Odios comparados

TONIA ETXARRI-EL CORREO

Será por las elevadas temperaturas que va marcando el termómetro este verano, pero da la impresión de que nos estamos haciendo un lío de conceptos entre los acosos, las gamberradas y los delitos de odio. Con el miedo instalado en buena parte de la población juvenil femenina ante los misteriosos pinchazos que no dejan huella, se está hablando con tanta ligereza y frivolidad de ‘sumisión química’, ‘anulación de voluntad’ o riesgo de violaciones que, finalmente, la Ertzaintza piensa acusar a los autores de los pinchazos, cuando se dé con ellos, de haber cometido «delitos de odio». Los jueces dudan de su encaje legal. No es de extrañar. Según las denuncias presentadas, no se han detectado sustancias tóxicas ni actos de violencia posteriores a las misteriosas punciones. Se está produciendo un pánico generalizado entre las mujeres y quizás los medios de comunicación tengamos parte de responsabilidad al terminar provocando una sugestión colectiva. El caso es que las destinatarias de los pinchazos son mujeres y por eso hablamos de una forma de agresión machista. Sí. Pero, para aplicar la figura penal del ‘delito de odio’ los jueces deberán examinar cada caso concreto. Uno a uno, para ver si se demuestra que hubo agresiones por odio.

En donde nadie tiene dudas es en los ataques que sufrió hace unos días Mikel Iturgaiz, el hijo del presidente del PP vasco, en el recinto ferial de Romo. Por ser quien es. Por ser el hijo de su padre. Un grupo de acosadores del mundo abertzale radical le forzó a abandonar las txosnas insultándole («basura del PP») y agrediendo a una de las amigas que le acompañaban. Mientras la Ertzaintza procede y localiza a alguno de los que participaron en este acoso, con insultos y empujones, a nadie del arco político le queda la menor duda de que estamos asistiendo a un caso más de delito de odio. Como los que han ido sufriendo muchos jóvenes del PP en la calle, bares o discotecas. Como los que también han padecido algunos ertzainas. Se han vivido situaciones concretas y tan visibles que han generado miedo. Casos en los que los agredidos se han visto desamparados por las instituciones públicas en contraste con la sensación de impunidad con la que se mueven estos intolerantes de las nuevas hornadas del entorno de Bildu. Si los ertzainas no tienen permiso para retirar los carteles que les dedican a ellos con todo tipo de insultos, no resulta extraño que los radicales se sientan envalentonados. Todavía hay quien sostiene que un chaval como Mikel Iturgaiz no debería ir de fiestas a determinados sitios porque es «una temeridad». Como si los violentos tuvieran bula para marcar el territorio por donde pueden pasearse los demás. Las reacciones de solidaridad con el agredido han procedido de todo el arco político menos Bildu. Pero cabe pensar que habrá que tomar alguna medida más para que las palabras no se las lleve el viento.

Hoy el Ayuntamiento de Getxo condenará la agresión. Censurará el «lamentable episodio de intolerancia y odio». El hijo del presidente del PP vasco no se dedica a la política pero su mera existencia es una provocación para estos acosadores en grupo, como llegó a reconocer un concejal de Bildu de su municipio en las redes sociales. No se espera, pues, que el grupo de la nueva Batasuna se vaya a sumar a la condena colectiva. ¿Qué hacer? La conciencia democrática se demuestra andando. Si Bildu no condena estas agresiones de odio ¿no se deberían romper las alianzas con ellos? La pregunta va para el PSOE. También para el PNV.