Luis Ventoso-El Debate
  • Hay afirmaciones que delatan la naturaleza de un gobernante, lo que lleva dentro, y que lo convierten en un peligro público

El Club ha tenido y tiene bastantes socios (para desgracia de la humanidad). Desde comienzos del siglo XX hasta hoy, formaron parte de esa sociedad Lenin, Stalin, Hitler, Mussolini, Castro, Hugo Chávez… Cada uno tenía sus características diferenciadas, pero hay algo que los unía a todos: una aversión visceral al Parlamento, el corazón de la democracia liberal.

El tenaz revolucionario Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin, lo tenía muy claro. En su obra El Estado y la revolución, escrita en 1917, el año capital de los bolcheviques, explicaba que la función real del Parlamento es «decidir cada cuatro años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo».

Su sucesor, Stalin, concordaba. El dictador y genocida georgiano definía «el Parlamento burgués» como que «una máquina para engañar a las bases populares». Stalin establece así que de un lado está el Parlamento, y del otro, el sentir real del verdadero pueblo.

Mussolini veía la Cámara como «un teatro de marionetas que ha herido de muerte al Estado moderno». Hitler publica en 1925 su ideario, Mein Kampf, repleto de invectivas contra el parlamentarismo, y recalca que la voluntad popular debe estar por encima de las instituciones legislativas.

Ese aroma perdura en déspotas más recientes, como el dictador bolivariano Hugo Chávez, que con su folclore de sátrapa tropical se inventó la «democracia participativa y protagónica». «El poder constituyente, originario del pueblo, está por encima de poderes constituidos como el Parlamento», afirmaba el comandante. En 1999 afianzará su dictadura cepillándose la Cámara democrática para crear una Asamblea Nacional Constituyente cortada a la medida de su ombligo.

Dábamos por descontado que en un país occidental avanzado no podía suceder algo así. Pero el presidente de las primeras veces acaba de presentar su carta credencial para tratar de ingresar en el Club de los Tiranos.

El primer aviso lo dio en septiembre de 2024, cuando ante los primeros desplantes de los socios de lo que llama la «coalición progresista» hizo el desquiciado anuncio de que estaba dispuesto a gobernar sin el Parlamento: «Vamos a avanzar con determinación, con o sin concurso del poder legislativo». Una declaración insólita, muy preocupante viniendo del presidente de un país que ha elegido como modelo político la democracia parlamentaria.

Ahora, ya en pleno fragor de la precampaña del 29-N, lo deja todavía más claro: «Es hora de que el Parlamento se parezca a la calle y no a quien vive en aticazos». Lenin, Stalin, Mussolini, Hitler, Castro, Chávez… aplaudirían con calidez sus palabras, pues pensaban exactamente lo mismo: el Parlamento no representa al pueblo (a «la gente», como dice ahora el enardecido Sánchez mitinero, recuperando la jerga del Pablete Iglesias de la etapa coletuda).

Todo esto no son meros juegos de palabras. Se trata del envite de quien aspira a convertirse en un autócrata. A día de hoy, el Parlamento es elegido libremente por todos los españoles en voto secreto. Pero según Sánchez, lo que deciden ahí los ciudadanos carece de valor, no encarna el auténtico sentir del pueblo. ¿Y quién establece lo que verdaderamente quiere «la gente»? Pues el autócrata, Mi Persona, que se erige en único y legítimo representante de la ciudadanía.

El 29-N los españoles nos situaremos ante un cruce con dos sendas, y habremos de elegir una: o seguidos por la de la democracia, a pesar de sus humanos defectos; o abrazamos la ruta de la tiranía, el Camino de Servidumbre de Hayek, que ya nos ofrece sin cortarse el providencial líder «progresista».

Las cartas están boca arriba. El candidato del PSOE viene sosteniendo que en España «ya no es posible la alternancia en el poder», toda vez que la alternativa es «la ultraderecha». Se dedica a perseguir y difamar al poder judicial, porque investiga la flagrante corrupción de su partido y su familia. Ha convertido a sus adversarios políticos en enemigos, que deben ser aislados tras un «muro» profiláctico. Y estima que el Parlamento solo tiene sentido si él ostenta la mayoría, pues de lo contrario no representa al pueblo.

Dictadura socialista o democracia. Resulta increíble, pero eso es lo que vamos a decidir el 29-N (siempre que el Supremo y la Junta Electoral estén en su sitio y eviten lo que alguno ha venido tramando).