DAVID GISTAU-EL MUNDO

Barcelona es presa de la excentricidad: el máximo representante de la autoridad, Torra, se pone al frente de una columna y se prodiga en arengas estimulantes para los incendiarios

Barcelona vive, a la espera del viernes, como si le temblara el suelo bajo las pisadas de los báad portas. Las cinco columnas tractorianas que se han apoderado de las autopistas circundantes y marchan sobre la ciudad harán una entrada coincidente con la huelga general extorsiva. Se da encima la excéntrica circunstancia, imposible de observar en otros ámbitos donde lo institucional y lo insurgente permanecen disociados, de que el máximo representante de la autoridad, Torra, se ha dejado ver al frente de una columna y sigue prodigándose en arengas estimulantes para los incendiarios, así como expidiendo unos certificados de infalibilidad popular que tienen propiedades ignífugas porque no los rebate ni el fuego.

Mientas esto ocurre, Barcelona ha rendido su cotidianidad. A pesar de los cortes policiales, las avenidas como Aragón y Valencia fluyen descargadas de tráfico porque muchas personas han decidido aplazar su vida hasta que puedan vivirla en paz. Citas canceladas, actividades pospuestas, renuncias. En el crepúsculo, el centro queda liberado para que lo trasieguen los airados y los turistas cuyo hotel está dentro de ese perímetro parecen náufragos lanzando un SOS cuando, cargados de maletas que luego arrastrarán en la caminata, piden con una aplicación del móvil taxis que jamás llegarán.

Ayer comenzó el bloqueo universitario. Con la aquiescencia de los rectores, ya sea por complicidad o por miedo, la minoría ideológica que mantiene cautivos los campus ordenó el vaciamiento de las aulas. Esto motivó una concentración de respuesta en la plaza de la Universidad del colectivo S’ha acabat, compuesto por estudiantes de voluntad transversal aunque constitucionalista que se declaran hartos de acatar los chantajes del matonismo universitario. Son chicos prolijos, buenos oradores, algo nerds, que en otra ciudad estarían llevando una vida rutinaria, de estudio y guateques, pero que aquí están aprendiendo ciertos matices heroicos relacionados con la defensa de la libertad primaria.

Anhelan arrancar del conformismo a todos aquellos que querrían estudiar incluso cuando el independentismo manda que no se haga. Los han agredido hasta con extintores y, en general, están acostumbrados a inspirar bajos instintos violentos. Usan casi como himno el Resistiré del Dúo Dinámico y, con sus banderas nacionales, forman en la calle una islita humana que parece amenazada por un ecosistema hostil. Ayer, mientras hablaban, los motoristas que les pasaban cerca les gritaban «¡Fachas!» y les tensaban dedos. Algunas cuadrillas de activistas con aspecto batasuno eran inmediatamente detectadas por los Mossos, que las sometían a marcaje estrecho cuando intentaban colarse entre la concurrencia. Otros trataban de intimidarlos grabándolos con los móviles, como si los estuvieran identificando para darles luego algún disgusto.

A los estudiantes de S’ha acabat los acompañaron representantes de Ciudadanos, como Inés Arrimadas, y del PP. Al grupo de Cayetana Álvarez de Toledo y Alejandro Fernández lo envuelve estos días una protección policial que evoca los años vascos. En realidad, es una situación estimulante para un político vocacional que crea en la defensa de ciertos valores y no limite su oficio al acaparamiento de cargos y prebendas relacionados con el cotarro de la partitocracia. Álvarez de Toledo, que durante la anterior campaña electoral sufrió un escrache violento en la Autónoma, pronunció en la plaza una palabras unamunianas para denunciar que es la tiniebla independentista la que hoy mata la inteligencia en las universidades. Éstas, según agregó, son una reproducción a escala de la sociedad que tampoco sabe cómo liberarse de ese matonismo con prolongación institucional que está cumpliendo su propósito de paralizar las vidas de sus ciudadanos, todos ellos convertidos en rehenes.

La Policía recomendó dispersarse de la plaza de la Universidad, una vez terminado el acto, como si tampoco conviniera exponerse en un mismo lugar durante demasiado tiempo. De hecho, era el cambio de turno: al centro iban afluyendo los manifestantes convocados por los CDR que, bajo un pretexto higiénico, traían rollos de papel de baño que, una vez lanzados, recordarían la estética de los fondos de estadio argentinos. El centro urbano ya estaba resignado a una nueva ocupación. Y muy pronto, en los cruces de calles del Ensanche, activistas enmascarados prendieron fuego a contenedores mientras recibían reproches de los vecinos. Nadie pudo evitar que las llamas alcanzarán a ciertos coches que empezaron a arder.