Carlos Souto-Vozpópuli

  • Algo ocurrió en España en los últimos años: el periodismo pasó de influir a reaccionar.

Vivimos una escena política que se parece cada vez menos a una democracia parlamentaria y cada vez más a una reunión de supervivientes bastante desnudos, alrededor del fuego del poder. Un fuego que arde en el centro mismo del sistema y alrededor del cual algunos actores se acercan para calentarse mientras otros intentan no quemarse. Esto obliga a distinguir entre quienes hoy participan del juego y quienes apenas lo comentan desde el extrarradio político, mediático o moral. Porque una cosa es indignarse en prime time y golpear la mesa con expresión de España en peligro, y otra muy distinta es estar sentado donde se decide cuánto aguanta el edificio antes de que empiece a desprender mampostería sobre los transeúntes.

Pedro Sánchez entendió hace tiempo algo que gran parte de la oposición todavía no termina de comprender: el poder no consiste solamente en ganar elecciones. Había que ganar una, sí. Luego, el verdadero objetivo consiste en transformar un orden elegido en un orden establecido. Convertir una mayoría circunstancial en un ecosistema permanente de intereses compartidos, silencios convenientes y miedos recíprocos. Ahí está el verdadero tablero. Y por eso los nombres relevantes del momento no son necesariamente los más populares. Son los imprescindibles para que la maquinaria continúe funcionando una semana más.

Conocen el secreto

Aquí aparecen algunos apellidos. Aparece Otegi, Aizpurúa, Nogueras, Rufián, Junqueras, Illa, Otxandiano y un largo etcétera. Aparece Puigdemont, convertido en una especie de emperador holográfico que condiciona España desde Bélgica. Aparecen fuerzas que hace apenas algunos años eran tratadas como periféricas y que hoy participan activamente de la administración emocional y parlamentaria del Estado. Son actores del núcleo. No porque gobiernen España formalmente, sino porque conocen el secreto central del sistema: saben que el Gobierno depende de ellos tanto como ellos dependen del Gobierno. La geometría del poder español ya no responde al viejo bipartidismo. Responde más bien a una estructura de chantajes recíprocos cuidadosamente administrados, una especie de matrimonio italiano donde todos amenazan con irse de casa mientras revisan discretamente si la cuenta bancaria común sigue abierta.

Peinado en escena

Pero hay algo todavía más interesante. Porque en el centro del fuego ya no aparece solamente el poder ejecutivo amasado con el legislativo. También aparece el judicial. Y ahí emerge un apellido imposible de ignorar: Peinado. El juez Peinado ya no es únicamente un magistrado llevando adelante una investigación. Se transformó, involuntariamente, en un actor estructural del clima político español. Cada movimiento suyo altera agendas, discursos, defensas mediáticas y estrategias parlamentarias. Cada decisión genera ondas expansivas. Y eso significa algo importante: el poder judicial entró obligatoriamente en escena.

Mientras tanto, en el extrarradio, otros actores observan el fuego del poder desde lejos. Ahí está Vox, atrapado en una contradicción permanente: necesita parecer antisistema sin abandonar del todo la comodidad de ser una fuerza institucional. Quiere incendiar verbalmente el tablero, pero teme quedar atrapado dentro del incendio real. Y luego está el Partido Popular, que transmite algo todavía más delicado. El PP no parece un partido que espera gobernar, sino un partido que da por hecho que el desgaste ajeno eventualmente le entregará el poder por decantación natural, como si estuviera Feijóo descansando bajo el manzano, esperando que caiga el fruto para que se lo ocurra la ley de la gravedad.

Suministra el oxígeno

El problema es que la política contemporánea ya no funciona así. Hoy el poder lo ocupa quien entiende mejor el funcionamiento emocional del sistema. Y Sánchez, con todas sus contradicciones, entiende esto mejor que sus adversarios. Por eso sobrevive. Porque mientras buena parte del periodismo, de la oposición y de los analistas continúan describiendo el incendio con la precisión técnica de un documental de National Geographic, él sigue administrando el suministro de oxígeno.

Y ahí aparece el cuarto poder. El periodismo. Ese viejo poder imaginativo que durante décadas creyó tener capacidad de condicionar gobiernos y destruir carreras políticas. Pero algo ocurrió en España en los últimos años: el periodismo pasó de influir a reaccionar. Describe el incendio, analiza las llamas y organiza tertulias enteras sobre el humo. Pero rara vez altera la dirección del fuego. Nunca un Watergate español.

¿Qué sería de ellos sin usted?

Mientras tanto, en el centro del sistema, alrededor de la hoguera, los verdaderos jugadores continúan negociando supervivencia. Y aquí aparece una reflexión final para Pedro Sánchez. Presidente: usted está concediendo demasiado. Demasiada capacidad de presión a socios cuya fuerza real es bastante menor de la que aparentan. Hágase una pregunta sencilla: ¿qué sería de todos ellos sin usted?

Muchos de los actuales cancerberos del su inquilinato en la Moncloa no son exactamente dueños de un gran futuro autónomo. Son criaturas de esta coyuntura. Productos de esta necesidad mutua. Mientras usted siga necesitando el apoyo de esta gente, no se preocupe demasiado, presidente. Lo tendrá. Después de todo, usted se lo ha ganado.