Cristian Campos – El Español
 

Todo lo que ocurre hoy en Israel ha ocurrido ya antes en Israel. No en 1973, 1967 o 1948, como dicen los que creen que la historia empezó en 1867. Sino hace dos mil años. Incluso tres mil, si hemos de hacer caso a la Biblia.

Algo no tan inverosímil como parece si uno atiende al debate sobre la verosimilitud histórica de los textos bíblicos. Porque la arqueología, como si fuera el sonajero de un demiurgo juguetón, se empeña periódicamente en conceder hallazgos que confieren una llamativa verosimilitud a pasajes concretos de la Torá. Pasajes que las interpretaciones minimalistas del texto sagrado consideran fantasías de un pasado mitológico escritas en fechas muy posteriores a las que defienden los creyentes. Échenle un vistazo a La Biblia desenterrada, de Israel Finkelstein Neil Asher Silberman, si les interesa el tema.

Un solo ejemplo. Los rollos de plata de Ketef Hinnom, que preceden en 500 años a los manuscritos del mar Muerto, y que confirman que la Torá es mucho más vieja de lo que los más escépticos estarían dispuestos a conceder.

Y esto no es banal. Porque demuestra la existencia de un protoestado judío al menos desde tiempos de Josías (siglo VII antes de Cristo). No un mero poblado de pastores analfabetos aferrados a una religión heredada de pueblos vecinos, sino un protoestado con reyes, recaudadores de impuestos, ejército, leyes y rutas comerciales que conectaban los territorios de Israel y de Judá.

Quizá no el mítico reino bíblico de David y Salomón. Pero desde luego mucho más que un pequeño puñado de labriegos supersticiosos.

La palabra Israel, de hecho, aparece ya en el siglo XIII antes de Cristo en boca del faraón Merneptah, hijo de Ramsés II. Y lo hace con un sentido inequívoco: Israel es un lugar, no sólo un pueblo.

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El territorio que hoy ocupa Israel nunca ha albergado un imperio propio como el de los faraones o el de los persas. Pero es la cuna del pueblo que ha impactado en la historia de la humanidad con más fuerza. Algo que resulta difícil de racionalizar sólo con argumentos históricos, políticos o culturales.

Dice Paul Johnson que los judíos han sido un pueblo especial porque se han empeñado en ser un pueblo especial: «Los judíos han creído con tanta unanimidad y pasión, y durante tanto tiempo, que eran un pueblo especial, que se han convertido en un pueblo especial. Los judíos han tenido un papel histórico porque ellos lo escribieron para sí mismos. Quizá ahí es donde reside la clave de su historia».

El judío es el único pueblo de la antigüedad que sobrevive en el mundo del siglo XXIII. Lo hace con su misma lengua, su misma religión y en su mismo territorio. Ningún imperio, en un sentido estricto de la palabra ‘imperio’, ha sobrevivido más de 200 o 300 años. Ya nadie habla latín, o griego antiguo, o etrusco, o copto, o sumerio.

Pero los judíos siguen ahí, 3.500 años después. Sin necesidad de imperio. Hablando en hebreo.

El judío es el único pueblo que ha sobrevivido a genocidios, exterminios, matanzas, deportaciones, pogromos, holocaustos y expulsiones de su propia tierra durante milenios y a manos de una amplia variedad de enemigos (persas, romanos, alemanes, rusos, iraníes). Ha sobrevivido incluso a una ideología, el comunismo, en realidad una actualización atea del cristianismo, cuya «biblia» fue escrita por uno de ellos, Karl Marx.

Los judíos han creado sus tesis y también sus antítesis, algo que ningún otro pueblo o nación ha hecho, al menos con la fiereza con la que ellos se han puesto en duda a sí mismos.

El judío es también el único pueblo que ha sobrevivido en la diáspora, disgregado en docenas y docenas de países, sin romper su unidad esencial, y que luego ha sido capaz de reagruparse en un Estado de nuevo cuño, aunque heredero de los viejos reinos judíos de la antigüedad.

Un pueblo sin riquezas naturales y que aún así ha sido capaz de convertirse en una potencia cultural, científica, tecnológica y militar. Un pueblo sin el cual no se entienden la ciencia, la filosofía y el arte. Tampoco, por supuesto, el cristianismo. Un mito de la excepcionalidad que los propios judíos han sido los primeros en poner en duda (y sólo hay que leer a Yuval Noah Harari para comprobarlo). «¿Que EinsteinBohrFranck o Wigner fueran judíos implica que «la ciencia» sea judía?» dicen los propios judíos.

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Pero entonces, ¿es una exageración o no lo es decir que el pueblo judío ha modelado el mundo como ningún otro pueblo lo ha hecho?

Lo importante no es la respuesta, sino el simple hecho de que tengamos ese debate. Porque los judíos lo tuvieron mucho antes que nosotros.

Ni persas, ni egipcios, ni babilonios, ni romanos, ni griegos sobrevivieron a los judíos. Algunos de ellos los esclavizaron o los intentaron exterminar. En el mejor de los casos, convivieron de forma siempre precaria, tolerándolos como un cuerpo extraño, antes de expulsarlos más tarde o más pronto. Lo sabemos bien en España.

