¿Los mercados atacan?

IÑAKI EZKERRA, ABC 16/01/13

«En la escala de los descréditos sociales, los mercados ocupan el primer lugar. Digamos que hoy gozan de peor prensa que los banqueros y los políticos. Nadie se molesta en defenderlos, entre otras razones porque los mercados no tienen rostro ni nombre con los que reivindicar sus supuestas fechorías»

La demonización de los mercados es un curioso fenómeno que se ha producido recientemente en este país con motivo de la turbulencias económicas de la crisis y, paradójicamente, en un momento en que gobierna la derecha, lo cual no cabe interpretar más que como uno más de los hechos que prueban lo desideologizada que se halla ésta y que, incluso detrás de la impopular política de reformas asumida por nuestro Gobierno, no hay una verdadera doctrina neoliberal que le sirva de apoyo teórico.

No sólo ciertos ministros acorralados por las cifras que revelaban una situación crítica; también muchos de nuestros analistas conservadores comenzaron a usar, en los albores del año que ahora ha concluido, un lenguaje alegórico, narrativo, literario, a ratos próximo a la ciencia ficción y a ratos rayano con la novela gótica que habría hecho las delicias de Marx y Engels: «Los mercados mienten», «los mercados no tienen razón», «los mercados nos castigan», «los mercados son injustos», «los mercados se vengan», «los mercados nos atacan»…

«Los mercados han vuelto a hacer una de las suyas», llegué a oírle decir, en una tertulia, a alguien a quien hasta entonces yo identificaba con el liberalismo más puro y duro. Como si los movimientos de esas entidades, ya más fantasmales que mercantiles, estuvieran sustituyendo en el imaginario colectivo a la delincuencia de las bandas mafiosas o a los atentados terroristas que, afortunadamente, han desaparecido de la vida nacional. «Los mercados atacan de nuevo», rezaban a menudo los titulares de periódicos que no eran precisamente el «Mundo Obrero», pero que parecían querer competir con éste y con su tétrica imaginería del capitalismo. Y uno ya temía encontrarse en las páginas interiores con fotografías de los mercados en acción, robándoles el bolso y la mantilla de misa a pobres ancianas indefensas, violando a muchachas desprotegidas, secuestrando y tomando como rehenes a los conserjes de los bancos. Los tradicionales valedores de nuestro orden económico, en fin, estaban consiguiendo lo que no consiguió el socialismo, ni teórico ni real: que temiéramos, odiáramos, deseáramos la desactivación, la captura, el escarmiento de los dichosos mercados que nos reportaban tanto sufrimiento.

El fenómeno no sería —como es— «filosóficamente» relevante, si los mercados no constituyeran el alma del sistema que llamamos «de mercado» precisamente y si no tiraran piedras contra el propio tejado los que tenían la misión de reconstruir la casa. La pregunta es hasta dónde resulta asimilable por el sistema su propio desprestigio. Sabemos que no hay nada más temible que una doctrina ideológica —y económica— que se presenta como perfecta y redentora. Sabemos que la fuerza de la democracia burguesa y de la economía de libre mercado reside en que no se erigen en salvadoras y en la mala opinión que tienen de sí mismas. Pero ¿son capaces de aguantarlo todo en un momento en el que su deslegitimación moral y práctica viene avalada por las crecientes capas de pobreza? No deja de ser una ironía del destino que este singular deterioro de la imagen del liberalismo económico se produzca después de la caída total del comunismo soviético y la parcial del comunismo chino. Y no deja de ser inquietante que, en lo que llevamos de crisis, no se dibujen terceras vías, alternativas de corrección del sistema. O estamos en el discurso antisistema de la indignación, asumido tácitamente —como digo— por la derecha política y mediática, o estamos en el silencio que otorga y admite la culpa.

En la escala de los descréditos sociales, los mercados ocupan el primer lugar. Digamos que hoy gozan de peor prensa que los banqueros y los políticos. Se les considera la especulación, la ausencia de alma, la amoralidad no diré que personificada, porque es su anonimato, su carácter invisible, intangible, inaprensible, casi divino el que los protege condenando a sus agraviados a la impotencia y a la resignación; el que hace inocuas esa animadversión y esa pésima fama que sufren, así como innecesaria su apología. Nadie se molesta en defenderlos, entre otras razones porque los mercados no tienen rostro, ni nombre, ni apellidos ni siglas con las que reivindicar sus supuestas fechorías, ni una voz ni un portavoz corporativista que se queje en nombre de todos ellos. No tienen un director, un presidente, un jefe, un sujeto que los represente con un turbante o una capucha en la cabeza. No emiten comunicados que reivindiquen sus acciones. No tratan de buscar una coartada ideológica ni ética ni razonable. Los mercados no tienen razón. Tienen dinero e intereses para moverlo. No se pretenden adalides de la Justicia, de la verdad, ni de la solidaridad ni de la paz. Por eso tampoco tiene sentido hablar de «tregua de los mercados», como se ha hecho últimamente emulando hasta un límite paroxístico el lenguaje que se emplea con el terrorismo. Y es que hablar de «treguas de los mercados» es dar por supuesta y por intrínseca su alta peligrosidad, su condición depredadora del propio orden especulativo que sustentan.

Vistos así los mercados, la amenaza constituiría una parte y un mecanismo esenciales del propio sistema, como un creyente que descubriera que sus oraciones son fórmulas satánicas o como un cáncer que destruyera un organismo en la medida en que se reprodujera y le diera más vida aparentemente. El problema de semejante contradicción «sistemática» es que nos implica más de lo que pudiéramos imaginar y más de los que nos gustaría reconocer, cuando reparamos en que «mercado es todo aquel que tiene un dinero que invertir», o sea, en que «los mercados somos también nosotros». Mercado no es sólo el tiburón de las finanzas ni el broker de Wall Street que especula con grandes sumas. Es también el modesto inversor, que huye de las preferentes de los bancos como los bancos a su vez huyen de la inversión en España y de comprar nuestra intranquilizadora deuda. Mercado es ese amigo mío preocupado por dónde poner su dinero (si en Bolsa o en un fondo de pensiones) que me llevó hace poco a ver la película «El Capital» de Costa-Gavras y que, con una expresión incendiaria que no le recordaba ni de los tiempos juveniles, me repetía la célebre frase de Nietzsche: «Quien lucha con monstruos cuide de convertirse a la vez en monstruo».

¿Y si el problema fuera al revés? ¿Y si el monstruo ya estuviera entre nosotros desde el principio y fuese incluso el que induce la monstruosidad ajena? Hay una vieja película de Fred M. Wilcox, «Planeta prohibido», que no tiene que ver nada con la economía, pero que plantea una situación antitética a la pintada por Costa-Gavras. En ella, un tal doctor Morbius ve cómo a su alrededor todos los miembros de su expedición espacial perecen a manos de una fuerza invisible que le condena a cumplir lo que en realidad deseaba secretamente: quedarse en ese astro extraño para estudiar a los Krell, unos alienígenas extintos. Finalmente, se descubre que era el propio subconsciente de Morbius el que creaba el monstruo invencible, atendiendo a su inconfesable deseo. Ando estos días intentando hacerme con un vídeo de esa película para regalárselo a mi amigo y acusarle de ser él quien, en su subconsciente, hace crecer la prima de riesgo española. Y es que mercado es también el tipo que dice que no va a invertir en nada sus ahorros por temor a los mercados. O sea, por temor a sí mismo. Por temor a su temor.

IÑAKI EZKERRA, ABC 16/01/13