¡Otra vez el pufo vasco!

LIBERTAD DIGITAL 07/11/16
MIKEL BUESA

La agenda vasca

· Los cinco votos nacionalistas valen su peso en oro. La agenda vasca se ha colocado así en la primera línea de la política nacional.

Ahora que ya tenemos gobierno y que éste va a empezar a desarrollar una actividad normalizada, ha llegado el momento de la agenda vasca. El PNV está en todas las combinaciones que, con dificultad pero con posibilidades, pueden dar lugar a la aprobación de los presupuestos del Estado. Y como ha sabido esperar pacientemente, recordando en cuanta ocasión ha tenido su memorial de agravios a la vez que mostraba su voluntad pactista, no se encuentra constreñido por vetos ideológicos ni por revanchas insatisfechas. Su portavoz en el debate de investidura, Aitor Esteban, se lo dejó muy claro a Mariano Rajoy: «Cuando estén dispuestos al acuerdo, (…) entonces llámenos». Claro que Esteban no lo dijo a humo de pajas, pues explicitó meridianamente que, para su partido, eso de disponerse al acuerdo significa no recurrir a los tribunales, no diluir las competencias autonómicas y cumplir el Estatuto cabalmente, y llegar a un nuevo acuerdo bilateral en las relaciones Euskadi-Estado reconociendo que los vascos somos una nación con voluntad mayoritaria de ser así considerados.

Todo un programa político y económico que, al parecer, encuentra ahora la oportunidad de someterse al trasiego de la acción parlamentaria, con una intensa y seguramente opaca negociación previa, en la que los cinco votos nacionalistas valen su peso en oro. La agenda vasca se ha colocado así en la primera línea de la política nacional.

En las primeras páginas de esa agenda están los asuntos económicos, singularmente los que atañen a la privilegiada financiación de las haciendas forales, fruto de una singular lectura del Concierto económico según la cual se hace una retorcida y falsificadora aplicación de su metodología para el cálculo del Cupo vasco. La historia ha mostrado, desde 1877, la tenacidad de los vascos para pagar lo menos posible al Estado por los servicios que éste presta en su territorio, así como su éxito al lograrlo. Por cierto que, en esto, vascos y navarros son iguales, aunque en las últimas décadas los del viejo reino se hayan agazapado detrás de los nacionalistas para reclamar siempre lo mismo que se les ha dado a ellos. Y como puede verse en el gráfico que acompaña a estas páginas, los tiempos recientes no han sido para menos. En efecto, en los siete años anteriores a la crisis, el Cupo vasco se cifró en un promedio algo mayor de 1.300 millones de euros anuales. Y esta cuantía se redujo en más de un cuarenta por ciento, hasta 778 millones, en los siete años siguientes. Las medias para Navarra son, respectivamente, de 546 y 442 millones de euros, de manera que la rebaja se quedó en sólo un veinte por ciento.

Pero en esos datos no se contemplan las reclamaciones que, de manera reiterada, han presentado las Diputaciones Forales por su disconformidad con la liquidación presentada por el Estado, debida tanto al cálculo del IVA y los impuestos especiales como a la valoración de las competencias educativas, sanitarias y de dependencia. Total, que en la cuenta vasca faltan 1.400 millones según los tesoreros de allende el Ebro, quienes al parecer quieren dejar el Cupo en una cifra similar a la pagada por Navarra por su Aportación. Y esos millones van a estar en el preámbulo de la negociación presupuestaria entre Rajoy y el PNV. El pufo vasco ataca con renovada energía.

Otros asuntos de dinero son, además, los que atañen a las inversiones del Estado. De manera especial al Tren de Alta Velocidad –que, en Euskadi, se llama así: TAV y no AVE–. Este ferrocarril, que los vascos han convertido en una insólita especie de tren de cercanías, se encuentra inacabado. Las obras le corresponden al Estado por ser de su competencia las líneas ferroviarias que discurren por más de una comunidad autónoma, aunque el Gobierno vasco, para aparentar, prefiere ser él quien las ejecute descontándoselas del Cupo. Pero hay un elemento conflictivo –que, por cierto, es el mismo que en otros lugares de España, mostrando así que también en esto la singularidad vasca es inexistente–, y no es otro que el de que los alcaldes de Vitoria, Bilbao y San Sebastián quieren que el tren llegue sin hacer ruido, soterrando las vías. Una obra demasiado cara para tan pocos viajeros, pues por muchos vascos que se suban al trenecito la población disponible no da más de sí. Pero ahí está el tema, en la agenda vasca.

No crea el lector que, para los nacionalistas, todo se resuelve con dinero. No es así; y en la tan nombrada agenda hay también asuntos políticos de gran envergadura. Están, por una parte, los competenciales que van desde la exigencia de que el Estado retire la treintena de recursos de inconstitucionalidad sobre las leyes emanadas del Parlamento vasco hasta la petición de que se cumpla el Estatuto de Guernica con la transferencia de la gestión de la Seguridad Social –poniendo en riesgo el principio de unidad de caja– o de la política penitenciaria. Se añaden a éstos los derivados de la herencia del terrorismo, como la reclamación del final para la dispersión de los presos de ETA, la reducción de las fuerzas policiales del Estado en el País Vasco o el apoyo del Gobierno al Plan de Paz y Convivencia pergeñado por los nacionalistas. Siguen los de tipo simbólico, como el reconocimiento oficial de las selecciones nacionales vascas. Y todo ello culmina con la negociación de un nuevo estatus jurídico-político para Euskadi, de naturaleza pactada y sometido a aprobación por parte de los ciudadanos, signifique esto lo que signifique.

Demasiado para un solo presupuesto. Pero en la legislatura puede haber hasta cuatro y, además, no faltarán otras ocasiones para que la agenda vasca adquiera valor de cambio. Así que, resignémonos, los vascos van a seguir siendo de más valer que los demás españoles. Don Julio Caro Baroja escribió en cierta ocasión que «en el más valer está el quid de toda la actividad de los hombres libres», para añadir a continuación, citando una crónica de Alonso de Palencia, que esos hombres no eran sino los «navarros, vizcaínos y vascos que viven desgarrados por sangrientas banderías, (…) que se entregan al robo y tratan de engrosar las fuerzas de sus partidos en juntas y convites entre sus parciales (…) y que ni obedecen leyes ni son capaces de regular gobierno». Sus herederos esperan hoy, pertrechados de agenda, una nueva oportunidad.