- No será ésta una caída incruenta. Nos espera un fascinante septiembre en La Moncloa. Fascinante y rudo. Delincuentes contra jueces. Oligarcas contra ciudadanos. Y un país desmoronándose
Ala espera de que caiga el eslabón de La Moncloa, ese que suelda el nudo de toda la red corrupta, el horno canicular encapsula la vida en un paréntesis de fuego e indolencia. La vida, para el señor de las corrupciones, empieza a profetizar un tránsito poco honorable del palacio a la cárcel, cuando llegue el otoño. Aunque vea yo al yerno de Sabiniano Gómez más dispuesto a desencadenar una guerra sin cuartel ni prisioneros, que a afrontar estoicamente la vergüenza del paso por un banquillo con verosímil desenlace en las mazmorras. Para gente como él, nada de lo que a una nación pueda sucederle es relevante. Importa sólo salvar el propio pellejo. Y, si es posible, sólo si es posible, los pellejos familiares. Al precio que sea.
Lo peor que pueden hoy hacer quienes aspiren a que tanta obscenidad sea pagada penalmente es seguir verbalizándola como asunto político. No lo es. Estamos ante el mayor cúmulo de delitos de derecho común que haya conocido la España contemporánea. No hay coartada retórica que sirva para enmascarar eso. Al margen de que tal coartada se pretendiese noble o bien infame. No, no hablamos de política. Ni siquiera de aquella política asesina que desplegaron los gobiernos de Felipe González durante los años GAL-Filesa. Esto de ahora es otra cosa. No diré que sea peor o bien que sea menos mala. Es distinta. Y como tal debe un analista diseccionarla.
Desideologizar es aquí exigencia prioritaria. El ministro ya condenado, los altos cargos de gobierno y partido a la espera de juicio, el condenado hermano artista, la esposa en puertas de juicio, la muchedumbre de imputados que aguardan su destino, el expresidente obscenamente enriquecido… no pasan por los juzgados en virtud de creencia alguna. Ni de derecha ni de izquierda, ni progresista ni reaccionaria. Se les ha condenado, imputado, procesado por delitos, todos ellos, relacionados con el robo, el tráfico de influencias, el enriquecimiento privado a costa de las arcas públicas. Lo que es lo mismo, el saqueo de lo que, con tantas privaciones, cede cada ciudadano en las manos y la tutela de la Hacienda pública.
Con el dinero de todos nosotros se pagaba el enriquecimiento personal del ministro Ábalos; y sus tristes alivios hormonales. Con ese mismo dinero se pagaba la vanidad de la hija de Sabiniano Gómez, empeñada en la cursi obsesión de inventarse una biografía nueva, sin burdeles familiares y con título de catedrática universitaria, ella que ni siquiera llegó a ser licenciada. Con el dinero de cada uno de nosotros se pagó la millonaria comisión del angélico Rodríguez Zapatero, a cambio de la cual una empresa dudosa obtuvo del gracioso gobierno, ayudas por valor de algo más de cincuenta y tres millones de euros. No, no es política. Es mafia. Sin matices ideológicos: ni salvíficos ni condenatorios. Mafia. Clásica. Exacciones que enriquecen a miembros de una organización jerárquica de delincuentes. Y punto.
Toda estructura mafiosa funciona sobre dos principios inviolables: fidelidad a la familia y jerarquía piramidal, cuyas órdenes se obedecen ciegamente. «Familia» debe aquí ser entendida en el doble sentido. En uso elemental, es la base funcional que trenza la fea –y tan equívoca– expresión «lazos de sangre»: hermano, esposa, progenie… En uso metafórico, familia es, para la lengua camorrista, la pléyade de todos cuantos, de la red de auxilios –legales e ilegales– que configura una banda, extraen beneficios y ofician prestaciones. Legales o ilegales. Es lo mismo. Porque una mafia no conoce más ley que la que dicta su endogamia estricta: todo debe quedar en casa. Violar tal regla es estar muerto.
El horno del ferragosto abre el lunes su paréntesis. Últimas cuatro semanas de aparente paz, bajo la cual se afilarán cuchillos. La búsqueda judicial ha ido subiendo los escalones de la pirámide delictiva. Todo confluye hacia el mismo vértice. Caído Zapatero –que, como dicen que él dice, está ya muerto–, sólo queda por poner nombre judicial al eslabón último que todo el mundo conoce: el nexo corruptor que cierra todas las redes. Porque, si Zapatero fue pagado por sobornar al Estado para regar de dones a sus clientes, ¿quién ejecutó el soborno? ¿Quién pagó los cincuenta y tres millones de Plus Ultra, por ejemplo? Por encima de ministros perfectamente inanes.
Cayó Ábalos. Cayó David Sánchez. Van camino de caer Begoña Gómez y José Luis Rodríguez Zapatero. Vienen más de camino: quedan para el otoño. ¿Caerá, arrastrado por ellos, el capo que se asienta en el vértice palaciego de la trama? Parece verosímil. Pero no será esta una caída incruenta. Nos espera un fascinante septiembre en La Moncloa. Fascinante y rudo. Delincuentes contra jueces. Oligarcas contra ciudadanos. Y un país desmoronándose.