Los judíos sobrevivieron a la Edad Antigua, a la Edad Media y a la Edad Moderna. Es probable que sigan ahí cuando desaparezcan los actuales imperios: Estados Unidos, China, Rusia, Irán. Quizá lo hagan como una minoría en su propia tierra. O exterminados hasta la casi extinción frente a la indiferencia de Occidente. Quizá vivan una nueva diáspora y deban afrontar unos cuantos siglos oscuros de nuevo.

Pero si un pueblo ha demostrado voluntad de sobrevivir a lo largo de la historia de la humanidad, ese ha sido el judío. Un pueblo que mide su realidad en siglos, no en función de las políticas coyunturales de los imperios coyunturales de la época.

En términos biológicos, los judíos han sido el organismo mejor adaptado a su entorno.

Por eso resulta tan absurdo juzgar la respuesta de Israel a los ataques de Hamás en términos de política contemporánea, toreando desde el salón de ese asilo para burócratas llamado UE, cuya historia ha muerto antes incluso de arrancar. La historia de los judíos empieza hace 3.500 años, no en 1947.

Si las razones de esa supervivencia han sido religiosas, culturales o una mera casualidad histórica queda a gusto de las neurosis del lector. Las decapitaciones de sus bebés, la profanación de sus cadáveres, el asesinato de sus familias y la violación de sus mujeres no es nada que no haya ocurrido antes. Tampoco la existencia de quienes niegan esos hechos, un negacionismo que en la actualidad no es sólo patrimonio de los nazis, sino también de esa izquierda antisemita que hoy se consuela diciendo que Hamás no decapitó a 40 bebés, sino sólo a la mitad.

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En cuanto a los palestinos, ni siquiera echando a todos los judíos al mar tendrán un Estado propio. Serán sojuzgados (eso también lo confirma la historia) por las potencias regionales que se disputarán el territorio que hoy es Israel. Irán, Arabia Saudí, Egipto, Siria, las satrapías del Golfo. El territorio que hoy ocupa Israel es el centro del mundo y lo seguirá siendo durante milenios: nadie se lo regalará a un pueblo como el palestino.

Ni siquiera son nuevos los dilemas que vive hoy el pueblo judío. «Es que los ultraortodoxos». «Es que Netanyahu«. «Es que el colonialismo». «Es que la religión». «Es que los jaredíes».

Tampoco el antisionismo es una invención occidental, suponiendo que este sea algo más que antisionismo por desarmarizar. Porque no hay nadie más profundamente antisionista que los propios ultraortodoxos judíos.

También el dilema entre Estado y religión, entre el reino de los hombres y el de dios, tiene, en fin, miles de años de historia entre los judíos.

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Quizá la clave de la resiliencia del pueblo judío haya estado en su capacidad para desligar ambos. Porque los judíos han sobrevivido durante siglos sin una patria. Aunque no lo han hecho jamás sin religión.

Lo de hoy, lo de ese Estado de Israel de 75 años de vida, es una anomalía histórica. El judío es un pueblo que ha vivido perpetuamente amenazado por las civilizaciones del Nilo y las del Éufrates. Y no siempre ha tenido Estado. De hecho, la mayor parte del tiempo ha carecido de él. El judaísmo fue una religión de Estado (la Torá es el primer texto nacionalista de la historia) hasta que la destrucción del templo por parte de los romanos obligó a los judíos a convertirlo en una religión de la palabra. En una religión de estudiosos que debaten eternamente sobre su texto sagrado. De ahí el Talmud, un libro de «comentarios» sobre la Biblia.

Un Estado judío no parece ser, en fin, una necesidad existencial judía. Sí es, desde luego, una hipoteca histórica del resto de la humanidad hacia los judíos que un mínimo sentido moral exige pagar. Pero los judíos sobrevivirán si Occidente decide no pagar esas letras (Oriente jamás lo ha hecho ni lo hará mientras exista el islam).

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Quizá el rasgo de genialidad del dios de la Torá, en fin, no esté en haber creado el universo sobre la base de probabilidades matemáticas imposibles, sino en haber dado a los judíos la intuición necesaria para convertir una religión de Estado, es decir una religión de la materia, con templos y sacerdotes que pueden ser derruidos o exterminados, en una religión de la palabra. Una religión que puede ser transportada por un puñado de hombres comunes, no más de unas pocas docenas, para renacer de nuevo intacta dentro de 100 años, 200 o 1.000 años. Y por eso el judaísmo sobrevivirá a Hamás, al cristianismo y al islam, a la UE y a Occidente.

Quizá sea ese el secreto. Llámenlo «pueblo elegido» o «puta suerte», como diría MontoroPero nadie en su sano juicio negaría la excepcionalidad judía, en el sentido de «aquello que se aparta de la norma general o que ocurre una sola vez».

El apellido a esa excepcionalidad se lo ponen ustedes. Yo soy ateo, pero cada vez creo menos en mi dios. En cuanto al suyo, el de los judíos, hay que reconocer que ha fabricado un producto de inusitada dureza.