones, ahora la pregunta es si se logrará desalojar a la persona que ocupa la Moncloa sin haber ganado las elecciones. Tratamos, entre todos, de elevar el nivel de la conversación y ser más analíticos que vehementes discutidores. Intentamos no quedar en el chascarrillo, el cotilleo o la última anécdota. La preocupación era si la democracia está en el peligro por la escasa altura intelectual y moral de la clase política. Alguien insistió en una verdad que nos interpela a todos: «En democracia no está en política el que no quiere». Por tanto, a todos nos incumbe. Uno de los comensales, propuso enumerar diez virtudes ideales que deberían acompañar a un presidente del Gobierno. Otro, tal vez el situado más a la izquierda matizó la propuesta, dijo: «Mejor enumeremos diez hechos que nunca debería acompañar a un presidente del Gobierno». Aproveché el juego y los apunté en mi móvil:

1. No debería vivir ni antes ni después de actividades ilícitas como la prostitución, la explotación de mujeres o de menores.

2. No debería haber plagiado su tesis doctoral en caso de que la tuviese.

3. No debería hacer trampas en las elecciones internas de su partido.

4. No debería gobernar si no gana claramente las elecciones.

5. Nunca debería pactar con partidos antidemocráticos que su razón de ser es destruir la nación que quiere gobernar y menos pagar esos pactos con amnistías ilegales y liberación de asesinos terroristas.

6. No debería utilizar al fiscal general para hacer la guerra sucia a sus rivales políticos hasta el punto de que finalmente el Tribunal Supremo condene a ese alto funcionario.

7. No debería practicar el nepotismo y menos con su esposa y hermano. Por los cuales, además, no podría finalmente poner en marcha una guerra sucia contra jueces, funcionarios, policías, guardias civiles y periodistas que investiguen esos ilícitos.

8. No debería gobernar si no cuenta con el apoyo mayoritario del Parlamento y por tanto si no lograr aprobar los Presupuestos Generales del Estado.

9. No debería apoyarse en un equipo donde sus inmediatos colaboradores fueran procesados y condenados por corrupción.

10. No debería mentir ni cambiar de opinión sobre cuestiones medulares de la vida política de su país.

Estas diez recomendaciones se cierran en una que no es solo amar al prójimo como a ti mismo, sino que tratarás de no enfrentar a los ciudadanos de tu nación y menos removiendo heridas del pasado. Es más, deberás tratar a todos por igual, sin distinción de origen geográfico ni ideología.

Alguno de los comensales, con ese fino sentido de la ironía que caracteriza a los manchegos, sentenció: «Pues menos mal que eso nunca ocurrirá en España, eso es un retrato de Venezuela, pero en España… eso es ciencia ficción»

Francesco Guicciardini, contemporáneo de Maquiavelo, gran conocedor de España, solía decir que todo imperio, reino o nación tiene un principio y un final y que todo termina, que el único problema es que cuando ese edificio en el que vives se derrumba que no cace a ti debajo de los cascotes. Él solía argumentar que cada situación histórica es distinta y se debe fundamentalmente al talento, honradez y compromiso que cada gobernante tiene en el momento de tomar decisiones. Ceuta, las viviendas no construidas, el paro, la ocupación de las instituciones, la ley de nietos… todo suena a cascotes del derrumbe de una democracia, ruina a la que contribuyó como nadie quien nunca debió ser presidente del Gobierno ya que los españoles le negaron su confianza.

La cena discurrió por otros derroteros y diálogos, pero nos quedó el sabor agridulce de que todo lo que habíamos enumerado suena a un tiempo de ruina moral, un tiempo de convivencia tormentosa.