José Antonio Zarzalejos-El Confidencial

El PNV es el partido de la derecha vasca, el único y último democristiano en España, y su ejecutiva, el EBB, tiene el poder decisivo en esta legislatura

Los diputados del PNV en el Congreso solo han votado favorablemente dos investiduras presidenciales. En 1996 los cinco escaños nacionalistas respaldaron a José María Aznar, y en 2020 seis a Pedro Sánchez. Con una diferencia: en el caso del líder del PP —que logró la designación en la primera votación con 181 votos— los sufragios del PNV no eran necesarios para que obtuviera la mayoría suficiente en primera vuelta. En cambio, en el caso de Sánchez, la media docena de votos nacionalistas resultaron críticos. Sin ellos, en segunda votación (167 favorables frente a 165 negativos y 18 abstenciones), el secretario general del PSOE hubiese fracasado. Datos estos que llevan a una conclusión: el PNV es el árbitro de la legislatura y sus seis escaños (correspondientes a 318.951 votos populares el 10-N) son imprescindibles. Eso es lo que tiene cuando otros (los exconvergentes) se echan al monte.

La decisión de apoyar activamente a Pedro Sánchez no la adoptó ni el grupo parlamentario nacionalista, ni el lendakari Urkullu, ni el Gobierno vasco. La tomaron los miembros de la ejecutiva nacional del PNV (el Euskadi Buru Batzar) integrado por catorce miembros, 10 hombres y cuatro mujeres, presididos por Andoni Ortuzar Arruabarrena. El presidente del Ejecutivo autonómico no forma parte de este órgano de dirección del PNV (aunque tiene voz pero no voto) cuyos integrantes —’burukides’— son incompatibles con el desempeño de cargos públicos, correspondiendo su designación a las asambleas territoriales y luego a la nacional de la organización. Eso se califica como bicefalia y no es una creatividad insulsa sino un sistema de organización con una larga historia de eficiencia. En estos días, Andoni Ortuzar, como presiente del EBB e Iñigo Urkullu, otra vez candidato por Álava en las próximas elecciones de otoño y para continuar en la presidencia del Gobierno, están en fase de renovación de sus mandatos que, sin duda, revalidarán.

Andoni Ortuzar firmó con el PSOE el pasado 30 de diciembre (como en su momento el fallecido Xavier Arzalluz con el PP) un pacto de investidura de 12 puntos claros, concisos y sin florituras. En ellos se recogen todos los intereses del PNV a medio plazo: desde el cumplimiento de los acuerdos pendientes de ejecutar con el PP de Rajoy, pasando por la “urgencia” de llevar el Tren de Alta Velocidad al País Vasco, llegando a acordar el traspaso de competencias de tráfico a la comunidad foral de Navarra “con el mismo contenido y extensión” que en el País Vasco. Y mientras ese pacto sea cumplido, los nacionalistas seguirán ahí. Si se alteran las circunstancias, no es descartable que actúen como en la moción de censura contra Rajoy: apoyar al censor (Sánchez) una semana después de haber pactado con el censurado (el entonces presidente del PP). A eso, los nacionalistas lo denominan pragmatismo. Alternativamente, diría que el PNV es como una sociedad anónima cuyo objetivo es una buena capitalización (política) y un satisfactorio reparto de dividendos (obras, servicios, prestaciones). Hubo un tiempo en el que también era una organización muy ideológica, democristiana, afecta al independentismo… pero ahora ha matizado esas aristas y, sin renunciar a nada, remite ese patrimonio ideológico ‘ad calendas graecas’ y se dedica al día a día.

Es verdad, no obstante, que la competencia que le plantea EH Bildu —ya segunda fuerza política vasca con 5 escaños en el Congreso— le está obligando a una gesticulación que agudiza sus perfiles identitarios, por ejemplo, en la elaboración del nuevo Estatuto. Los peneuvistas adaptan sus estrategias, no solo para mantener su ventaja en el País Vasco, sino también para ser los representantes de sus intereses a todos los niveles, incluidos los estatales y la interlocución con el Gobierno de turno. Y ahora, más que nunca, el EBB del PNV tiene la sartén por el mango, hasta tal punto que el Gobierno y sus demás socios no deberían confundir la discreción de los portavoces nacionalistas con una aceptación acrítica de todas las decisiones que Moncloa adopta.

En el espacio de solo unos días, su portavoz parlamentario, Aitor Esteban, ha concedido dos entrevistas significativas. La primera, en ‘El Correo’ de Bilbao en la que el diputado sostiene, con razón, que “muchos votantes del PP estarán más tranquilos si nosotros estamos en las negociaciones fiscales” que, además, promete van a vigilar. La segunda, en ‘El País’ con un titular tan expresivo como este: “La sociedad no está preparada para un referéndum de autodeterminación”. De modo y manera que se entenderá sin gran esfuerzo que el PNV se haya constituido, no solo en un gestor potente de los intereses vascos en Madrid, sino también en una referencia para amplios sectores de las clases medias españolas y las empresariales que observan con alguna alarma el curso de los acontecimientos. El hecho incontrovertible de que los 14 miembros del EBB tengan una capacidad decisiva para determinar según qué políticas representa el cabo suelto de la mayoría parlamentaria, exigua, que apoya al Gobierno de coalición, al que me referí el pasado jueves (“Sánchez y la teoría del centésimo mono“).

Aviso a navegantes: el ruido catalán es ensordecedor; pero la manija la tienen en sus manos los catorce ‘burukides’ que se reúnen regularmente en el solar donde se situó la casa de Sabino Arana, en Bilbao, y desde esa periferia que parece distante 10.000 kilómetros de Madrid (median solo 410), pueden tomar —como lo hicieron en la censura de Rajoy y en la investidura de Sánchez— decisiones por completo decisivas. No hace falta subrayar que el PNV es el partido de la derecha vasca y el único —y último— democristiano en España. Y que el País Vasco es una comunidad todavía industrial con empresas residenciadas allí como Iberdrola, Gamesa o el BBVA.