Manuel Montero-El Correo
- Al acordar el Estatuto, se entendió que el histórico repudio del nacionalismo a la discriminación de los euskaldunes le impediría marginar a nadie
Si en 1980 alguien pedía que todos los vascos pudieran estudiar en su lengua materna, era considerado avanzado y progresista. Si en 2026 alguien pidiera que todos los vascos pudieran estudiar en su lengua materna sería tildado de carca, quizás fascista. Antivasco.
¿Todo es según? ¿Hasta los valores?
La política nacionalista que privilegia al euskera en la enseñanza y en la función pública todavía no ha llegado al cénit, pero se acerca. El fenómeno de que la lengua minoritaria, que habla con normalidad un tercio de la población, se convierta en socialmente hegemónica, con relegación de quienes no lo hablan, es una singularidad vasca. La discriminación lingüística es también política -entre los euskaldunes los nacionalistas tienen mayor peso-, pero en su postergación los no nacionalistas contribuyen con su voto, dada la primacía electoral del nacionalismo.
La capacidad de euskaldunizar la educación, que se entendió fundamental para nacionalizar la nación vasca (vale la redundancia) arranca del Estatuto de 1979, aunque por entonces pasó casi inadvertida; o se entendió que, dado el histórico repudio del nacionalismo a la discriminación sufrida por los euskaldunes, nunca utilizaría el Estatuto para discriminar a nadie. Fue un malentendido. Los nacionalistas no estaban contra la discriminación, sino contra la discriminación del euskera y no tendrían ningún reparo en ‘dar la vuelta a la tortilla’.
La forma en que se elaboró el Estatuto de Autonomía resulta fundamental para entenderlo. El texto resultante fue un programa máximo del PNV, cuya radicalidad se debió verosímilmente a que entendía que la negociación posterior haría necesario rebajar las expectativas. No sucedió así, por diversas razones.
En primer lugar, estaba la debilidad extrema de UCD, que necesitaba algún asidero en el País Vasco (tras el fracaso socialista en la primera preautonomía, al no hacerse con las riendas del autonomismo, solo podía ser el PNV), donde el acoso terrorista contaba con un violento apoyo social. Seguiría la ‘lucha armada’ (eufemismo de terrorismo por entonces habitual), decía ETA, «entretanto no se consiga la alternativa política que en su momento hizo pública KAS y, más adelante, hasta que no se consiga un estado socialista independiente vasco», largo me lo fiais (esta peña no ha criticado nunca tales barbaridades).
Se impusieron dos ideas: la «superación de la violencia» sería fruto del desarrollo autonómico; no habría autonomía sin el protagonismo del PNV. En las elecciones del 79 el voto nacionalista fue solo del 52%, pero esto no impediría la identificación plena del País Vasco con el autonomismo nacionalista. No se buscó un estatuto que fuera acuerdo de las dos sensibilidades ciudadanas. Sería radicalmente nacionalista y serviría para construir la nación. También para amansar a la fiera.
El PSE competía por entonces con el PNV en el diseño de la autonomía, pero no discrepaba sobre la profundidad de las competencias. La UCD, con disensiones internas, fue pragmática: buscó encauzar las aspiraciones nacionalistas.
El PNV impuso su propuesta de autonomía en la Asamblea de Parlamentarios, salvo en la integración de Navarra. Hubo un respaldo general al Estatuto, si bien rondaba la idea de que negociaciones posteriores rebajarían el texto.
Cuando llegaron las conversaciones entre Suárez y Garaikoetxea, informes próximos al Gobierno estimaban que solo podían ser admitidos 3 de los 46 artículos (entre ellos, el referido a la ikurriña). El resto se veía como motivo de desacuerdo. No hubo tal. El texto resultante fue el de Gernika con solo algunas modificaciones técnicas. Alguno advirtió de que el Estatuto no solo reconocía al euskera como idioma para la enseñanza, lo que tenía un apoyo general, sino que el castellano podría ser relegado, estableciéndose «una educación que no fuera en lengua materna», lo que (por entonces) parecía una aberración. Subyacía la idea de que con el Estatuto euskaldunes y castellanos podrían estudiar en la lengua de su elección, terminándose por fin con las discriminaciones.
Los no nacionalistas saludaron con entusiasmo el Estatuto, como «un gran servicio a la paz», un lugar de encuentro. El PNV entendía por el contrario que el Estatuto había sido arrancado. ¿Tenía razón? El proyecto se aprobó sin las cesiones mutuas habituales en los pactos: lo explica la debilidad de UCD y su necesidad imperiosa de atraer al PNV, ante las convulsiones creadas por el terror y la violencia política.
Y en aquel maremágnum político, sin definición previa del Estado autonómico, se gestó el texto que implicaba la futura hegemonía del euskera, sobre todo cuando se optó por una política lingüística agresiva, que parece diseñada para crear antipatía. ¿Euskaldunización a machamartillo? Construcción nacional, se auguraba.