Ignacio Camacho-ABC

  • Un presidente no lamenta el desatino de un miembro de su Gobierno: lo desaprueba con un cese o lo exculpa con un refrendo

Una semana después del escándalo de las declaraciones de Garzón, Sánchez dice «lamentar muchísimo» la polémica. Decenas de asesores deben de haber trabajado para afinar el término con que desmarcarse del ministro mediante una desautorización indirecta, oblicua, genérica… y evasiva. Porque por muy lamentable que resulte el asunto, sobre todo para los ganaderos, un presidente no lamenta, ni siquiera en grado superlativo, el desatino de un miembro de su Gobierno: o lo desaprueba con un cese o lo exculpa con un refrendo. Sin términos medios. A Ábalos, según la versión oficiosa, lo destituyó por motivos relacionados con su vida privada, que evidentemente le parecieron lo bastante censurables para prescindir de sus servicios (o aparentar que lo hacía por eso). La metedura de pata de Garzón ha sido pública y afecta a un sector productivo cuyos intereses está obligado a proteger, si es necesario corrigiendo eventuales deficiencias en vez de limitarse a denunciarlas como un comentarista de prensa. Ha cometido un error grave -lamentable, sí- que además no es el primero y sólo hay una forma creíble en que él o su superior jerárquico pueden depurar responsabilidades.

El problema consiste en que Sánchez es el superior del ministro, pero no su jefe. No lo ha nombrado y por tanto no puede echarlo, no al menos sin poner el riesgo la estabilidad de la coalición con Podemos. A Subirats, el sustituto de Castells en la cartera de Universidades, fue ¡¡Ada Colau!! quien le comunicó su nombramiento. A Garzón lo designó Iglesias, previa presión del interesado en demanda de su cuota de poder en representación de Izquierda Unida, y ahora la única en condiciones de apartarlo del cargo es Yolanda Díaz, que también ha adoptado ante la cuestión una actitud huidiza. Está armando su propia plataforma electoral y no quiere conflictos con las diferentes facciones en que ha de apoyarse, en especial con un ‘tardopablismo’ enrocado en la autodefensa compacta por puro reflejo de cohesión sectaria. La izquierda radical se ha prohibido a sí misma dar un paso atrás o conceder una rectificación interpretable como una derrota. Tiene su lógica: el que se considera en el lado correcto de la Historia no va a admitir jamás que se equivoca.

Así las cosas, el protagonista del lío se reafirma en lo dicho. Se siente blindado y blasona de continuar en su puesto toda la legislatura. Al fin y al cabo, Podemos ha asumido su inanidad en Castilla y León, por lo que el pagano de la factura será el Partido Socialista. Un papelón para el Bonaparte de pega que queda como líder demediado de un Gabinete de cohabitación sin más salida que la de deplorar con vaguedades el atolladero en que le ha metido un subalterno. Ahora no tiene a Redondo para tapar el incendio con otro fuego. Y todos los sondeos vaticinan que su candidato va a ser servido ‘al punto’ en la parrilla del 13 de febrero.