IVÁN IGARTUA-EL CORREO
Catedrático de Filología Eslava UPV/ EHU

 

  • La grandeza imperial de Rusia y la URSS es el marco discursivo escogido por Putin para encuadrar su expansionismo

Tras el fracaso sin paliativos de la intervención relámpago, la guerra de aniquilación en la que se ha enfangado la Rusia de Putin a costa de la soberanía y la integridad territorial de Ucrania nos ha devuelto a escenarios de un pasado abominable que creíamos, ilusoriamente, haber dejado atrás. El recuerdo más inmediato, el de la operación militar en Chechenia a la que también llamaron en su día ‘especial’, reaviva las atrocidades cometidas entonces por el Kremlin en Grozni, cuando los ataques del ejército ruso dejaron paisajes urbanos arrasados, a los que tanto se parecen hoy las imágenes de las ciudades ucranianas literalmente reducidas a escombros en cuestión de semanas. En aquella ocasión, la excusa para desencadenar la masacre fue el terrorismo islámico; para la invasión de Ucrania, los pretextos han sido tan burdos que solo una población anestesiada o simplemente esclava puede llegar a tolerarlos.

El poder ruso tiene un problema serio con el peso de la historia. Una cosa es que el pasado nunca pase o que ni siquiera sea pasado, como advirtió Faulkner, sino una dimensión más del presente, y otra muy distinta que la obsesión malsana por el pasado determine las actitudes y las acciones presentes. No es inaudito: las sociedades inficionadas por el nacionalismo tienden a ser víctimas habituales del abuso -y hasta del secuestro- de la historia y también de la presión postiza del pasado sobre la vida cotidiana de sus gentes. En el caso ruso ya no queda duda de que, en los más de veinte años que Vladímir Putin lleva al frente del Kremlin, su objetivo fundamental, si no único, ha sido restaurar el modo de vida soviético, aquel en el que creció y medró en el seno de la KGB, la organización más siniestra del régimen. Es una ironía cruel, también esta vez de la historia, que fuera precisamente Borís Yeltsin, artífice de la conversión fallida de Rusia en sistema democrático, quien cedió el testigo al individuo que se aprestaba a desmantelar minuciosamente todas y cada una de las reformas postsoviéticas. En el rostro de Yeltsin aquella noche electoral en la que Putin, tras ganar los comicios del 26 de marzo de 2000, no quiso devolverle la llamada telefónica alguien debió haber vislumbrado el principio del fin.

El restablecimiento del modelo soviético trae aparejadas, por definición, varias medidas cruciales. La principal, de carácter interno, es la supresión de las libertades civiles que habían empezado a asomar en los últimos años del Gobierno de Mijaíl Gorbachov y parecían abrirse camino a comienzos de los 90. Frente a ellas, Putin ha impuesto una represión política neoestaliniana, basada en las añoradas prácticas del pasado (que ahora son también del presente) y metódicamente encaminada a amordazar a la sociedad. La menguante -y hoy día ya inexistente- libertad de prensa en Rusia es solo una muestra.

Hacia el exterior, la recuperación de la tensión con Occidente ha derivado en un enfrentamiento cada vez más directo con las democracias liberales. Mijaíl Jodorkovski, el primer oligarca perseguido por Putin y exiliado en Londres, manifestó hace unas semanas que el presidente ruso lleva años personalmente en guerra con la OTAN y Europa, mientras que estos han estado aparentemente en la inopia hasta hace nada.

La grandeza imperial de Rusia y la Unión Soviética (de nuevo, el pasado) es el marco discursivo que ha escogido el Kremlin para encuadrar su expansionismo, materializado militarmente en la agresión a Ucrania, un país que Putin pretende borrar del mapa de la historia. Rusia ha volado todos los puentes con Europa, que en los últimos siglos ha sido parte, no siempre estable, de su espacio natural de actuación.

A este respecto, sería ofensivo si no fuera ridículo que Putin se haya comparado con Pedro I el Grande, el emperador que abrió Rusia a Europa, reformó sus instituciones a partir de modelos europeos y concibió la ciudad de San Petersburgo, esa Venecia del norte, como símbolo de la aproximación rusa a Occidente (por todo ello, ha sido descalificado como el gran traidor a las esencias rusas por parte del eurasianismo exaltado).

Putin, en cambio, ha cerrado a la brava las puertas que abrió el zar, aunque en un aspecto del símil el déspota ruso lleva algo de razón: también el ejército de Pedro I arrasó poblaciones enteras en zonas de lo que hoy es Ucrania, especialmente en tierras cosacas. La matanza más pavorosa fue la de Baturin en 1708, cuando la mano derecha del zar, Aleksandr Ménshikov, ordenó el exterminio de toda su población (próxima a los 20.000 habitantes) en represalia por las aspiraciones independentistas de Iván Mazepa y sus seguidores. No quedó nadie en Baturin, hoy su población apenas llega a 2.500 personas. Historia que se hace presente en Mariúpol, Borodianka, Mikolaiv y tantas otras localidades ucranianas.

Para que el pasado finalmente pase no es suficiente que Putin caiga, víctima de sus propias obsesiones o de su organismo. Sin un cambio drástico de régimen, Rusia (el ‘país terrible’ de Keith Gessen) seguirá cautiva de la dictadura del pasado.