Francisco Rosell-El Debate
  • En su gimoteo, como el que canta una versión propia del «No llores por mí, Argentina» de la ópera «Evita», ZP llegó al punto enternecedor de soltar que padece fundamentalmente por los socialistas a los que haya podido hacer sufrir

En el estado de necesidad en que se encuentra el sanchismo, luego las confesiones ante el juez Calama del testaferro de Zapatero, Julio Martínez al cuadrado, así como de la cúpula de la aerolínea Plus Ultra sobre el supuesto tráfico de influencias del expresidente en el rescate de esta empresa hispano venezolana por el COVID, pese a no ser estratégica y estar quebrada antes de la pandemia, Pedro Sánchez precisaba que su vicepresidente en la sombra rompiera su silencio volcando las mentiras que da por buenas para despejar el camino de su comparecencia del martes en la que presentará su balance de fin de curso y se autocalificará -faltaba más en quien plagió su tesis- con un sobresaliente cum laude. De hecho, como anticipó el ministro de Hacienda, Arcadi Espada, sin saber lo que diría, estaba seguro que, indicara una cosa o su contraria, sus aclaraciones «van a convencer». Es lo que sucede cuando la verdad se desvincula de la realidad y se supedita a la afiliación política del emisor de esas aseveraciones.

Instalados en la mentira permanente, urgía montar un teatrillo, a modo de cortafuego, dado que el silencio de Zapatero desde que fuera imputado hace mes y medio resultaba ya ominoso incluso para la militancia socialista y minaba su resistencia bajo el fulgor de las joyas decomisadas al expresidente en la caja fuerte de su despacho. A este fin, se montó ayer un «me alegro de verte bueno» de cartas marcadas entre dos cómplices -el entrevistador y el entrevistado cuyo porvenir depende de la misma fraternidad- a la que sólo le faltó una nota de humor del personaje de Walter Matthau en La extraña pareja, la genial comedia de Willy Wilder, cuando reclama a sus compañeros de timba: «¡Sostened bien altas las cartas que quiero ver dónde las he marcado!».

En suma, apariencia de dureza en las preguntas por parte del amigo periodista para que el amigo político salvara la cara saliéndose por la tangente, de paso que el expresidente suministraba cucharas de moralina con impostada sonrisa de «Mr. Bean». Empero, su tosecilla nerviosa le delataba y complicaba el esfuerzo por alzar vuelo de este dios menor que asiste a su crepúsculo luego de ser erigido en referente ético por Sánchez. Tanto que el entrevistador, con la cara de sentimiento del que transmite un pésame, se interesó por averiguar cómo se sentía quien no pudo rehuir el tic sanchista del «yo estoy bien, yo estoy bien» tras las catástrofes que han asolado este ochenio, ya fuera la Dana de Valencia o el descarrilamiento de Adamuz.

En su gimoteo, como el que canta una versión propia del «No llores por mí, Argentina» de la ópera «Evita», ZP llegó al punto enternecedor de soltar que padece fundamentalmente por los socialistas a los que haya podido hacer sufrir. De hecho, el festival de confraternización televisiva casi concluye con un «Happy birthday, Mr. President», como el de Marilyn Monroe a John Kennedy, al coincidir con la cita con el vigesimosexto aniversario de su aterrizaje en la secretaría general del PSOE merced a la jugarreta que Guerra le gastó a Bono («convertible») al juzgarlo un traidor.

Si hay un tiempo para todo, como enseña el Eclesiastés, al cabo de 45 días, ayer ya no era tiempo de declaraciones periodísticas, sino judiciales ante quien aún espera, después de darse el propio encausado una semana o a lo sumo diez días para identificar la procedencia de un ajuar tasado en 1,3 millones de euros que los agentes de la UDEF hallaron en la caja fuerte de su despacho y del que ayer tampoco dio razón amparándose justamente en que debe hacerlo ante el togado. Engrosando su lapidario bobo, Zapatero aseguró que las alhajas «no tenían afán patrimonial» y que «estaban ahí» como si hubieran aflorado -ale-hop- en un número de magia. Otro tanto sobre la sociedad offshore de Dubái que iba a canalizar la presunta mordida del 1 % por intermediar para que el Gobierno de Sánchez entregara 53 millones del ala a Plus Ultra sobre la base de que lo desconoce todo sobre esas sociedades cuando, durante su mandato, se acumulan leyes regulatorias sobre las mismas. Vamos como si el pana de la cúpula de Plus UItra fuera un empanado.

Por eso, el roneo que Zapatero se trajo ayer con Javier Ruiz en TVE mejor hubiera sido con el juez Calama evocando la anécdota de Caracol «el del Bulto», padre del gran cantaor flamenco y mozo de espadas de Joselito, «el Gallo». Al apearse en Madrid del expreso que le había traído con gran demora de su Sevilla natal, la locomotora expelió un gran chorro de vapor que le empapó el traje. Hecho un basilisco, se revolvió y le espetó a la máquina: «Esos cohones subiendo Despeñaperros». Pues eso, Zapatero, ese pavoneo con el juez Calama.

Sin embargo, la comedia televisiva de ayer, más allá de persuadir a los persuadidos y de hacerles más tragadera la ingesta del aceite de ricino, sí que remarca que, para Sánchez, es primordial hoy por hoy el sostenimiento de Zapatero como para Trump lo es, para preservar el precio del petróleo, Delcy Rodríguez, la presidenta interina de Venezuela, a costa de la salud democrática y del bienestar de sus ciudadanos que no ven el final a la dictadura. Así, Trump acaba de reconocer la inmunidad de la dama chavista en la demanda civil abierta ante un tribunal de Florida por presuntos secuestros, torturas y actos terroristas que también atañen a Maduro y a otros sicarios de la satrapía. De esta guisa, EE.UU. legitima a Delcy Rodríguez a quien fue elegida por Trump tras ser detenido Maduro y su esposa Cilia Flores, en enero en una de sus residencias de Caracas en una operación militar estadounidense.

No en vano, quitar el tapón de Zapatero supondría para Sánchez destapar otras corrupciones de más calado. Por eso, pese a la revelación de su amigo y presunto testaferro, Julio Martínez, ante el juez situándolo en la cúspide de la organización criminal, Zapatero traslada que no va a renunciar a «una relación de amistad de hace años», lo que transparenta su deseo de que su «lacayo» no siga tirando de la hebra adentrándose en otras urdimbres de esta trama internacional.

A resultas de todo ello, el santón laico de la izquierda ZP paga las secuelas de un batacazo como el de aquel San Jorge portugués, cuya vida y milagros narró el Nobel Saramago, que salía todos los años en procesión montado a caballo hasta que la ocurrencia de calzar al equino con herraduras nuevas dio con la imagen sobre los adoquines. El percance provocó que salieran en tropel todos los ratones que albergaba en su interior debido al abandono sin que, a partir de la desdicha, tornara a procesionar «con su pluma cimera ondeando al viento y la lanza pronta». Como este ZP al que, aun como muerto viviente, precisa P.S., así como su armada mediática que se dispone a fletar un nuevo navío.